Una forma diferente de protestar

La gente apela a distintas formas para expresar su disconformidad ante ciertas cuestiones que considera lesivas para sus intereses, injustas o violentas. Tenemos el caso del denominado movimiemto “Quebracho”, que funciona en grupos armados con palos, cadenas y objetos contundentes y concretan sus agresiones con la cara tapada, para no ser identificados.

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Nada que ver con los métodos que utilizó el Mohandas Gandhi para complicarle la vida a los ingleses que ocupaban la India desde hacía un par de siglos. Gandhi, apenas cubierto con una tela de algodón hilado a mano, se limitaba a quedarse quieto en un  lugar sin alimentarse. A su lado, permanecía una cabra  cuya leche bebía el líder de la no violencia. Los ingleses creían que al no comer, el Mohandas corría peligro  de morirse por un cuadro de desnutrición y finalmente tuvieron que abandonar la colonia. Acertadamente, calcularon el levantamiento fenomenal de hindúes que se registraría en caso que Gandhi muriera en una de esas huelgas de hambre.

A nosotros nos parece que el método de este hombre es uno de los más efectivos para logar objetivos luchando sin violencia por un ideal.

Es probable que los lectores recuerden un tiempo en el cual los operarios japoneses de una fábrica de electrodomésticos se declararon en huelga en procura de mejoras salariales. No adoptaron la posición de “brazos caídos” ni nada que se le parezca.

La consigna fue aumentar la producción de tal manera que las líneas de montaje quedaron atiborradas y los sectores de Distribución se vieron inmovilizados por falta del producto.

Todo muy prolijo, sin ensuciar las paredes ni romper vidrios.

En este caso, los nipones tuvieron un comportamiento muy distinto del mostrado, por ejemplo, por sindicalistas  del SOEM de Catamarca, desparramando basura y agrediendo a la gente.

El “último modelo” de protesta es el que funcionó en España, con “los indignados” que fueron mostrados en todo el planeta por la televisión.

Entre nosotros lo más frecuente son las movidas de los denominados “pìquetes” con la consabida quema de gomas y no exentos de una cierta violencia que tratan de justificar exhibiendo carencias de todo tipo.

Anuncian la vuelta de las “marchas del silencio”. Es –nos parece-, la forma más dramática (¿Y efectiva?) de protestar.

En Archivo conservamos antecedentes de una forma de protestar que funcionó en Córdoba con posterioridad al desfile del Día del Estudiante que tuvo lugar el 21 de septiembre de 1954 en la Avenida Colón y su prolongación Avenida  Olmos

Un trayecto de siete cuadras que fue escenario de graves disturbios cuando fuerzas policiales pertenecientes a la Sección “Orden Social y Político” apalearon a un grupo de alumnas de un colegio religioso.

Vale recordar que el país vivía momentos singularmente difíciles con el Gobierno enfrentado a la Iglesia con quema de iglesias y detención y expulsión de sacerdotes católicos.

Tres meses atrás, un levantamiento protagonizado por la Marina, que contó con la adhesión de algunos aviadores de la Fuerza Aérea Argentina, habían provocado la muerte de muchos civiles y la Casa Rosada quedó afectada con serios deterioros causados por el disparo de proyectiles que hicieron los aviones de caza “Gloster Meteor”. Un almirante asumió la responsabilidad por la fracasada rebelión y se voló la cabeza de un tiro.

Si en la Capital Federal funcionaba una dependencia de la Policía Federal conocida como ”Control de Estado”, en Córdoba tuvo su similar en la Sección Orden Social y Político comandada por el comisario Tomás Mooney, un verdadero especialista en perseguir, golpear, vejar y combatir a los opositores.  A  OSP, l os cordobeses la bautizamos como “La Gestapo”.

Como se ha dicho, efectivos de esa dependencia policial opacaron lo que era, desde siempre, una fiesta llevada adelante por los estudiantes.

Esos desfiles congregaban verdaderas multitudes que veían pasar grupos con atuendos  verdaderamente insólitos, autos antiguos, “coches de plaza”, conocidos popularmente como “Mateos” tirados por algún viejo caballo sin contar la presencia, desfilando, de algún  burro cubierto de coloridas mantas y con una corona de flores en la cabeza.

Por lo general el “plato fuerte” corría por cuenta de los estudiantes de medicina de la Universidad Nacional de Córdoba y dirigentes universitarios.

En esa ocasión y pasados los incidentes callejeros, numerosos padres y madres estaban ocupados en localizar a los chicos y chicas que no habían regresado a sus hogares. Buscaban –sin éxito-, en las comisarías y en los hospitales. Ignoraban que la OSP funcionaba en la planta alta de un inmueble ubicado en la calle Buenos Aires 545. Una dependencia policial que carecía por completo de algún elemento que la identificara como tal y calificable de “clandestina”.

Finalmente, al aparecer los “demorados” la gente comenzó a conocer los padecimientos que habían sufrido los estudiantes durante su permanencia en poder del comisario Mooney y sus subalternos. Es más: circuló con bastante insistencia una versión  según  la cual una de las niñas –hija de un legislador peronista-, había sido objeto de manoseos.

Se produjo una movida de indignación generalizada con denuncias efectuadas por familiares de los afectados pero no obtuvieron respuestas hasta que un día, alguien lanzó una consigna; “No concurrir al centro los días jueves en horas de la tarde. No hacer compras. No ir al cine. Quedarse en la casa”. Todo propalado por el “boca a boca”.

Vale aclarar que, como una expresión muy poco académica a esa clase de consignas  los cordobeses las denominaban “remache” y su texto, no carente de torpeza, vinculaba groseramente a la madre de aquéllos que no cumplieran con la consigna o “remache”.

Al principio no pudo advertirse ninguna diferencia vinculada con la presencia de público en el área central de la   capital cordobesa cuya calle San Martín, a partir las 18 horas, funcionaba como “peatonal” desde la calle Deán Funes hasta la Avenida Colón.

 Fue a partir de la segunda o tercera semana cuando la ausencia de personas en el centro se hizo evidente. Los empleados de los comercios cruzados de brazos, mirando hacia la calle. Todfas las salas cinematográficas prácticamenter vacías.

 Estaba funcionando una forma inédita de protesta popular. Y todos lo apuntaban a la OSP y al comisario Tomás Mooney.

En vista de que este “movimiento” iba en aumento, la gente del Centro Comercial y los de la Compañía Cinematográfica Cordobesa, propietaria de la mayoría de las salas de cine, acudieron en queja ante el gobernador doctor Raúl Felipe  Lucini y el vice gobernador Federico De Uña.

De acuerdo a la forma en que se fueron dando los hechos y el aumento del descontento generalizado  en la población, nos parece que los incidentes del Día del Estudiante del año 1954 pueden ser considerados como la chispa que encendió la mecha de un artefacto que explotaría un año después, el 16 de septiembre de 1955, conocido como “Revolución Libertadora” que destronó al general Juan Domingo Perón que gobernaba desde hacía casi diez años.

Pero esa es otra historia. Lo cierto es que a los cordobeses, así como inventaron los alfajores, el cuarteto, los festivales de folclore y algunas otras cosas, también “inventaron” una forma de mostrar desagrado ante ciertas cuestiones. Es muy sencillo: solamente hay que quedarse en casa un día determinado. Para pensarlo.

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