Caso Boudou: cuando se pierde la capacidad de pensar
“Detener a una persona sin condena previa debe ser una excepción y se está transformando, peligrosamente, en una regla...”, escribió Ernesto Tenembaum, en su columna de hoy para el diario Perfil.
El texto completo
La bronca que provocó el kirchnerismo entre quienes
sufrieron en carne propia sus métodos para combatir a la disidencia política
genera en estos días un nuevo perjuicio: muchas personas con indiscutible
trayectoria democrática no están pudiendo analizar el proceso de detenciones de
dirigentes del gobierno anterior y reemplazan esa ausencia de reflexión por una
ruidosa y extraña celebración. Es muy humano lo que les ocurre: ven caer al
enemigo que, hace poco, era poderoso y amenazante. Tal vez por eso sea oportuno
abrir preguntas sobre un punto que es nodal para cualquier democracia.
Amado Boudou es el nuevo integrante de la larga lista de
detenidos vinculados con la gestión anterior y que, antes de él, ya integraban
Milagro Sala, Julio De Vido, Lázaro Báez, Ricardo Jaime, Roberto Baratta,
Víctor Manzanares, José María Núñez Carmona, César Milani, Claudio
"Mono" Minnicelli, José López, Armando Pérez Gadín, Omar "El
Caballo" Suárez y Juan Pablo "Pata" Medina.
A primera vista, para muchas personas puede parecer la
concreción de un sueño: en el país donde nadie nunca va preso por corrupción,
finalmente, las cosas están cambiando. Personajes que hace muy poco tiempo eran
muy poderosos ahora están entre rejas. Es muy difícil discutir esta percepción.
Y ojalá, quién dice, tengan razón.
Sin embargo, en todo este razonamiento, existen algunos
puntos problemáticos. El primero de ellos es que todas estas personas
detenidas, de acuerdo con la ley, son inocentes. Es probable que, si el proceso
contra ellas continúa, dejen de serlo. Pero para eso se requiere una condena.
La libertad de un ser humano es un valor central para cualquier democracia. Por
eso, su detención solo debe ser producto de una condena de un tribunal
colegiado, y solo en casos muy excepcionales, producirse en etapas preliminares
de un proceso.
En los casos de presos kirchneristas, la excepción pasó a
ser algo habitual. Todos son apresados sin condena previa.
El segundo problema radica en quiénes toman las decisiones.
Acaba de llegar a las librerías El libro negro de la Justicia, una magnífica
investigación de Gerardo "Tato" Young. Sus páginas son
estremecedoras. Allí se cuenta cómo durante los últimos 25 años los jueces
federales de primera instancia, casi sin excepciones, formaron parte de un
sistema que garantizó la impunidad de los poderosos a cambio de enriquecerse.
Quienes debían vigilar eran cómplices. Y así pasó lo que pasó. Parte del
mecanismo consistía, cada tanto, en detener a los caídos en desgracia o apuntar
contra opositores.
Si se convalida esta seguidilla, puede ser que esos jueces
federales hayan incrementado su poder hasta el infinito: desde ahora, podrán
detener a quienes quieran, sin necesidad de que nadie les pregunte demasiado.
Hoy es Boudou. ¿Quién será mañana? ¿Están seguros quienes festejan hoy que el
clima actual durará para siempre? ¿Y entonces? ¿Quién celebrará cuando uno de
los federales detenga a quien le ordene un poder de signo inverso al actual?
¿Se entiende por qué, en lugar de celebrar, tal vez haya que recuperar la capacidad
de pensar?
Hay en este momento un debate evidente entre quienes
interpretan las detenciones de kirchneristas como si se tratara de un virtuoso
proceso de reparación y quienes denuncian que, en realidad, solo se trata una
persecución de opositores que, al mismo tiempo, cumple un rol disciplinador de
todo el sistema de poder. Es difícil saldar esa discusión en tiempo récord. Sin
embargo, algunos ejemplos ayudan a entender cómo se podrían realizar las cosas
de tal manera que toda la sociedad se sienta tranquila.
El primero de esos ejemplos es la causa por la tragedia de
Once. En solo tres años y medio, ese expediente recorrió desde los primeros
requerimientos del fiscal de primera instancia hasta las condenas del tribunal
oral. En todos esos pasos, se concluyó lo mismo: que poderosos empresarios y
funcionarios del gobierno anterior eran culpables. Todo eso ocurrió durante el
gobierno que era acusado, no luego de un cambio de poder. Nadie fue detenido en
ese período. En pocas semanas más, se conocerá la sentencia de Casación. Si,
como todo sugiere, es confirmatoria, los acusados irán a la cárcel. Y nadie
podrá alegar que se trató de una persecución. Sería, lisa y llanamente, la
Justicia en acción.
