La pirotecnia, siempre “de temporada”

Si en nuestro barrio tuviéramos que señalar una fecha como la vinculada al comienzo del uso indiscriminado de pirotecnia, esa sería el domingo 14 de Noviembre. A partir de las 15 horas de ese día, comenzó el estallido de petardos singularmente potentes con intervalos irregulares de diez, veinte o treinta minutos entre tiro y tiro.

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Adviértase la hora: tres de la tarde, hora de la sagrada siesta dominguera de la cual nos sacan abruptamente mediante un inesperado y sorpresivo estampido.

De inmediato se escucha la respuesta lógica que causan las explosiones: decenas de perros –tanto callejeros como hogareños-, comienzan a ladrar y aullar desesperados transformado la sagrada siesta dominguera en un caos que termina por reunir a la familia en un veloz  operativo indagatorio para averiguar  sobre el origen y autoría del escándalo generalizado.

Ocurre que a las personas el estampido de un  petardo le puede ocasionar un sobresalto y el consiguiente fastidio expresado con una puteada pero a los perros, con su agudeza auditiva, les produce un intenso dolor que los desorienta y confunde al punto que se han registrado casos en los que el animal enloqueció y fue necesario sacrificarlo ante la peligrosidad incontrolable que evidenciaba.

En el caso que motiva estas líneas el autor repitió el operativo a las 23 horas, cuando la mayoría se hallaba descansando para poder levantarse temprano el lunes y comenzar la semana. El autor, un menor de alrededor de quince años del cual su madre nos confesó, tiempo atrás y entre lágrimas “¡Ya no sé que hacer con este chico!” El “chico” es un sujeto de un metro ochenta de estatura y cien kilos de peso que entre otras “hazañas” toma la moto de su padre en horas de la siesta y recorre el barrio atronando con el escape libre. Obviamente, sin casco. Él considera que  es un ser superior al que nunca la ocurrirá un accidente, opinión que no es compartida por El Chusco que sostiene, desde hace rato: “Es candidato al yeso” o “Anda buscando de pegarse un palo”.  Al margen de su condición de violador de las leyes sobre ruidos molestos y su supuesta inimputabilidad, lo cierto es que se trata de un individuo cuya conducta antisocial tiene miles de adeptos que se surten de pirotecnia comprándola en cualquier lugar y sin verificar si se trata de un producto legítimo o adulterado por no decir “trucho”.

Sabido es que la pirotecnia está sujeta a ciertas y determinadas reglamentaciones vinculadas con su elaboración que debe ser autorizada por Fabricaciones Militares. De lo contrario, se está en presencia de un  producto que puede resultar muy peligroso al ser utilizado indiscriminadamente y en muchos casos, por los niños.

La crónica policial se nutre desde hace años con accidentes ocasionados por el uso irresponsable  de cohetes y petardos de dudosa procedencia,

Vale pues, exhortar a los mayores para que vigilen a sus hijos adictos al ruidoso deporte de encender petardos y a las autoridades que anticipen  la instalación de controles para combatir la pirotecnia falsificada o no autorizada.

Por no nuestra parte, no perdemos la esperanza de que algún día la gente se divierta y celebre fiestas sin apelar a esto elementos. No son propios de una comunidad civilizada y respetuosa de los derechos del prójimo.

 

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