La leyenda del Volcán
Andalgalá © En el norte de la ciudad de Andalgalá existe un lugar llamado "El Volcán", de difícil acceso, aunque se puede llegar por Chaquiago o El Potrero.
Se trata de un volcán muy especial, que no arroja lava ni
otra sustancia ígnea, sino un lodo frío.
Le contamos:
Hubo un tiempo en que el Valle de Andalgalá producía
alfarería de la mejor calidad, allá por los siglos en que se llamaron
diaguitas.
La mancomunión estrecha entre el hombre y la tierra, el
sentido de pertenencia al paisaje, permitían una vida en armonía y de respeto
hacia la naturaleza, todas las cosas se hacían sin excesos, tomando lo justo y
devolviendo a la Pachamama los favores recibidos.
Los alfareros tenían esta suprema consigna. Elegían la greda
y la modelaban, con esa convicción previa de que el simple barro era la joya y
ellos, sólo los mediadores para que el soplo del arte infunda las formas de
diferentes prodigios, como el puco, la urna, la pipa, etc.
Soñocamayoc era un artesano privilegiado. Desde su edad más
temprana, la magia de sus manos se puso en evidencia. A medida que crecía, su
prestigio fue extendiéndose por la comarca y por otros valles vecinos y su
cerámica no tuvo competencia.
La teja más fina y más resistente, los diseños más
exquisitos, surgía de su taller. Soñocamayoc era un hombre laborioso, no podía
sustraerse al afán de dar vida a sus hijos de barro y complacer a todos los que
querían tener sus cacharros. Pero el tiempo no lo ayudaba. La búsqueda personal
y al acarreo de la arcilla le llevaban varias horas que quitaba a su inspiración
creadora. Al verlo tan, ingenioso, Pachamama decidió ayudarlo.
Una mañana muy temprano, Soñocamayoc caminaba desde Chaqui
Yacu arriba, por un brazo del Pujya Mayo, cuando en el cauce del arroyuelo
descubrió una nueva vertiente y, a pocos metros, en la ladera de la lomada, un
afloramiento natural de barro, listo para modelar. En los alrededores abundaban
los retamales para alimentar el horno de cocción. "Milagro!”- pensó, y desde
ese momento se instaló con sus utensilios y su entusiasmo en ese paraje
destinado por la Madre Tierra sólo a él.
Sin embargo, ante tanta prodigalidad, Soñocamayoc no supo
medirse, olvidó que el trabajo debe convivir con el descanso. Deslumbrado y
envanecido por su propia obra, transcurría todo su tiempo modelando y cociendo
vasijas y objetos de toda clase, los que empezaron a amontonarse, porque ya
superaban las necesidades de la tribu y los trueques que se realizaban con
otras.
Hasta que un día el ollero prodigioso no pudo plasmar en
greda sus ansias. La fatiga le dijo basta y el reposo eterno vino a confinarlo
en el seno de una urna funeraria. Desde entonces el barro arcilloso fluye y se
escurre por la falda de la lomita, donde ha ido acumulándose hasta formar un
cono que los lugareños llaman El Volcán y que sigue esperando a aquel alfarero
que le daba un destino de joya artística.
Relatos ancestrales de
Andalgalá