El segundo ejemplo es el Lava Jato. Si alguien quisiera, podría
divertirse con el juego de las 7 diferencias entre lo que ocurre en Brasil y lo
que sucede acá. En Brasil, han sido detenidos dirigentes de todos los partidos
políticos. Acá, solo de uno. En Brasil, caen detenidos empresarios de primer
nivel. Aquí, solo políticos o, en todo caso, empresarios integrados al poder
político anterior. En Brasil, los jueces no son sospechosos de frenar o
acelerar procesos judiciales según el clima político o su necesidad de
supervivencia. Acá ocurre exactamente lo contrario.
El método para que la Justicia finalmente impere en la
Argentina puede ser rápido, paciente, abarcativo y, por lo tanto, creíble: es
el camino que sugiere el proceso por la tragedia de Once. O puede instalarse un
método más expeditivo y, por llamarlo de alguna manera, más venezolano.
"Viva la República", tuiteó hoy Carrió. ¿Seguro que esto es la
República? ¿Un vicepresidente espantoso detenido por una Justicia espantosa?
El Poder Ejecutivo tiene la responsabilidad de conducir este
proceso por un camino razonable y democrático y no por el que celebran aquellos
que quieren sangre. Lo mismo le cabe a intelectuales, abogados y dirigentes
políticos liberales que apoyaron a Cambiemos porque imaginaban una democracia
más abierta y respetuosa: detener a una persona sin condena previa debe ser una
excepción y se está transformando, peligrosamente, en una regla. "Comerse
a los caníbales", la vieja expresión que ideó Jorge Luis Borges.
En octubre del año 2014, Amado Boudou fue procesado por
primera vez. En ese contexto, tuve la oportunidad de entrevistarlo para la
señal Todo Noticias, junto con Marcelo Zlotogwiazda. Fue una entrevista notable
por el contexto. Hasta ese momento, Boudou solo iba a 678, donde decía todo lo
que se le ocurría mientras sus entrevistadores asentían amables, como esos
perritos de los autos que mueven la cabeza hacia arriba y hacia abajo.
Mientras preparábamos la nota, le dije a Zloto: —No entiendo
por qué nos da esta nota. Está hasta las manos. Salvo que tenga alguna carta
oculta o que se sienta demasiado omnipotente. Si preguntamos bien, va a quedar
muy en evidencia que es un ladrón.
Al salir de la nota, no tuve dudas: Boudou era culpable.
No solo eso. En abril de 2012, pocas semanas después del
54%, un juez decidió allanar a Boudou por primera vez. El entonces
vicepresidente hizo un escándalo. Respaldado por Cristina Fernández, se
presentó ante las Cámaras, y logró que apartaran de la causa al fiscal, al juez
y que renunciara el Procurador General de la Nación. Tal vez ese día, de
oficio, Lijo podía haberlo detenido: el vicepresidente, a la vista de todos,
obstruía el desarrollo del proceso en su contra. Pero, en ese momento, Boudou
tenía poder. Y los jueces federales de la Argentina, como bien lo enseña el
libro de "Tato" Young, no avanzan contra los poderosos.
Boudou debería ir preso, al igual que la mayoría de los que
están condenados. Pero la democracia impone reglas muy precisas para que eso
ocurra. Y no son las actuales. De la misma manera, el Gobierno debería
emprender un agresivo proceso de reforma judicial, para que sean personas
respetables, idóneas e independientes las que conduzcan este proceso.
No es lo que está
sucediendo.
En el año 2005, el escritor mexicano Héctor Aguilar Camín
escribió una hermosa novela llamada La conspiración de la fortuna. En una de
sus páginas, advierte: "Primero fue el rumor de que el nuevo Gobierno
quería un personaje del viejo para meterlo en la cárcel y echarlo a las furias
del ágora, alimentadas por el Gobierno mismo. Luego vino el linchamiento en
forma, con todos los agravantes de la consigna y la compra de los linchadores.
Era un viejo rito nacional. Cada cierto tiempo, después de una revuelta
fallida, de un motín o de un cambio de Gobierno, el país y sus gobernantes
sentían la necesidad de quemar un puñado de infidentes en la hoguera de la
indignación pública. Los dueños del poder daban así una prueba de rigor contra
el abuso, con bajo costo para ellos y alto para sus rivales… Entre más castigos
ejemplares había, más insuficientes parecían los castigos, entre más muestras
de rigor daban los Gobiernos, más sospechas de culpables impunes había en el
aire. Una vez que se suelta, la inquisición pública tiene más sed de culpables
que de Justicia, pero su rabia no lleva a la Justicia, sino a la
manipulación".
México y la Argentina son dos países muy diferentes. Pero al
final del día, somos todos seres humanos: nos gusta ver en picada a un enemigo,
aplaudir con ingenuidad procesos complejos, vengarnos de heridas pasadas y
creer que se resuelven problemas históricos, aun cuando tal vez se estén
creando otros más graves.
Por Ernesto Tenembaum,
para Perfil