“El rey se muere”

Es el titulo de una obra de teatro histórica, que por el tema que trata, el final, se ha puesto de moda en diversas partes del mundo; en la Argentina también. Nos recuerda a todos que igual ha como llegamos a este mundo o al poder, así también, nos guste o no nos guste, lo tendremos que dejar.

POLITICA

¿A qué se debe tanto éxito? Es que la obra es una alegoría sobre la soledad del ser humano enfrentado a su último trance; y hoy por hoy, son muchos los personajes políticos en el mundo, verdaderos dioses a decir verdad, a los que les toca afrontar la instancia final. Aquí, en Catamarca, también tenemos uno.

Cuando hace 50 años Eugène Ionesco escribió la obra de teatro “El rey se muere” no imagino la dramática vigencia que tendría el tema tratado en nuestros días, en nuestra realidad. En un mundo lleno de incertidumbres hay una cita ineludible a la que todos debemos enfrentarnos con total seguridad: la muerte, el final. De esto habla la obra y a partir de ese hilo conductor, todo es hilarante desesperación, en un Imperio que bien podría ser solo eso, o una familia, una provincia, un país o todo eso junto, un sistema político que comienza a derrumbarse. Lo de la dramática realidad, entiéndase, se refiere al final, a la muerte política segura, que por estos días están teniendo personajes políticos que creían tener  garantizada sus continuidades al frente de la gestión de sus Estados; paso en Egipto, en Libia y en otros estado árabes, pero también paso en Catamarca.

Se dijo que la obra, que hoy parecen representarla quienes hasta hace poco eran poco menos que dioses incuestionables, es “una de las metáforas dramáticas más profundas e implacables sobre la muerte que ha producido el teatro”. Nos recuerda que igual ha como llegamos a este mundo o al poder, así también, nos guste o no nos guste, lo tendremos que dejar. Y para eso, para el final ¿quién está preparado?, ciertamente nadie.    

La obra podría mal resumirse así. Después de años de juerga, el endiosado rey (no importa su nombre, en Egipto puede ser Mubarak, en Libia Gadaffi o aquí mismo Brizuela del Moral) se aparece en pantuflas. Los sonidos de la fiesta que duró años, no de la que preparó su Secretaria de Deportes en el Predio Ferial, con artistas y un soberbio catering traído de Mendoza (los que tuvieron que volverse a su provincia así como vinieron) desaparecen, y el monarca de una corte que se creía atemporal, eterna, recibe la peor noticia, que va a morir. Asiste desde ese instante a los últimos momentos de su vida política, entornado por los de siempre mas un invitado de lujo, que llegó para el festejo que no fue, también mendocino, y su esposa claro; ella siempre esta.

El rey muere es la crónica de una muerte anunciada. Todos lo saben, pero él hombre no quiere creerlo. Piensa que los datos que llegan de todas partes son una pesadilla y duda que ese momento esté cerca, por lo que no deja de dar ordenes con la soberbia de aquel que piensa que está al control de todo. Los Mubarak, los Gadaffi, los Brizuela, a lo largo de la obra son personajes que pasan de la rebeldía a la aceptación, y de la inquietud a la impotencia, mientras se preparan para una batalla perdida, ya que su muerte política está escrita, por lo que no queda más que un “tremendo dolor por la propia desaparición”.

En la obra original, el rey muerto se queda en su trono, desapareciendo poco a poco, y con él, las paredes, las puertas, todo lo material zozobra ante la bruma de una luz gris, que podría ser la nada. Una metáfora horrible de la larga transición. Es “el último examen”, para el cual “nadie repite curso”, en un sistema político que padece de su misma agonía. El rey se muere es en ese sentido una alegoría sobre la soledad del ser humano enfrentado a este último trance.

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