Recordando a Doña Rosa Elena Quispe, "La hacendosa"

Por Prof. Guillermo Antonio Fernández-Fiambalá-Ctca

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  A Manuel Carrizo lo conozco desde hace años…

  Un día, hace ya tiempo, nos encontramos con él y su padre, el querido Lázaro Carrizo, con gran afecto para mí y para muchos, “Don Lasha”, a quien en ocasiones suelo ver manejando por las calles de Fiambalá su legendaria F 100 de los setenta, celeste y blanca, resabio, seguramente, de una época de esplendor regional, en que la viña era el digno sostén de la familia fiambalense, y numerosas familias hasta podían darse el lujo de mandar a estudiar a sus hijos a la universidad nacional de Córdoba, Catamarca o La Rioja.

   Fue entonces cuando Manuel comenzó a hablarme de su mamita, doña Rosa Elena Quispe, quien ya no se hallaba disfrutando de los atardeceres fiambalenses, en su querido barrio, como siempre lo había hecho hasta que partiera al viaje de la inmortalidad.

   Manuel, me recibe con gesto afable y atento, en su casa de siempre y noto que hay una pisca de melancolía en su rostro formal y mesurado; me cuenta que su mamita había nacido un 25 de mayo de l934 en un paraje llamado Los Hoyitos, en el corazón de la cordillera de San Buenaventura.

 -“Fue hija natural de Elena Natividad Quispe y Santiago Mamaní, con un único hermano varón: Víctor Quispe y a su niñez la pasó en los cerros donde cuidaría ganado a medias para ayudar a su madre”, confesaría el amigo.

   -“La vida era dura”, agrega Manuel, “y desde chico se trabajaba en todo lo que se pudiese”. Lo escucho con atención, viste una camisa celeste y tiene los zapatos impecablemente lustrados, hay inocultable emoción en cada palabra que salen de unos labios temblorosos.

    Al respecto, aclara que su mamita no tuvo la posibilidad de ir a la escuela, porque por aquellos tiempos era necesario trabajar antes que estudiar, y mucho más en las vastedades de los puestos de montaña. A la edad de once años junto a su madre, hermanas y otro familiar, habrían emprendido un temerario viaje a lomo de mulas y burros hacia Chile, llevando ganado. Ella y la familia, (siempre recordaría lo penoso del viaje) casi perderían la vida, como casi todo el ganado que llevaban hacia el cruce cordillerano, tras enfrentar fríos espantosos y la escasez de pasturas para los animales; muchos de ellos quedarían de osamenta en el camino. La merma de mulas y burros de tiro les imposibilitó llevar alimentos y otros enseres, haciendo más dura e interminable todavía la travesía. Manuel expuso que a raíz de eso debieron quedarse tres años, cuidando animales en campos de Tierra Amarilla y Paipote (Chile).  

  –“Según mamita, jamás llegarían a zonas urbanas más allá de Potrerillos. Con catorce años cumplidos, junto a su madre y hermanas, regresa finalmente a la 

zona para instalarse en el seno de las montañas, particularmente en los parajes por entonces: Aguas Negras y La Ciénega. El trabajo sería el mismo: arduo y riguroso, sin dejar de lado el cuidado de animales en la montaña, soportando fríos y tormentas que dos por tres se desataban con furia indescriptible en la zona, haciendo que los ríos crecieran desmesuradamente y arrastrasen lo que hallasen en el camino”.  

     Lo cierto fue que doña Rosa tuvo varios hijos, entre ellos a Blanca, Juan Eva, Agustina, Elena, Carlos Andrés, Ramón Rumaldo y Santiago Ángel, todos estos nacidos en la cordillera. Posteriormente, Manuel vendría al mundo en Palo Blanco y Luis Antonio en Fiambalá.

    “La mejor herencia que pudo dejarnos, aclara Manuel, conmovido, “como ella siempre decía: fue el estudio; tal vez por eso soy docente, (sonríe) y llegué a ser director de la Escuela Provincial de la Banda, Medanitos, donde guardo hermosos recuerdos como docente rural; ella se emocionó mucho cuando me recibí, aunque después llegué a cursar otros estudios, siempre para hacerla feliz; sabía que eso le encantaba y podía arrancarle la sonrisa más hermosa que recuerde. Me parece verla, sentadita con su telar, esperando nuestra llegada de la escuela...”

