La Ciudad de Los Cuervos

Es este un lugar lleno de magia, incertidumbre a veces, desorientador otras, pero muy energizante, según sostienen quienes lo visitaron y quienes  garabatean un itinerario nada claro para llegar a él.

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Este sitio elegido por las aves de color negro, que sobrevuelan las sierras de El Ancasti, se encuentra a pocos metros de la ruta que zigzagueante va dibujando La Cuesta del Portezuelo, y frente a la ruta nacional N° 38. Se hace visible por el revoloteo de los cuervos que en círculos van dibujando como si marcaran el área protegida con rutas invisibles ahondadas por el tiempo y desde donde dominan el valle central de la provincia.

“La Cuervera”, “El Nidal de los Cuervos”, “La Cueva de los Cuervos”, son los nombres que a través del tiempo ha recibido este lugar, para que en la actualidad y modernizando la denominación se llame “La Ciudad de los Cuervos”, como indicando algo sobresaliente a la vez que se nota que encierra misterios aún no develados.

Esta es una historia que se pierde en el tiempo, y de la que pocos recuerdan, pero siempre hay alguien memorioso que protege este tipo de vivencias, para que la tradición no caiga en el olvido, por el contrario, para que siempre se la recuerde.

Sostienen los pocos viejos que recuerdan este sitio, casi como un lugar sagrado, donde el que llega al lugar, vuelve fortificado, optimista y energizado en todos los aspectos.

Desde la localidad de El Portezuelo, hay alrededor de cuatro kilómetros hasta “La Ciudad de los Cuervos”, motivo por el cual, no son muchos los que intentan escalar la montaña y llegar al lugar. Aunque sostienen que no todos encuentran el camino correcto, inclusive que para algunos, el camino es más largo y otros directamente no lo encuentran y no pueden llegar al sitio buscado. Y esto se da, según los que guardan la historia, porque solo pueden acceder las personas de espíritus fuertes y que tiene un alma noble, pues la misma fuente indica que nadie puede llegar para fortificarse “pa la maldad”.

En la búsqueda de una fuente que en forma oral nos trasmita la esencia del lugar, llegamos ante un viejito que lentamente pasea por las calles de El Portezuelo, ayudado con un bastón de madera de algarrobo, muy torcido y deforme por el uso y el paso del tiempo. Con la mirada perdida en la sierra de El Ancasti, cada día va y viene, no sé de dónde. Varias veces lo había cruzado y saludado sin reparar en él, pero este día, le presté atención y al caminar advertí que su mirada se dirige hacia donde los cuervos vuelan.

“Allí está la fuerza que hace falta para salir del momento difícil en el que nos encontramos”, dijo señalando hacia ‘La Ciudad de los Cuervos’. “Deberíamos hacer como hacían los antepasados cuando debían librar una fuerte batalla con los invasores españoles. Antes de cada enfrentamiento, los principales guerreros tenían como norma principal, visitar este lugar para salir fortalecidos y con la energía suficiente para ganar la batalla, y quienes los seguían al saber que el jefe que iba a la vanguardia, a la cabeza del grupo a pelear, había realizado la visita al lugar sagrado para ellos, tenían la seguridad de que todo saldría bien, y como por arte de magia, el temor desaparecía”.

Siguió diciendo: “Esta historia que viene siendo trasmitida de padres a hijos, se fue perdiendo en el tiempo, de modo, que  yo debo ser uno de los pocos que la recuerda y que la cuenta de vez en cuando, porque a veces creen que estoy loco. Porque después que conté salieron presurosos hacia el lugar y no pudieron llegar, ocurre que solo lo pueden hacer las personas de espíritu noble, quienes reciben una fuerza inusual para ayudar a los demás”.

A pesar que no habló mucho, se lo nota cansado, me mira y dice: “Yo estoy en los últimos días de mi vida, pronto me reuniré con el espíritu del cuervo que es quien gobierna y ordena esta región. Quienes dirigen los pueblo deberían visitar este lugar, como lo hacían los grandes guerreros y saldrían

fortalecidos y llenos de sabiduría para volcarlas hacia el pueblo. Aunque en los últimos años, muchos han intentado llegar, pero la cara de decepción y el silencio cuando vuelven, me indica que no han podido. Por algo ha de ser”.

Sentado en una piedra, al lado del camino, hizo un largo silencio, y al cabo de un momento, metió la mano en el bolsillo y sacó u papelito que había perdido el puro color blanco, además estaba muy arrugado, y extendiendo la mano me dijo: “Este es el camino, en él está marcado por donde debe ir, pero solo lo verá si el espíritu de quien lo mira es bueno y noble, caso contrario solo será un papel sucio inservible”.

Aún lo guardo en mi bolsillo al papel, no lo he mirado aún. Pronto lo miraré. 

Hugo Alaniz

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