“No podemos permanecer indiferentes ante quienes son víctimas de la trata de personas”
El Obispo Diocesano, Mons. Luis Urbanc, celebró la Santa Misa en el Altar Mayor de la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Valle, en el marco de las actividades por el Día Internacional de la Lucha contra la Trata de Personas.
Gran cantidad de miembros de
Estuvieron presentes
Durante su homilía, el Pastor Diocesano expresó que "la vida
de un pueblo cristiano debiera estar transida de fraterna solidaridad y amoroso
servicio mutuo, porque toda la ley y los profetas se resumen en el amor a Dios
y al prójimo. Sin embargo, no es así en todos los casos, porque se denuncian y
constatan de modo continuo flagrantes lesiones a la inviolable dignidad de la
persona humana en muchos hermanos y hermanas, incluso niñas y niños, que son
víctimas de la trata de personas y de la explotación sexual y comercial;
personas que fueron creadas a imagen y semejanza de Dios y por quienes murió
Cristo; personas ennoblecidas por la compañía de los ángeles y cuyo destino es
la vida eterna”.
"No podemos permanecer indiferentes”
Luego afirmó que frente a esta realidad "no podemos
permanecer indiferentes, porque el amor de Cristo nos apremia y las palabras de
san Juan nos interpelan a amar no solamente con la lengua y las palabras, sino con obras y de
verdad”. Por eso consideró que "está muy bien ocuparse diligentemente en la
lucha pacífica y eficaz contra estos flagelos sociales y humanos,
sensibilizando y despertando la conciencia de la sociedad, y coordinando y
promoviendo acciones que refuercen la prevención y procuren la liberación de
estos graves males que hieren personalmente a algunos pero nos afrentan y
amenazan a todos, ya que instauran una sociedad regida por el odio y ‘el que
odia a su hermano es un homicida’ (1 Jn 3, 15) que destruye su esperanza”.
"Comprometerse con estas obras es asumir un público
compromiso con el amor, la vida, la verdadera fraternidad, la paz y la
dignidad”, enfatizó el Obispo, a la vez que expresó su gratitud: "A los pies de
"Quiera acompañarlos en esta nobilísima tarea la intercesión
de San Pío de Pietrelcina, cuyo ejemplo nos ilumina y nos guía en el empeño de
amar al prójimo con paciencia, espíritu de servicio y sencillez de corazón”,
concluyó su predicación.
TEXTO COMPLETO DE
Queridos hermanos:
Nos hemos reunido en la casa de
Nos hemos congregado, pues, como familia de Jesús y de María, para renovar nuestro mutuo amor,
nuestra compartida fraternidad, nuestro deseo de acompañarnos y cuidarnos unos
a otros.
Y así ha de ser, porque el Señor Jesús, la noche de la
última cena, nos dijo: "Este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros,
como yo los he amado” (Jn 15, 12). Y su fiel discípulo San Pablo nos exhortó a amarnos con sinceridad, teniendo
horror al mal y pasión por el bien, amándonos cordialmente con amor fraterno,
estimando a los otros como más dignos (Rom 12, 9-10); invitándonos también a revestirnos del amor,
que es el vínculo de la perfección (Col 3, 14).
Este precepto, que es invitación y estímulo, fue recibido y
practicado por muchísimas personas que transitando el camino del amor han
conocido a Dios, que es amor (1 Jn 4, 8.16), y han saboreado lo que es la
verdadera felicidad y lo que significa la auténtica fraternidad.
Entre ellos se cuenta San Pío de Pietrelcina, cuya memoria
celebramos hoy y cuya amable vida nos urge a incrementar la preocupación y ocupación
eficaz de unos a favor de otros, como él lo hizo con tantas personas
menesterosas de cuidado, de cariño, de protección.
Y en verdad que la vida de un pueblo cristiano debiera estar
transida de fraterna solidaridad y amoroso servicio mutuo, porque toda la ley y
los profetas se resumen en el amor a Dios y al prójimo (Mt 22, 40). Sin
embargo, no es así en todos los casos, porque se denuncian y constatan de modo
continuo flagrantes lesiones a la inviolable dignidad de la persona humana en
muchos hermanos y hermanas, incluso niñas y niños, que son víctimas de la trata
de personas y de la explotación sexual y comercial; personas que fueron creadas
a imagen y semejanza de Dios (Gen 1, 26-27) y por quienes murió Cristo (1 Cor
8, 11); personas ennoblecidas por la compañía de los ángeles (Hech 12, 15) y
cuyo destino es la vida eterna (Jn 17, 2-3).
Y ante esto no podemos permanecer indiferentes, porque el
amor de Cristo nos apremia (2 Cor 5, 14) y las palabras de san Juan nos
interpelan a amar no solamente con la lengua y las palabras, sino con obras y de verdad (1 Jn 3, 19).
Por eso está muy bien ocuparse diligentemente en la lucha
pacífica y eficaz contra estos flagelos sociales y humanos, sensibilizando y
despertando la conciencia de la sociedad, y coordinando y promoviendo acciones
que refuercen la prevención y procuren la liberación de estos graves males que
hieren personalmente a algunos pero nos afrentan y amenazan a todos, ya que
instauran una sociedad regida por el odio y "el que odia a su hermano es un homicida”
(1 Jn 3, 15) que destruye su esperanza.
Comprometerse con estas obras es asumir un público
compromiso con el amor, la vida, la verdadera fraternidad, la paz y la
dignidad.
Aquí, a los pies de
Quiera acompañarlos
en esta nobilísima tarea la intercesión de San Pío de Pietrelcina, cuyo ejemplo
nos ilumina y nos guía en el empeño de amar al prójimo con paciencia, espíritu
de servicio y sencillez de corazón (1 Cor 13, 4).