La Encuestología, una ciencia(¿?) que
Los encuestólogos vendrían a ser los expertos en esta especialidad y los encuestadores son los sujetos que le preguntan a la gente por quién va a votar el 13 de marzo.
Vamos a apelar a la tolerancia de nuestros lectores y tomarnos el atrevimiento de remolcar desde el pasado un par de recuerdos que tienen que ver con la encuestología.
Sucede que por razones que no vienen al caso, hubimos de permanecer largas temporadas en la Capital Federal, en casa de los hermanos de nuestro padre y vinculados laboralmentte –todos ellos-, al Jockey Club de Buenos Aires, el que fuera fundado por Carlos Pellegrini en 1882.
El menor de nuestros parientes se desempeñaba en un área contable y de contralor y entre sus múltiples funciones estaba la de visitar las caballerizas, los “haras” existentes en ”El Bajo”.
Mencionar las características de ese mundo tan especial describiendo los variados personajes que pululan en esos lugares demandaría muchísimo espacio y debemos constreñirnos a lo esencial, que en este caso pasa por los asados sabatinos que se organizaban, con asistencia de propietarios de caballos de carrera, vareadores, cuidadores, peones y jinetes, minúsculos hombres cuyo peso en la balanza raramente excedía los 40 kilos.
Y –como “invitado especial”-, el “Flaco Zamudio”. Un individuo de un metro noventa de estatura, flaco a más no poder, con enormes orejas apantalladas y cara de asombro, como si estuviera viendo el arribo del Hombre a la Luna. De voz pausada, apta para ser locutor de radio, Zamudio evidenciaba ser un hombre culto que, según las mentas, había heredado una librería muy importante pero se la jugó a las carreras de caballos.
A Zamudio no lo invitaban a los asados de los sábados. Venía solo. A ejercer su “profesión”. Por que El Flaco era “datero”, compartía “fijas”, tenía “la posta” y – “a los postres -, hacía una pormenorizada exposición (seguida muy atentamente por los comensales ) cuya conclusión era que el caballo “Piquillín”, en la cuarta carrera del domingo, iba a pagar más de ochenta pesos por boleto, “Un afano”, enfatizaba. Zamudio se “ilustraba”, “inspiraba” y “asesoraba” leyendo los grandes tratados existentes en la materia tales como “La Fija” y “La Verde” sin mengua de consultar el diario “Crítica”, por no citar otros diarios que también se ocupaban de los “burros”.
Cabe aclarar que en esos años sólo había carreras los sábados y domingos y la reunión hípica de los sábados comenzaba a las dos de la tarde.
Llegado el lunes, la reunión tenía lugar en un café de la calle Tucumán, en inmediaciones del edifico del Jockey Club y entonces Zamudio explicaba –también con tecnicismos y lujo de detalles -, porqué “Piquillín” había arribado de noche a la línea de llegada consumando “un afano”. Pero a sus apostadores.
No viene al caso detallar el clima que se generaba en esas reuniones de café. Pasaban a formar parte de los recuerdos y las anécdotas de modo que al llegar el sábado, El Flaco Zamudio volvía a entrar en acción.
Lo hasta aquí expresado tiene que ver con los servicios de encuestología que brindan -pago mediante-, numerosas empresas que se dedican a esos menesteres.
En tiempos electorales brindan un servicio denominado “intención de voto” en virtud del cual los candidatos ajustan detalles referidos a la campaña. Es poco probable que un encuestólogo le cuente a su ocasional cliente que la intención de voto no lo favorece, que lo más probable será que pierda como en la guerra y que no gaste plata al cuete en hacer campaña. Por que el cliente/candidato, en su subconsciente, no paga para recibir un pelotazo en contra y a eso, el encuestólogo lo sabe perfectamente y entonces, “le dora la píldora” al cliente diciéndole .por ejemplo -, que “está muy bien posicionado pero tendrá que trabajar muy fuerte para pasar al frente en las encuestas”. Es entonces cuando el candidato moviliza a los “punteros”, a los “militantes”, saca plata de bajo tierra
(Salvo que sea oficialista) y sigue remando en pos de una ilusión.
Finalmente, si el candidato triunfa, el encuestólogo saca pecho y se ocupa de figurar en todas las crónicas vinculadas al triunfo de SU “asesorado”, de SU encuestado. Y si el candidato pierde, será objeto de un informe técnicamente perfecto que lo dejará en condiciones biosicofísicas de reincidir en un futuro no lejano.
Al Flaco Zamudio le tiraban unos pesos pero los encuestólogos facturan sumas importantes por su trabajo. No obstante, lo cierto es que los encuestados le pueden decir cualquier cosa a los encuestadores puesto que a la hora de votar el supuesto color político de un individuo puede mimetizarse de acuerdo a las circunstancias: o sea: será “según el color del cristal con que se mira”. La emisión del voto, de última, nos hace acordar a las películas policiales de misterio donde al final, el jefe de la banda y máximo criminal era el infeliz que podaba el ligustro en el jardín de la vecina, la linda de la cinta, la que se casa con el muchacho bueno, la del beso prolongado con sobreimpresión de las palabras “The End”.
Adviértase que también se ha puesto “de moda” el denominado “boca de urna”. Le avisamos a los movileros que el “boca de urna” está permitido siempre y cuando se efectúe a no menos de 80 metros de un comicio.
También en este caso la información que se obtiene es muy relativa y poco creíble. La “verdad verdadera” es la que arrojan los escrutinios y los resultados no pueden ser anticipados por ningún mecanismo. Hay que armarse de paciencia, observar las progresiones y hacer como dijo Ling Yutang, famoso filósofo chino; “Si tu mal tine remedio ¿A qué afligirte? Si tu mal no tiene remedio ¿A qué afligirte? Nosotros, en su momento, le dijimos al asiático Ling que “Mientras hay vida hay esperanzas” y que “lo último que se pierde son las esperanzas”. Que es , en definitiva, el motor que mueve a los políticos, a los científicos, a los investigadores y a todos los que, de una u otra forma, propician un cambio en el mundo para que la gente viva mejor y sea felíz, algo que la encuestología –por el momento-, no maneja.