Antofagasta y sus inmensidades merecen más de la minería

Comencé a tener referencias de Antofagasta de la Sierra cuando -recién llegado a Catamarca en el año 1976- me quedaba extasiado con las crónicas que Don Manuel de Jesús Quiroga, un recordado y muy apreciado colega del ya desaparecido diario El Sol, escribía sobre sus viajes a aquel distante y por entonces –casi desconocido- departamento de la provincia.

ESPLENDOR E INMESIDAD de Antofagasta de la Sierra, desde el volcán que lleva su nombre. Al fondo el volcán Alumbrera.
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Sus relatos eran reveladores, ciertamente de otros tiempos, porque incluso para llegar allí había que ir por Tucumán, pasar a Salta, y después por San Antonio de los Cobre, para recién, desde allí, adentrarse en las inmensidades antofagasteñas.

Después llegué personalmente en 1977, cuando fue inaugurada la Cuesta de Randolfo, cuyo nombre rinde homenaje al maquinista vial de apellido Carrizo, de Belén, quien fue uno de los precursores en “abrir camino” para el paso de vehículos desde el territorio catamarqueño, por la que hoy se conoce como la Ruta Provincial 43, y la más actualizada traza de la quebrada que conserva la misma denominación.

Antofagasta de la Sierra se encuentra a 3373msnm, en plena cordillera de Los Andes, cuyos primeros pobladores, originalmente cazadores itinerantes, provenientes de lo que hoy son los territorios de Salta y Bolivia, que comenzaron a asentarse a partir del año 1000 después de Cristo, como una extensión de la denominada cultura Belén.

A partir de aquel flujo migratorio, en 1480 pasó a formar parte del imperio Inca, profundizado más tarde con el avance de los “conquistadores” (¿?) españoles -que “a degüello” venían desde México-, y, además, atraídos por sus vegas y campos de pastoreo, como por la riqueza minera (originalmente oro, plata y cobre), que, por entonces, ya se advertía en toda su amplitud territorial

Con la llegada de los españoles al mando de Diego de Almagro, en 1535, fue anexada a los territorios “conquistados” (¿?) desde el sur, y, por siglos, desde 1.600 en adelante formó parte del “señorío hispano” con asiento en Londres de Pomán.

Las luchas independentistas, surgidas desde el 1.800 en adelante, llevaron a Antofagasta de la Sierra a quedar bajo diferentes tutelas, formando parte, en un tiempo de Bolivia y más tarde de Chile. Ello, durante 118 años, hasta que en 1900 volvió a la soberanía nacional, transformándose en la capital del departamento homónimo, conformando la Gobernación Nacional de los Andes, integrada a la jurisdicción argentina.

Y, cuando la Gobernación de Los Andes fue disuelta y repartida entre las provincias de Jujuy, Salta y Catamarca, todo el departamento de Antofagasta de la Sierra, recién en 1943, pasó a ser definitivamente territorio catamarqueño. Hace nada, apenas 80 años.

Por mi parte, siempre que pude volví a Antofagasta. En 1983, durante la campaña por las elecciones que venían a poner fin a la dictadura militar de entonces (instaurada con el ‘golpe del proceso’ del 24 de marzo d 1976), fui acompañando al Dr. Ramón Saadi, quien se postulaba a su primera gobernación, en la caja descubierta de una camioneta Peugeot (nada de 4x4), que el Dr. Arnoldo Saadi le había prestado al candidato del PJ.

Con el mismo Dr. Saadi, ya gobernador, estuve otra vez en 1985, cuando aquel gobierno provincial instaló los equipos de la ex DECa. (Dirección de Energía Catamarca) para que los antofagasteños pasen de apenas 6 horas, a contar con energía eléctrica las 24 horas del día.

Y más cerca en el tiempo, en 2013, tuve el honor de acompañar a la gobernadora Lucía Corpacci, cuando inauguró el nuevo edificio de la Escuela Secundaria, en una visita que, además, incluyó la instalación de paneles solares y equipos de transformación energética, para la puesta en marcha del servicio de electricidad y de internet a la comunidad de Antofalla.