    Seguidamente, entre mates y tortillas, Manuel, me dice que cuando doña Rosa tuvo treinta y seis años logró establecerse definitivamente en Fiambalá, en cuyo lugar contraería matrimonio con Lázaro Carrizo, (el nombrado nos escucha conversar en silencio desde un rincón, algo rumorea, en un soliloquio expectante, como si él también la estuviese trayendo a la memoria, repasando quizá, hojas de su historia familiar junto a la compañera que ya no está).

    Manuel sigue refiriéndome: “Su principal oficio siempre había sido la artesanía en lana, adoraba tejer todo tipo de prendas que, en ocasiones, podía venderlas, si se daba. Aún conservamos aquí, en casa, su rueca, el telar y otros de uso suyo. Al oficio lo había aprendido de su madrecita con gran maestría y a todos los hijos supo enseñarnos el oficio. Recuerdo de niño que siempre hablaba de cuando le tocó trabajar en la molienda de maíz, del trigo y también, años después, en la vendimia de Fiambalá. Era muy laboriosa y madrugadora ella. Junto a su esposo y con mucho esfuerzo construyó esta casa que aún seguimos manteniendo, y año a año (vivo aquí, dice muy orgulloso) nos juntamos, hermanos, sobrinos, nietos y bisnietos como a ella le gustaba, como cuando nos hacía sus exquisitas comidas los domingos y hasta por ahí nos contaba una vidala, alegrándonos a todos, pese a las dificultades de la vida que nunca faltaron. Ella era así, una mujer de palabra firme, no andaba con vueltas, de carácter fuerte y muy altiva, como buena hija de esta tierra. Siempre está y estará en nuestros corazones, en cada almuerzo, en cada reunión, siempre junto a nosotros, con sus consejos, y también con sus retos si no hacíamos lo que nos ordenaba”.

  “Nunca olvido cierta vez en que fuera a trabajar, no me acuerdo adónde (nosotros éramos niños, aclara Manuel) a Santiago, mi hermano, y a mí, nos dijo que fuésemos a buscar leña para después hacer tortillas a la parrilla y esperarla 

La cuestión fue que, (“ríe con añoranza”), por ponernos a jugar se nos quemaron todas las tortillas. ¡No te imaginas”! Ni bien regresó, no sabíamos cómo decírselo, suponíamos que nos iba a castigar. Sin embargo, muy seria, frente a las tortillas quemadas y nosotros, temblorosos, nos miró muy fijo para decirnos con firmeza (aún me suenan sus palabras): “Los castigaría si no lo hubieran hecho. ¡Hijos!: todo en la vida se aprende a fuerza del error”. - Hoy me doy cuenta cuán sabia era mi mamita, terminaría diciendo Manuel que se pone serio y mira hacia el horno de barro de la casa; la emoción lo embarga, recrea tal vez la imagen de su mamita haciendo pan, siendo él niño aún, imaginando las manos de trabajo que solían acariciarlo antes de dormir y reiterarle que, al día siguiente, no faltase a la escuela porque debía estudiar.”

   “Así era ella, firme, estricta pero muy buena madre”, insistiría Manuelito, con la sonrisa apagada y las manos con los dedos cruzados, no pretendo exagerar, pero podría asegurar que en aquellos momentos los ojos de Manuel estaban notablemente humedecidos. Había llegado la hora de regresar al flamante barrio El Libertador, en Barrialito, mi barrio, donde me esperaba la candidez familiar, junto a la estufa encendida.

    Ni bien terminé de estrechar las manos de Manuel y don “Lasha”, me retiré, cavilando en que el recuerdo de doña Rosa aún perduraba en cada rincón de esa casa de antaño, en cada estría del piso rugoso del quincho, en cada hoja arisca de los árboles que la vieran desandar los inviernos y otoños, con un zonda, bravío e impetuoso, cuando no en los veranos, para recibir complacida en su rostro curtido las gotas frescas de la lluvia estival, mientras frente a sus ojos cansados revivían las viñas del fondo y hasta su viejo telar parecía hablarle bajo el alero de cañas, como la rueca, los rollos de lana, el uso gastado y hasta un cuzco desperezándose; todo era vida en esa casa adusta y la vida era ella, quedando hoy en la borrasca del tiempo las huellas de sus dedos firmes, a la hora de hacer magia como perfecta artesana, para sacar orgullosamente adelante a la familia.

   Un digno tributo, con gran respeto, de parte de un simple escritor, a quien alguna vez supe ver caminar por las rumbosas calles de un Fiambalá, nostálgico y ventoso, austero y orgulloso de sus raíces: doña Rosa Elena Quispe, “la hacendosa”, un ejemplo de tenacidad.

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