Robo a las escuelas y la demencia juvenil

Con demasiada frecuencia se conocen casos en los cuales los establecimientos educacionales son objeto de robos y hechos vandálicos perpetrados generalmente por menores de edad.  

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Pero hay diversos matices en estos delitos: están aquellos en los cuales los intrusos se limitan a robar material didáctico, computadoras y si viene al caso, mercadería perteneciente al merendero o comedor escolar. La ocasional rotura de un vidrio es lo máximo en materia de destrozos.

Pero están los otros casos en los cuales pareciera que la finalidad del ingreso subrepticio a un colegio tenía por única finalidad causar daño, romper material didáctico, destruir mobiliario y desparramar por el suelo la mercadería destinada a funcionamiento del comedor, No roban nada: entra y salen con las manos vacías.

El escenario resultante luego del paso de los vándalos juveniles deja la impresión de que todo ha sido impulsado por un sentimiento de tremendo odio hacia todo aquello que se vincule con la educación, con el conocimiento, con  la cultura. Es decir, pareciera que se está en presencia de sujetos afectados por una forma patológica de comportamiento. Individuos que gozan rompiendo cosas valiosas, destruyendo lo que es útil e importante para que otros trabajen.

Y esto –cabe ponerlo de resalto-, no lo podrán solucionar los jueces de menores. Es materia exclusivamente para psiquiatras.

Y será menester que pongan “manos a la obra” lo más pronto posible dado que la proliferación de este tipo de vandalismo puede terminar muy mal. Adviértase que por una ley física sabemos que “a una acción corresponde una reacción”. La reacción que pueda suceder ante estas acciones es algo que pertenece al territorio de lo impredecible.

 

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