Acerca de la semana de la concientización de la Tuberculosis

Se viene llevando a cabo la semana de la Tuberculosis, bajo el lema de la Organización Mundial de la Salud (OMS) “Innovemos y aceleremos esfuerzos contra la Tuberculosis”. Cabe señalar algunas reseñas al respecto.

POLITICA

Vale señalar que la “Tisis Pulmonar” o “Tuberculosis” es una patología que acompaña al hombre desde época inmemorial. Hipócrates, celebre médico griego nacido en la isla de Cos en el año 468 A. de C. y  que falleciera a la avanzada edad de 85 años, hizo una prolija descripción de esta enfermedad y a lo largo de los siglos otros científicos se ocuparon del tema, como lo hizo en su momento Claudio Galeno nacido en Pérgamo (Asia Menor) en el año 1341 de la era cristiana, quien modificó muy poco la teoría hipocrática Los médicos de la Edad Media se limitaron a comentarla.

 A partir del Renacimiento fue posible efectuar autopsias pero esta nueva fuente de información no aportó nada a la tisis. Hay libros en los que se menciona a científicos como Boe Sylvius, Félix Platter (1656), De Benedictus (1660), T.Bonet (1668), Morton (1680), Portal (1792),  Baille (1793) y Vetter (1803) que  publicaron importantes trabajos entre los cuales se destacaron lo investigado por Boyle en 1810 y Laënnec en 1819, un médico que demostró que la tuberculosis era contagiosa. Digamos que éste sufrió un pequeño corte en un  dedo mientras efectuaba la autopsia de un tuberculoso y murió de esa enfermedad veinte años después. Andral, Cuvillier y Rokitansky, a su turno, publicaron trabajos que confirmaron lo investigado por sus antecesores.

  En 1840 comenzaron a utilizarse los primeros microscopios y estos nuevos descubrimientos impidieron a los médicos estudiar a fondo la etiología  de esta patología. Se seguía ignorando qué era lo que causaba la enfermedad.

  La gran revelación tuvo lugar con motivo de las investigaciones del médico Roberto Koch, nacido el 11 de diciembre de 1843 en Clauhsthal (Alemania). Estudió medicina en Gottinga entre 1862 y 1866. Se desempeñó como médico ayudante en el Hospital General de Hamburgo.

  El 24 de marzo de 1888 dio a conocer sus observaciones acerca de la tuberculosis demostrando que lo que  causaba  la enfermedad era un organismo microscópico al que denominó “bacilo”. También demostró que este elemento se reproducía y conservaba la totalidad de sus aptitudes.

   .A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX  la terapia se basó en aspectos relacionados con el clima. Se consideró que lo ideal para curar un tuberculoso era alojarlo en un clima de altura, con aire seco y mas bien frío, juntamente con una buena alimentación y reposo casi absoluto.

  En la localidad de Dawos (Suiza) se levantó un gran sanatorio que se hizo famoso pues el novelista Thomas Mann lo utilizó como escenario de su novela “La Montaña Mágica”.

  En nuestro país el Dr. Fermín Rodríguez  edificó un sanatorio con capacidad para 60 camas  (30 varones y 30 mujeres) que se inauguró el 24 de Junio del año 1900 en la localidad de Santa María, en el departamento Punilla de la provincia de Córdoba  Al igual que el sanatorio suizo el del Dr. Rodríguez era de carácter `privado y se cobraba por la atención médica y el alojamiento.

  En 1910 el Estado le compró el sanatorio al Dr. Rodríguez y lo designó como “Sanatorio Nacional para Tuberculosos en Santa María-F.C.C.N.A.-Sierras de Córdoba”, dependiente de la Comisión Asesora de Asilos y Hospitales Regionales del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. No existía un área ministerial de Salud. Entre los años 1914 y 1917 el gobierno amplió la capacidad de este nosocomio elevándola a 500 camas (250 mujeres y 250 hombres) aunque hubo épocas en que se alojaron mil enfermos y en 1938 se habilitó, a veinte cuadras del sanatorio Santa María, el Hospital para Mujeres Tuberculosas “Familia Domingo Funes” con capacidad  para 350 internas. También se habilitaron otros hospitales para tuberculosos, como el Hospital de Llanura en Pergamino, provincia de Buenos Aires y numerosos dispensarios. El gran impulsor de la lucha contra este flagelo fue el Prof. Dr. Antonio A. Cetrángolo, que se iniciara como tisiólogo en el Sanatorio Santa María en el año 1917.

