Los esterotipos
Es muy conocida la narración de Kierkegaard sobre el payaso
y la aldea en llamas. El relato cuenta cómo en un circo de Dinamarca se declaró
un incendio. El director del circo se dirigió a uno de los payasos, que ya
estaba preparado para actuar, y le pidió que fuera corriendo a la aldea vecina
para pedir auxilio y para avisar de que había peligro de que las llamas se
extendiesen hasta la aldea, arrasando a su paso los campos secos y toda la
cosecha. El payaso corrió a la aldea y pidió a sus habitantes que fuesen con la
mayor urgencia al circo para apagar el fuego. Pero los aldeanos creyeron que se
trataba de un truco ideado para que asistiesen en masa a la función.
Aplaudieron y hasta lloraron de risa. Pero no se movieron de
allí. Al payaso le daban aún más ganas de llorar. En vano trataba de
explicarles que no se trataba de un truco ni de una broma, sino que había que
tomarlo muy en serio y que el circo estaba ardiendo realmente. Su énfasis no
hizo sino aumentar las carcajadas. Creían los aldeanos que estaba desempeñando
su papel de maravilla, y reían despreocupados..., hasta que por fin las llamas
llegaron a la aldea. La ayuda llegó demasiado tarde, y tanto el circo como la
aldea fueron consumidos por las llamas.
Esta narración puede servir para ilustrar la situación por
la que a veces pasan los cristianos, o la propia Iglesia como tal, cuando
comprueba su fracaso en el intento de que los hombres escuchen su mensaje.
Aunque se esfuerce en presentarse con toda seriedad, observa que muchos
escuchan despreocupados, sin temor al grave peligro del que se les advierte.
La Iglesia se encuentra muchas veces con una enorme y
agobiante dificultad para remover algunos estereotipos del pensamiento o del
lenguaje, con la tristeza de no alcanzar a hacer ver que la fe es algo
sumamente serio en la vida de los hombres.
— ¿No será un
problema de saber explicarse, o de que se plantean demasiadas cosas como
misterios?
Puede haber, en efecto, un problema de comunicación, y por
eso es preciso por parte de los cristianos un esfuerzo de comprensión, de
explicación, de capacidad comunicativa.
En cuanto a lo que dices sobre los misterios, no debe
entenderse, al hablar de ellos, que la fe cristiana sea un conjunto de
paradojas incomprensibles. Sería un desacierto recurrir al misterio como
pretexto para no esforzarse en la comprensión o la explicación. El misterio,
tal como lo entiende la Iglesia católica, no quiere destruir la comprensión,
sino posibilitarla. Y eso no va contra la racionalidad. También Einstein, por
ejemplo, escogió la palabra misterio para expresar la incalculable racionalidad
del universo; y también es un misterio la salud, o la felicidad, o el amor, o
la educación, y eso no quiere decir que no se pueda profundizar racionalmente
en su comprensión. Se les llama misterios en cuanto que son realidades
complejas en cuyo conocimiento se puede avanzar racionalmente pero nunca se
llegan a abarcar o comprender del todo.
Mons. Luis Urbanc
8° Obispo de Catamarca