Crónicas de viaje

El primer contacto y mis iniciales anfitriones en Cuba

Uno de los libros que traje conmigo se llama Free play: la improvisación en el arte y la vida, y entre las muchas sugerencias que da su autor, Stephen Nachmanovitch, está la de vivir con misticismo no desde algún sistema de creencias religiosas, sino desde la experiencia personal y directa. Estar atento a las señales, entregarse a lo que dicte la intuición, saber leer los mensajes que se tejen a nuestro alrededor. Si bien estoy abierto a ese tipo de vivencias, no pensé que sería alcanzado por estos guiños del universo a tan poco tiempo de haber llegado a La Habana.
viernes, 12 de diciembre de 2014 08:06
viernes, 12 de diciembre de 2014 08:06

Ya había pasado mi primera noche en el hotel (la primera de dos, después me vine a una habitación en el barrio del Vedado, desde donde escribo ahora) y estaba sentado en el malecón que se ubica justo al frente. El malecón es una gran barrera de cemento y piedra que se extiende por más de ocho kilómetros con el objetivo de contener el avance del mar, que no deja de romper sus olas contra la fortificación en todo momento. Pese a que está prohibido pescar, es uno de los lugares preferidos de los habaneros para pasar tardes enteras tirando líneas al agua, mientras fuman en soledad o charlan con otros colegas. También es el mejor lugar para salir a caminar o a correr, acompañado del viento marino y el romper de las olas, que suelen sobrepasar el muro y mojar a los desprevenidos que no las escuchan llegar.

Yo me dejaba ganar por la melancolía y por un nuevo tipo de soledad, esa que desconoce cualquier contacto a través del celular o la computadora, debido a la casi nula posibilidad de acceder a Internet en la isla. Había tomado un par de notas en mi cuaderno, y me estaba dejando calentar por los últimos minutos de un sol naranja y gigante. En ese momento llegaron tres mujeres riéndose y caminando a los ponchazos. Una de ellas las frenó para contar una anécdota, a pocos metros de donde estaba. Cuando estaban por seguir, una de ellas se me acercó y me preguntó qué hacía ahí, y cuando supo que era un turista argentino me dijo al instante: "pues te vienes a tomar unas cervezas con nosotras”. Era María Isabel, una médica boliviana que trabaja y estudia en Santa Clara y pasa unos días de vacaciones en la capital, junto a otra coterránea suya, Etylenne, también médica, y Yanay, una cubana de pura cepa que vive cerca de donde me encuentro ahora. Las tres venían de tomar varias Bucanero, una cerveza nacional, y me invitaban a sumarme a la siguiente ronda.

Muchos me habían advertido sobre las "jineteras”, mujeres que comienzan a charlarte en la calle y después te piden dinero, cuando no te lo roban, antes o después de una sesión de sexo express. Mi desconfianza me decía "volvé al hotel”, pero Nachmanovitch susurraba "fijate qué onda…”, así que fui. Nos sentamos en un localcito al aire libre de ahí cerca, y nos la pasamos contándonos sobre nosotros, bajando varias Bucanero y bailando ante cada hit local, que las chicas festejaban parándose y bailando como si estuvieran en un boliche. Más tarde se nos sumó Sergio, otro médico boliviano, y su pareja, un chino a quien todos llaman Limo por la dificultad de pronunciar su nombre completo.

Ese encuentro podría haber sido uno más, como tantos que se dan en los viajes, pero lo significativo vino al otro día, cuando María Isabel, Yanay y Sergio llegaron al hotel donde estaba, dispuestos a acompañarme en la caminata hasta la casa donde alquilo un cuarto. Al final de la noche anterior me habían dicho que pasarían por mí, pero hasta entonces no sabía si vendrían. No sólo que vinieron, sino que desde ese día fueron mis grandes anfitriones, con quienes compartí largas caminatas por la Habana Vieja y también por el malecón, con quienes aprendí a manejar las dos monedas nacionales (imprescindible a la hora de cuidar los gastos) y quienes me mostraron que la amistad puede ser tan espontánea como el amor a primera vista.

Yanay, a su vez, me demostró la generosidad que pueden tener los cubanos, no sólo por estar recibiendo a las chicas y a Sergio en su pequeña casita (donde vive junto a su madre y su padrastro) sino por la atención con la que nos cuenta detalles de la ciudad que no están a la vista ni explicados en ningún lado. En su casa pasé uno de los mejores momentos vividos hasta ahora, cuando cocinamos un almuerzo típicamente cubano, con plátanos y remolachas hervidas, arroz moro (con frijoles negros), cebollas endulzadas y trozos de pollo deshuesado.

Junto a ellos conocí el ritmo de la ciudad y disfruté, entre muchas otras cosas, de un espectáculo hermoso como fue el recital de Los Van Van, una de las bandas más significativas de la música cubana. El escenario estaba montado en las escalinatas de la Universidad de La Habana, y ahí, entre miles de personas, bailamos hasta quedar exhaustos, otra vez riéndonos y mirándonos como si nos conociéramos de otro tiempo, y no hace apenas tres días.

Crónica viajera de Juan Francisco Uriarte Buteler