La reflexión puntual
Andalgalá © La falta de lealtad política tiene su genealogía y los herederos se multiplican hasta nuestros días. Desde tiempos inmemoriales, la convivencia humana ha elaborado principios sobre los que ha sido posible la exigua sobrevivencia.
Los principios no son normas legales, son valores esenciales intangibles y constantes. Principios como la fidelidad y la lealtad han regulado conductas, deberes, saberes y destinos humanos.
La lealtad será siempre la recuperación de lo originario, de lo auténtico o será la forma de vivir sin acomodarse por convivencia desleal. Ser leal es un retorno a la verdad sentida y buscada.
La verdad es un eterno encuentro con la libertad y la justicia, una categoría universal. Ser desleal en el ámbito político es sostener la realidad con la ilusión de la palabra o con la tergiversación perceptiva de lo real desde lo falso.
La genealogía de la falta de lealtad está adscrita a la genealogía de una moral regresiva, dejar de creer por conveniencia o dejar de creer y decir que se cree porque conviene.
Una ética de la lealtad supone hasta una necedad, no ciega, transformada en su forma sin perder su esencia y supone una moral que jamás se adhiere al discurso de los opositores partidarios.
Los desleales son seres viscosos que para no abstenerse de su maldad justifican y precian sus actos. Son inmorales que disfrutan cínicamente de sus falsedades.