Con “Agüerito”, se nos fue un “imprescindible”
Son frases hechas se dirá, pero nunca más ajustadas a la realidad que vivimos por estos días los peronistas de Catamarca con el fallecimiento del muy querido y leal compañero Ramón Agüero.
Al título de esta crónica de despedida lo definí mientras pasé por su velatorio y luego cuando iba al sepelio, donde el secretario general del Partido Justicialista, ministro de Educación y ex legislador, Manuel Isauro Molina (h) utilizó la frase de Bertolt Brecht para iniciar su discurso durante las exequias en el Cementerio Municipal.
La épica reflexión del genial dramaturgo y poeta alemán dice que “hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles…”.
Y eso fue “Ramoncito” o “Aguerito” para el peronismo, que por su sencillez y humildad siempre llamábamos o citábamos por sus diminutivos, no obstante que se trataba de un hombre mayor, que ya transitaba sus 73 años.
Por eso aquí no voy a mencionar las razones de su muerte, sino las virtudes de su existencia.
Su trayectoria pública lo ubica, casi por cuarenta años –desde 1990 hasta que se jubiló- como secretario del Bloque del Partido Justicialista, en la Cámara de Diputados de la provincia. Allí fue guía y maestro, de verdad, sin comillas, de todos los políticos justicialistas que accedieron a una banca en ese ámbito legislativo.
“Aguerito” era quien les enseñaba los “primeros pasos”; qué era el reglamento, qué era el quorum, la modalidad de las sesiones, las reuniones de comisiones, además de las más domésticas cuestiones de asignaciones de despachos o los días y horarios de las actividades parlamentarias. Con los legisladores que llegaban del interior se permitía algún consejo por el alquiler de una casa o la propuesta de un colegio para sus hijos si se trasladaban con las familias.
Tenía el don del equilibrio, lo que le permitió el trato de recíproco respeto con peronistas de todas las “layas”, en los tiempos en que nosotros no compartíamos todos el mismo “campamento”, transitando con envidiable serenidad el “fuego cruzado” de las “trincheras” partidarias. La misma relación de inquebrantable cordialidad tenía con los representantes de las otras fuerzas políticas.
Y en la vida partidaria también exhibió su excelsa moderación, no exenta de enjundia y de compromiso con la lucha permanente, como lo demostró antes de la recuperación democrática hasta 1983 y los tiempos aciagos de la intervención a la Provincia y el Partido, después del ’90.
Obviamente, su adiós fue triste y doloroso. El féretro pasó por la sede del PJ, donde (en prevención por la pandemia) apenas se permitió un aplauso hacia la carroza que trasladaba sus restos. Y luego la ceremonia en el cementerio, donde lo acompañó toda su familia (hermanos, hijos y nietos), su compañera de la militancia y de la vida Cielito Ávila (también con sus hijos y sus nietos), ex diputadas y diputados provinciales, numerosas compañeras de la Rama Femenina, otros familiares y amigos personales.
El ministro Molina trasmitió las condolencias de la presidenta del PJ, la diputada nacional Lucía Corpacci, y del gobernador Raúl Jalil, y, como seguramente estará agradeciendo desde lugar donde se encuentre, “Cielito” lo despidió con la ranchera que más apreciaba de las que ella cantaba con “sus Mariachis”.
Por supuesto no faltaron las estrofas de la “Marcha Peronista”, como corresponde a la postrer despedida de cualquier militante.
…
Y, simbólicamente (en mi imaginario) sonó el timbre de la Cámara; “Agüerito” miró su reloj y partió apresurado, porque en la última mesa del “Ritchmond celestial” ya lo estaban esperando Slavko Grubesic y el Dr. Ramón Robledo, quienes hace tiempo se le anticiparon en la partida.
Descansá en paz, querido “Ramoncito”.
“Paco” Uriarte