 Se utilizaron, a su turno, algunos medicamentos como las “gotas amargas”, la “Sanocrisina” “Sales de Oro”, gluconato de calcio, aceite de hígado de bacalao y similares.
   Se popularizó el neumotórax, que consiste en insuflar aire entre la pleura y las paredes del tórax a fin de comprimir el pulmón y achicar las lesiones o “cavernas”. También se utilizó la “frenisectomía” que consistía en seccionar el nervio frénico con lo cual el pulmón colapsaba y producía el mismo efecto ya descrito. A partir de mediados de la década del `30 se comenzó a practicar la “toracoplastía” como forma muy efectiva de comprimir un pulmón enfermo.

   Como precursores de esta “cirugía de tórax” vale señalar a los hermanos Finochieto en Buenos Aires y al Dr. Carlos Albarracín Godoy en el Sanatorio Santa María.

  Capítulo aparte podría escribirse a partir del advenimiento de los antibióticos en el tratamiento de la tuberculosis.

   Lo cierto es que al cabo de cuarenta años la Argentina ocupaba uno de los primeros lugares en el mundo en materia de lucha antituberculosa. En la ciudad de Córdoba funcionaba el Hospital–Escuela “Tránsito Cáceres de Allende” y  el “Centro Tisiológico Punilla”. En la Capital Federal estaba el Hospital Central y numerosos dispensarios.

Durante décadas funcionó la “Liga Argentina de Lucha contra la Tuberculosis” con su emblema constituido por  una Cruz de Lorena, la misma insignia que utilizara el General Charles De Gaulle en su lucha contra los nazis en los años ’40.

   Y ocurrió que en el año 1966 el dictador Juan Carlos Onganía tiró un decreto disponiendo la desprogramación de todos estos establecimientos. En su torpe ignorancia dispuso que la tuberculosis ya no existía.

   Y al cabo de cuarenta años la realidad indica que la tuberculosis mata alrededor de 4.000 personas por año en la Argentina y se aprecia como muy escasa la difusión de medidas preventivas para este flagelo, algo que –obviamente-, debería correr por cuenta del Estado. La muerte –tiempo atrás en Catamarca-, de una niña afectada de tuberculosis  debería funcionar como una “luz roja en el tablero” y activar todos los dispositivos necesarios para determinar qué grado de importancia puede ostentar esta patología que desde época inmemorial y como lo señala Hipócrates al decir: “Y es esta afección tanto más terrible cuanto que elige sus víctimas en la edad en que sólo debieran existir ilusiones y esperanzas, no respetando sexo ni condición social ni ubicación geográfica”.

   Tal vez sea oportuno que los médicos hagan un repaso de las enseñanzas que dejó el Padre de la tisiología en la Argentina el Maestro Profesor Doctor Antonio A. Cetrángolo cuya escuela de prestigio y trascendencia mundial fuera continuada por los Profesores José Pérez, José Francisco Verna y Enrique Pedro Aznárez, entre otros.

  Se aprecia como algo de urgente e imprescindible necesidad otorgar amplia difusión a las medidas preventivas relacionadas con este bacilo que, evidentemente,  no tuvo en cuenta el decreto del “iluminado” Onganía.

Digna de aplauso es, por cierto, la existencia de estas  Jornadas de Concientización que deben ser objeto de un accionar sostenido en el tiempo y profundizado en el seno de la comunidad.

  Vale destacar que en Catamarca existen excelentes profesionales de la medicina especializados en patologías de pulmón. Será cuestión, pues de poner en marcha las medidas adecuadas para impedir que el bacilo de Koch siga matando gente.

Podés leer también