El avance silencioso de las buceadoras y pescadoras en la Patagonia
Entre las aguas frías del Golfo San Jorge y las costas de la Patagonia argentina, un grupo de mujeres le está cambiando la cara a un oficio históricamente masculino.
Son buceadoras, recolectoras, clasificadoras, cocineras del mar. Mujeres que, con uñas esculpidas o guantes de trabajo teñidos de naranja, se sumergen —literal y simbólicamente— en un mundo donde siempre estuvieron, pero pocas veces fueron nombradas.
Jazmín y Anahí Defrancesco, primas, son parte de ese cambio. Bucean cada día en Playa Larralde, Chubut, para extraer vieiras y cholgas. No es solo una forma de vida, es también una apuesta por hacerse lugar en un rubro donde el machismo todavía se hace sentir: “Cuando duro seis horas, el día está horrible, hay mucha correntada y me muero de frío, vuelvo a decir: ‘Esto no es tan para privilegiados”, confiesa Anahí, entre risas.
La socióloga Paula Ibarrola lo confirma: las mujeres siempre estuvieron, pero invisibilizadas, relegadas a tareas "secundarias". Hoy, en cambio, están en el centro de la escena, con trajes de neopreno, ganchos para pulpos o recetas con algas.
Pulpos, algas y hermanas del mar
Paola Signorelli, por ejemplo, aprendió de su madre a buscar pulpos. Desde Puerto Madryn, se adentra en la costa al amanecer con una técnica que combina herencia gallega e identidad indígena. Más al sur, en Camarones, Carola Puracchio fusiona cocina y territorio: crea platos con algas locales, como el escabeche de wakame, un alga invasora que transforma en sabor, nutrición y soberanía gastronómica.
En tierra firme, también ellas
En las plantas procesadoras de Puerto Madryn o Rawson, las mujeres son fundamentales. Mariana Fernández, operaria, clasifica langostinos con una velocidad que solo dan los años. Su historia se repite: migración, separación, trabajo duro, compañerismo y una red de contención femenina forjada entre cajas de dos kilos y charlas de descanso.
Pero el precio de estar en este mundo no es menor. Lorena Rossi, psicóloga y esposa de un agente marítimo, lo ve en su consultorio: soledad, angustia, crianza en tierra mientras el mar se lleva a los hombres por días o semanas. “Ellos siguen trabajando como si nada, pero los temores de sus familias quedan en tierra”.
El mar como espejo
En un contexto donde las mujeres solo representan el 2% de la actividad marítima global (según el Banco Mundial), estas patagónicas desafían cifras y estereotipos. La pesca, la recolección y el procesamiento de mariscos se convierten no solo en una fuente de ingresos, sino también en un territorio de resistencia y pertenencia.
Y mientras las olas siguen marcando el ritmo del trabajo, ellas, con uñas pintadas o manos curtidas, siguen abriéndose camino. Con fuerza, con coraje, con identidad.