El taxi era una tromba que pasaba camiones y motos como en una carrera, pero lejos de estar malhumorado, el chofer se prendía a las jodas que Manu y mi hermano Valeriano me tiraban desde que subimos, más preocupados por lo que podría pasarme cuando me cruce con una cubana portentosa, antes que por las posibles trabas migratorias o la seguridad.
Cuando se hizo un silencio largo como la recta que bordea el aeropuerto, recordé las últimas semanas, sobrecargadas de emociones y vivencias que me ayudaron a saber desde dónde salgo, desde dónde arranco este viaje que tiene un comienzo claro, pero regreso aún lejano. Rememorar los asados, las diferentes charlas, los consejos y las ayudas concretas que muchísimas personas, implicaría comenzar un largo listado, y si algo pienso buscar desde estos escritos es el detalle y la anécdota.
Guardo para mí entonces las largas conversaciones con mi vieja y los consejos de viajero de mi viejo, y voy por otro lado. Primero paso por El Rodeo, por ese camino que a mediados de noviembre era un estallido de verdes tan diversos que hacían pensar en más de mil distintos tonos. Los cactus que visten las distintas estribaciones montañosas quedaban disimulados en medio de tanto monte tupido, fortalecido por las lluvias que cayeron por esos días. Habíamos dejado la ciudad con un calorón tremendo, pero montaña arriba el microclima rodeíno volvió a aliviarnos con su temperatura siempre más amable. Atravesamos la larga calle principal, donde todavía se pueden ver las piedras que quedaron después del alud que tanto entristeció a los catamarqueños. Y llegamos a una típica casa del lugar, una construcción antigua pero bien conservada, con un quincho también añejo, aunque imponente con su gran asador y su tablón larguísimo. Después de haber sido servido por muchos asadores en esos días, me dejaron arrancar con el fuego y armar el primer asado de varios que tendríamos ese largo sábado. Entraña, chori y morcilla fue la entrada, y después siguieron matambre, costilla y la repetición que gustaran los otros tres comensales. Recién sobre el final salieron unas mollejitas bañadas en limón.
La tarde estaba tan silenciosa como intensa, con un cielo completamente despejado. La sobremesa fue corta, porque al poco rato ya estábamos armando un truco, también el primero de varios. Más allá de que con mi compañero resultamos vencedores, lo mejor vino sobre el final del último "bueno”, cuando uno de los rivales, que parecía que sólo iba a renovar su vaso de vino para bajar la resignación, volvió a la mesita que armamos al aire libre con unos chinchulines que no habíamos tocado de la primera tanda, y que entonces, cerca de las siete de la tarde, eran la mejor despedida que le podíamos dar a la ronda truquera. La oración nos agarró intercalando anécdotas y disfrutando de ese estar sin nada para hacer más que eso: charlar, tomar un buen vino y esperar que alguno junte ganas para reavivar el fuego.
Antes de engolosinarme contando el segundo asado, me traslado de nuevo, ahora hasta el corazón de El Bañado, en Valle Viejo. La cocina vuelve a ser la convocante, porque en este caso, en la casa del Gordo Vito, esperaban dos cabezas guateadas que estuvieron calentándose por más de 10 horas en un horno de barro sellado desde antes del mediodía. En lo de Vito, el gran Víctor Ramón, amigazo de Imanol, mi otro hermano, disfruté de la generosidad de los humildes, cenando en un patio de tierra con la atención de toda una familia, que me trató como si me conociera de siempre pese a que era la primera vez que veía a casi todos los que vivían ahí. El buen trato parecía ejercer un efecto poderoso sobre la carne, que se soltaba de la osamenta sin más esfuerzos que un leve pinchazo del tenedor. Ahí, un poco "carancheando” alrededor de la cabeza y otro poco charlando con esos representantes de la esencia de las chacras, frugales, simples y atentos, terminé de darle forma a esta suerte de bienvenida, de aviso de que habrá colores y sabores para leer aquí.
Ya dije que no haré una lista, pero sí recuerdo y llevo conmigo a todos los que supieron decirme o explicarme lo que necesité durante este tiempo de preparaciones. Gracias por el empuje, a todos.
Escribo esto mientras espero en el aeropuerto de Ezeiza. Después de varias conexiones, llegaré a La Habana, Cuba, donde comenzará un viaje en el que pretendo recorrer gran parte de nuestro continente, con la compañía de una gran mochila, una guitarra, y muchas ganas. Desde la isla les escribiré en unos días.
Crónica viajera de Juan Francisco Uriarte.