Y, cada vez que llegaba, más se conocía del interés de poderosas compañías extranjeras, por los minerales y el litio de la puna, como las que hoy están instaladas en el territorio de Antofagasta. La misma que conserva incomparables paisajes, con volcanes expuestos al asombro de sus visitantes, como los más conocidos Antofagasta y Alumbrera (3.600 msnm, aproximadamente), que en una reciente visita ascendimos, junto a mi hijo Imanol y Branco Joel Soria, o el también inigualable Campo de Piedra Pómez, internacionalmente admirado, en las cercanías de El Peñón, en el mismo departamento, que visitamos al día siguiente.

La atracción por Antofagasta es cada vez mayor, pero igualmente merece la mayor y más responsable atención de las autoridades de la provincia y el municipio, porque, así como se gestiona que las mineras restituyan las viviendas a los antofagasteños afectados por el desarrollo de los distintos proyectos, es fundamental que su ruta de acceso se mantenga en el mejor estado. No como ahora se observa, actualmente, desde la Cuesta de Randolfo, primero a El Peñón y después a la villa cabecera, con varios tramos deteriorados.

O que se siga asfaltando la Ruta 43, en los tramos previos de Barranca Larga y Villa Vil, con el aporte de las mineras, obviamente, porque son esas grandes multinacionales las primeras beneficiarias y “usuarias” de toda la infraestructura que se vuelque hacia aquel querido territorio catamarqueño.

Y se brinden también mejores condiciones a sus habitantes; no tan solo con el adoquinado de sus calles, que, al margen de su costo (o, alguna oportunidad de negocio), altera la armonía del paisaje.

O que se optimice y amplíe la oferta hotelera y de servicios turísticos, no solo con la ampliación de la Hostería Municipal, sino con créditos solidarios o subsidiados para que “Doña Cirila” pueda disponer de más y mejores habitaciones, o el “Gringo Pedro”, que hace 30 años se vino de Río Cuarto, pueda agrandar el pequeño comedor, donde hoy ofrece sus exquisitos “tallarines cinta acha, caseros, con salsa de cordero”, en un logrado desafío de cocina gourmet “italo/puneña”.

Que se faciliten los medios tecnológicos y de equipamiento en general, para que los destacamentos policiales, tanto de Antofagasta, como de El Peñón, puedan contar con vehículos modernos y adecuados, que les permitan contrarrestar el reiterado deterioro de inescrupulosos visitantes, que llegan en poderosas camionetas, cuatriciclos o los más sofisticados UTV (Vehículos Utilitarios Todo Terreno), que recurrentemente vandalizan, tanto el sector de los volcanes como el de la pomposamente denominada “Área Natural Protegida del Campo de Piedra Pómez”, sin que en ninguno de ambos sitios exista un mínimo punto acceso formal, con cuidadores o guardianes especiaizados, que tomen noticia o identifiquen a quienes los transitan.

Por eso, está muy bien que se mantenga el Fideicomiso Minero “Salar del Hombre Muerto”, de donde se extrae litio, y que, ahora mismo, aporta para la construcción de un nuevo hospital, o se implemente un Fondo de Desarrollo Productivo, que con el 3 por ciento de las regalías mineras, proyectará nuevas obras, como las todavía no resueltas iniciativas por un reservorio de agua en los cauces de ríos Las Pitas y Paicuqui. Pero, para ello, también será imprescindible lograr modificaciones en la legislación nacional y provincial, que permitan aumentar los porcentajes en la percepción de las regalías mineras, por parte de Catamarca.

Como también es importante profundizar el vínculo con la Universidad Nacional de Catamarca (UNCa.), de aquilata experiencia en la Reserva de la Biósfera Laguna Blanca, en aquella misma jurisdicción provincial.

En síntesis, estas son apenas unas rápidas y, seguramente limitadas, reflexiones sobre las bellezas, el presente y las potencialidades de Antofagasta de la Sierra, que -estamos convencidos- en la generosidad de sus inmensidades merece muchos más de las mineras.

Víctor “Paco” Uriarte

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