Luis Franco
Andalgalá © Se supo por los medios de comunicación, que el próximo 31 de agosto, los restos de Luis Leopoldo Franco serán trasladados desde el cementerio de La Chacarita de Buenos Aires, al del municipio de Belén, lugar elegido por sus parientes para su definitivo descanso.
Sin dudas, la relevancia literaria alcanzada por el autor de “La Hembra Humana” se constituye en genuino orgullo para los catamarqueños que recién ahora reivindican su memoria y su obra.
Por su obstinado anticlericalismo, su libertad de pensamiento y expresión, y por el contexto de intolerancia del tiempo en que le tocó vivir, Franco tuvo que emigrar a la Capital Federal para apaciguar ese fuego interior que lo consumía, imposibilitado de expresarse libremente en su provincia natal, a la que amaba profundamente, amor que puede encontrarse en cualquiera de sus obras.
Es uno de los autores más prolíficos del país, agudo pensador y alocado ensayista, revestido de una proverbial humildad como para rechazar premios internacionales y toda parafernalia de la farándula literaria de aquellos tiempos de oscurantismo casi inquisidor que regía la vida de los catamarqueños. Vivió como pudo, revalorizó a la mujer, colocándola en un espacio de equipotencialidad con respecto al hombre, rey de la sociedad machista; invadió con su pensamiento los arcanos de la divinidad y arrasó con la hipocresía del estado nacional. Prueba de ellos son sus obras, “Biografía Sacra” y “Biografía Patria”, que dan cuenta de muchas cosas.
Los catamarqueños hoy lo recuerdan y honran su memoria, en escuelas, calles, barrios y tanto más, propios de la vanidad humana que Don Luis rechazaría enérgicamente.
Sin embargo en el ocaso de su vida, anciano, solo y enfermo, terminó sus días en un ignoto geriátrico porteño, olvidado por todos esos que hoy figuretean con su vida y obra, valorada por las eminencias literarias del mundo. Es muy probable que el Gobierno de Catamarca esté presente en las nuevas exequias; esperemos que así sea porque cuando Franco necesitó de ese gobierno, los mandatarios le dieron la espalda y directamente lo ignoraron.
En realidad, a la hora de su partida fuimos muy pocos los que despedimos sus restos y la celestialidad del gran pensador quedó enterrada y olvidada, en suelo lejano al de su Catamarca. En cada visita a la Capital Federal nosotros pusimos una flor sobre la tierra seca y resquebrajada.