Miles de congresistas de todo el país participan del Congreso Eucarístico
Con la presencia de 15 mil congresistas de todo el país, entre ellos el Obispo de Catamarca, Mons. Luis Urbanc, y más de 200 catamarqueños de parroquias e instituciones de la diócesis local, dio inicio el XI Eucarístico Nacional, para adorar al Señor Jesucristo presente en la Eucaristía y celebrar los 200 años de la Independencia Argentina.
La misa inaugural, que tuvo lugar en el Hipódromo de la
ciudad de San Miguel de Tucumán, fue presidida por el arzobispo de San Miguel
de Tucumán, Mons. Alfredo Zecca, y contó con la presencia del cardenal Giovanni
Battista Re, enviado especial del papa Francisco, y obispos, sacerdotes,
diáconos permanentes, religiosas/os, laicos y fieles de todo el país.
Hasta el domingo se vivirá el encuentro eclesial, que tiene
como lema: "Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos”, y el tema que
guiará las reflexiones de estos días: "Jesucristo, Pan de Vida y Comunión para
nuestro Pueblo”, en el marco del Jubileo de la Misericordia.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILIA DE MONS. ZECCA
Queridos hermanos:
Estamos dando inicio, con esta Eucaristía, al XI Congreso
Eucarístico Nacional convocado por el Episcopado argentino, en ocasión de la
celebración del Bicentenario de la Independencia de la Patria, para dar gracias
a Dios por la presencia constante de Jesucristo, Señor de la Historia, en la
historia de nuestra Nación. Lo hacemos como Iglesia, es decir, como asamblea,
como pueblo consagrado a Dios, pueblo elegido y por El mismo convocado para
renovar el sacrificio redentor de su Hijo para alabanza de su gloria. La
Iglesia, en efecto, se realiza como asamblea litúrgica sobre todo en la
Eucaristía y vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a
ser ella misma Cuerpo de Cristo (cf. CEC 752).
Como acabamos de rezar en la oración colecta, el Padre
eterno, en su bondad, dio a los pueblos un mismo origen para formar una sola
familia. Este es el destino y la vocación de la humanidad, de cada hombre y
mujer: salidos de Dios estamos todos
llamados a volver a El, más aún a entrar en una definitiva comunión con El y, a
partir de El, entre nosotros, comunión a la que llegará también la creación
entera solidaria del destino del hombre. Esta es nuestra vocación, este nuestro
común destino en Cristo.
El Apóstol San Pablo afirma, en el pasaje de su Carta a los
Romanos que acabamos de proclamar, que toda la creación, llevada a la
esclavitud a la que la sometió el hombre con su pecado, espera ansiosamente
participar del destino de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rom.
8,18-30). El Redentor del Hombre, Jesucristo, nos ha hecho hijos adoptivos de
Dios incorporándonos, por el bautismo, a su propio ser filial y ha obtenido en
la cruz el precio de nuestra redención al tiempo que nos ha donado el Espíritu
que clama en nosotros hasta ver realizada esta redención en su plenitud. La
muerte y resurrección de Cristo, de las que hacemos memorial en la Eucaristía,
son el fundamento de nuestra esperanza cierta de alcanzar plenamente lo que
ahora poseemos sólo como primicia. De ahí que, al final de la Consagración ante
la proclamación del sacerdote: "Este es el sacramento de nuestra fe”
respondemos "anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor
Jesús”. Este es nuestro íntimo deseo: que el Señor vuelva para llevar a
plenitud la obra que El mismo ha comenzado en nosotros.
De este designio amoroso de Dios procede la elección y
consagración de Israel, liberado de la esclavitud de Egipto, como pueblo suyo
(cf. Dt 7,6-11) al que, en la plenitud de los tiempos, - como narra Lucas en su
Evangelio - enviaría a su propio Hijo, el Ungido profetizado por Isaías, para
llevar la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y la vista a
los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del
Señor” (cf. Lc 4,14-21). Cristo es, así, el rostro vivo de la misericordia del
Padre, el que anuncia la liberación de toda esclavitud y lleva a cabo la obra
de la redención humana ofreciendo por nosotros su vida en la cruz.
La historia humana, que el hombre construye cada día con el
esfuerzo de su razón y de su libertad y de la que es responsable está guiada
por la Providencia divina que interviene en ella tejiendo, por así decirlo, la
trama del revés. De ahí nuestra responsabilidad frente a la historia de la que
somos protagonistas. Pero también de ahí la necesidad de orar continuamente a
Dios para que nuestros esfuerzos por dar vida a una sociedad y a una historia
más fraterna, libre, justa y solidaria, se vean coronados con la venida
definitiva del Señor que transformará los frutos de la naturaleza y de nuestro
esfuerzo y los entregará al Padre como Reino definitivo y universal (cf. GS
39).
