Para lograrlo, instaló tres cámaras en puntos estratégicos durante seis meses en total. Sin embargo, el resultado fueron apenas unas pocas fotos, que no alcanzaron a reflejar la escena ideal que imaginaba.
Mather explicó que en aquel entonces la aurora boreal era un fenómeno poco frecuente, apareciendo solo una vez por semana. En contraste, en los últimos inviernos, este espectáculo natural se ha vuelto casi habitual, iluminando el cielo casi noche por medio.
Con nostalgia, el fotógrafo admitió que le hubiera gustado realizar el proyecto en esta época más reciente, cuando la naturaleza ofrece un show mucho más frecuente y vibrante.
Esta historia es un ejemplo de la paciencia y dedicación que requiere capturar la magia de la naturaleza, y de cómo los cambios en el clima y el medio ambiente pueden alterar nuestras experiencias con el mundo natural.