Acuerdo en la guerra del Golfo pérsico con un derrotado en las sombras
La guerra en el Golfo Pérsico expone el desgaste de Washington, la resistencia iraní y un escenario donde, sin vencedor claro, un tercer actor podría pagar el costo político y militar del conflicto.
Estados Unidos ingresó a la guerra con Irán por la insistencia y presión —algunos hablan incluso de una posible extorsión a su presidente, Donald Trump—, bajo la creencia de que se trataría de un trámite. Así lo imaginaban, como había ocurrido en el operativo con Venezuela, donde los traidores socialistas entregaron al payasesco Maduro.
Sin embargo, en el Golfo Pérsico las cosas no fueron como suponía la administración republicana. Los persas siguen respondiendo con misiles y drones todos los días desde que se inició el conflicto.
Además, bloquearon el estrecho de Ormuz, por donde circula el grueso de la producción petrolera mundial, provocando una crisis financiera y energética de alcance global.
En Estados Unidos, la población es mayoritariamente contraria a esta guerra, a la que percibe lejana, innecesaria y más vinculada a los intereses de Israel que a los propios.
La prolongación del conflicto se ha convertido en una pesadilla para Trump, que ahora busca una salida decorosa a este escenario adverso.
En ese marco, el mandatario norteamericano aseguró esta semana que Irán estaría dispuesto a negociar. Los persas exigen una indemnización total y garantías de que Estados Unidos no volverá a atacarlos. Este último punto es determinante.
Si Washington acepta esas condiciones, implicaría haberle soltado la mano al Estado sionista, que quedaría obligado a continuar la guerra en soledad, sin el escudo protector desplegado en los países del Golfo, desde donde se interceptan los misiles iraníes.
Sin ese anillo defensivo, los impactos dejarían de llegar en cuentagotas y caerían como una lluvia constante.
Porque en una guerra, al final, siempre hay un perdedor. Nunca un empate.