Nuestra presencia hoy, aquí, es para dar gracias por los
bienes recibidos a lo largo de nuestra historia y para pedir a Dios, por medio
de Jesucristo, que los argentinos, todos juntos, podamos hacer de esta bendita
tierra una gran Nación justa y solidaria, abierta al Continente e integrada al
mundo. Esta es la súplica que hacemos a Aquél que es "Camino, Verdad y Vida”.
Hemos venido a pedir por nuestra Patria Argentina. La Patria es mucho más que
el país o la nación y es necesario que los argentinos volvamos a hablar de
Patria, que volvamos a valorar sus signos distintivos: el himno, la bandera, la
escarapela. Patria es lo recibido de los Padres y lo que hemos de entregar a
nuestros hijos. Se trata de una realidad que dice relación a paternidad y a
filiación y por ello mismo es tan profunda, tan honda que, o se mantiene en su ser
fundante, o muere.
Hace ya mucho tiempo que hemos perdido el verdadero sentido
del festejo público y popular de las fiestas patrias, en particular, del 9 de
julio de la Independencia. Es indispensable recuperarlo y hacerlo vida. Gracias
a Dios, el Bicentenario volverá a tener, después de tantos años, un desfile.
También el diario La Gaceta ha organizado un reparto de banderas nacionales
para que los tucumanos embanderemos nuestras casas, nuestros balcones. No se
trata sólo de memoria histórica. Esta tiene, ciertamente, su importancia y
sentido. Pero no menos lo tiene el clima de fiesta que se contagia e ilumina,
por unos días, nuestra a veces monótona convivencia.
Las divisiones habidas, particularmente las de los
Estamos al inicio de un nuevo gobierno que abre, siempre, un
horizonte de esperanza. Pero no hay que olvidar que la esperanza es virtud de
lo arduo y que, por lo mismo, exige fortaleza. Enfrentamos un momento político,
económico y social difícil, con ajustes económicos indispensables pero cuya
carga cae de modo desigual en los distintos estratos sociales. También la
política debe ser recreada para poder llegar a ser lo que por naturaleza debe
ser: una forma de caridad. La corrupción, el narcotráfico, la trata de
personas, en suma, la degradación moral en la que algunos han caído exige
urgentes medidas y, sobre todo, la acción una justicia, de unos jueces que
estén a la altura de las circunstancias. Tenemos que hacernos cargo de los más
pobres que no llegan a fin de mes por carecer de trabajo o por tener un trabajo
precario que no les da acceso a la salud, a la educación, a un aporte
jubilatorio que les asegure una vejez digna. Claro que el primer deber, en
estos ámbitos, es del Estado. Pero es tarea de todos. Un grave deber moral pesa
sobre los empresarios, los terratenientes y, en general, los que poseen más
bienes. Debemos dejar la avaricia y la mezquindad de lado y ser generosos. Sin
justicia y equidad no habrá nunca paz. Sin una sincera reconciliación no
seremos un pueblo vinculado entre sus ciudadanos por lazos de fraternidad.
De una vez por todas hay que decir: basta de mirar hacia el
otro lado, basta de indiferencia, de divisiones, de continuas y sesgadas
revisiones del pasado. Miremos el futuro con alegría. No es momento para el
desánimo sino para el esfuerzo y la renuncia que sostiene la esperanza de un
futuro mejor para todos.
Hagamos muy nuestra la oración colecta que acabamos de rezar
y pidamos al Dios amoroso y providente que ha dado origen a los pueblos para
que constituyeran una sola familia que encienda en nosotros el fuego de su amor
y el deseo de un justo progreso en nuestros hermanos, para que los bienes
destinados a todos promuevan la dignidad de cada persona y afiancen en la
sociedad humana la equidad y la justicia superando toda división.
Jesucristo, Señor de la Historia. Gracias por tu presencia y
compañía constante en nuestra historia como Nación. Haznos forjar el presente
guiados por tu Evangelio. Toma en tus manos nuestro futuro. En Ti ponemos
nuestra esperanza y nos comprometemos a
salir al encuentro de todos los argentinos, sin excluir a nadie, para gestar
una cultura del encuentro en nuestra Patria. Y a Ti, Virgen María, madre de
Dios y madre nuestra, te alabamos y rogamos que intercedas por nosotros ante tu
Hijo Jesús. Amén.