Inclusive la mía

Es prematuro o no tratar las candidaturas para el próximo año. La carrera ya se ha largado. Veamos:

POLITICA

En los pasillos de la rosca catamarqueña circula una máxima que todos repiten pero nadie se anima a firmar: en el peronismo provincial, la ambición colectiva se disciplina bajo la orden del jefe, pero las fantasías individuales se desatan cuando el poder huele a recambio.

Aunque el calendario formal indique que no estamos transitando un año electoral, la parálisis pública es solo una fachada. Debajo de la aparente calma institucional de Catamarca, la maquinaria partidaria trabaja a destajo. Todos, desde el militante con aspiraciones territoriales hasta el funcionario de primera línea, buscan la mejor performance posible. Saben que el silencio actual es el laboratorio donde se incuban los guiños, los avalos y las bendiciones de los distintos sectores del liderazgo justicialista. En esta provincia, la obediencia se cultiva temprano para ser ungido tarde.

Existe, sin embargo, un pacto cultural, un mandato no escrito arraigado en la liturgia del espacio político local: dos períodos en un cargo es lo máximo que un peronista puede —o debería— ostentar en la cúspide del poder. Es una regla de supervivencia grupal que garantiza la alternancia y mantiene viva la zanahoria para las generaciones que vienen marchando atrás. Pero la historia demuestra que las reglas no escritas se borran con facilidad cuando se entra al despacho principal de la Casa de Gobierno. Hoy, el primer mandatario provincial se encuentra visiblemente seducido por las mieles de un tercer mandato. La idea de la continuidad absoluta tienta, estira los plazos y altera los nervios de una mesa chica que empieza a mirar de reojo el sillón de mando.

Esa sola duda, esa sutil dilación en definir el destino del jefe, desató la ansiedad de la primera línea de sucesión. Los políticos más apurados ya dejaron de disimular y salieron a la caza de un cargo expectante y estratégico: la vicegobernación. Un lugar que no solo garantiza centralidad, sino que funciona como la primera línea de fuego para lo que venga. Mientras tanto, en los estamentos intermedios, se propaga un silencio a voces. Hay una desesperación contenida por conseguir una candidatura que asegure un escaño en la Legislatura provincial, ya sea en la Cámara Baja o en la Alta. En un contexto de malaria estructural, una banca no es solo un espacio de representación; es un refugio, una trinchera de estabilidad laboral para los próximos cuatro años.

La paradoja de este escenario radica en la brutal desconexión temporal que separa a la dirigencia de sus representados. Para el común de los mortales, el año 2027 y sus elecciones pertenecen a una galaxia lejana, casi abstracta. La prioridad real de los catamarqueños hoy se reduce a lo más primario y urgente: pensar en cómo parar la olla y subsistir a las desventuras socioeconómicas que el "León" nacional desata día a día sobre el bolsillo popular.

Mientras el votante de a pie calcula los costos de los servicios y estira el sueldo para llegar a fin de mes, la corporación política maneja otro huso horario. En la clandestinidad de las noches provinciales, ya se arman reuniones secretas en departamentos del interior  y en un countrie  ya hubo varios  encuentros con diferentes actores pero con intereses similares. Allí, codo a codo con el círculo rojo local, se tejen operaciones de prensa, se miden fidelidades y se fantasea con el diseño final. Todo el microclima político, en definitiva, se desvela especulando cuál será, finalmente, el esquema de candidatos que presentarán, sabiendo que en esa mesa se juega el destino de todos. Inclusive la mía.

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