LITERARIAS
La salamanca de Humaya
“Yo entré a la salamanca”, dijo un señor que estaba a mi lado. Cuando lo escuché giré hacia él, y lo miré intensamente, como tratando de determinar el grado de veracidad de sus dichos.
EDUCACIONALES
Me recibió una sonrisa amplia y muy generosa, y siguió diciendo: “pero este lugar no era como lo que siempre se escucha decir con frecuencia sobre la salamanca, si no les parece aburrido les puedo contar en detalle, ya sé que algunos me creen y otros están seguros que es una mentira, pero bueno, es el riesgo que corro cada vez que lo cuento”.
En la investigación que realizo en la jurisdicción de Los Varela, el camino me había llevado a Humaya, y en medio de las preguntas sobre la escuela, la iglesia, la posta sanitaria, los hechos sobresalientes que se hayan producido en la localidad, la voz del hombre se dejo escuchar con fuerza, como dicho con orgullo y tratando de que se escuche sincero.
La curiosidad hizo que apenas terminara con las preguntas a los interlocutores, mire a Pedro y le pedí que contara su experiencia, más aún cuando en su primera intervención, dejó picando la curiosidad cuando dijo que lo que vio, no era como los relatos escuchados.
El hombre se acomodó la gorra, miro a la rueda que habíamos formado para escucharlo, compuso su voz y dijo así: “Resulta que cuando somos jóvenes y empezamos a mirar a nuestro derredor vemos las necesidades que nos rodean, que nos asfixian, vemos como han luchado y siguen en la lucha nuestros padres, y siguen igual o peor de cómo empezaron, eso nos pone mal y nos preguntamos si para esto hemos venido al mundo, para sufrir. Y al parecer así es, si no pasa algo mágico.
Allí empieza a rondar en nuestras cabezas, los relatos de los mayores que hablan que concurriendo a la salamanca, se puede aprender de todo, y por sobre todo, se puede conseguir mejorar económicamente.
Pero a la par de estos dichos, también se escucha sobre el coraje que hay que tener para entrar y hacer las cosas que dicen hay que hacer para poder entrar. Desnudarse, escupir a Cristo, soportar que víboras y otros animales se envuelvan en tu desnudo cuerpo, etc., siempre se ha contado popularmente este tipo de cosas, muchos quisieran ingresar, pero tienen miedo, otros, como yo, también los tenemos, pero lo superamos al miedo o la pobreza es más fuerte y decidimos ingresar, pase lo que pase.
Así de este modo me pasó, y un buen día me dirigí a La Raja, así se llama el cerro, pues tiene un corte muy profundo y por eso lo bautizaron los vecinos de ese modo. Allí, en las inmediaciones, se encuentra una gran cavidad, que parece una gran galería. A cierta hora se ilumina, se escucha música en su interior, y voces, muchas voces, carcajadas, se nota felicidad.
Allí, al frente me encontraba yo, indeciso, pensando que hacer, cuando una voz de mujer, susurrándome al oído, me decía: ‘hombre te han parido, te ves muy macho, así que deja el miedo de lado y ven a divertirte’, decía esto la mujer, mientras me tomaba del brazo y me empujaba a acercarme.
Fue como si un gran calor me atravesara el cuerpo y me daba valor para olvidarme del miedo y seguir caminando hacia el lugar donde se desarrollaba la reunión”.
A esta altura del relato, todos habíamos prestado atención, y estábamos ansiosos de que el hombre continuara con esta experiencia tan fuerte, escuchada muchas veces, pero jamás el relator aceptaba, como este, haber ingresado a esa fiesta.
Ramón pidió un vaso de agua, lo tomó rápidamente, se acomodó en su petisa silla matera y continuó su relato: “Cuando estaba en la puerta de ingreso, sin pensar, me desvestí, no veía el suelo, pero mis desnudos pies me indicaban que caminaba sobre de una alfombra, muy suave, muy blanda, que parecían plumas.
Una nube me envolvió y empecé a sentir que algo húmedo rodeaba todo mi cuerpo y por más esfuerzos que hacía con mis ojos, no podía ver.
No sé cuánto tiempo pasó y vi una luz intensa, recién en ese momento vi lo que me rodeaba, era una masa blanca, húmeda, y un poco pegajosa. Miré en alrededor y vi que toda la parte de ingreso estaba cubierta por esta masa, que a simple vista parecía un gran cerebro, inclusive en la forma. Por un momento creí estar en medio de una gran masa encefálica, que no me permitía salir, liberarme, pero aún así veía lo que pasaba más adentro.
Yo estaba boca abajo, desnudo y sin posibilidad de salir o moverme con libertad. Allá en el fondo se veía una gran fiesta, todos bailaban, sonreían, pero al costado había varias personas, hombres y mujeres con instrumentos musicales tocando, ahí me di cuenta que eran los que querían aprender a tocar algún instrumento musical. Pero también había otro con cámara fotográfica, otra con una máquina de coser, en fin de todo, porque había mucha gente.
Hacía esfuerzos por ponerme de pie, pero no podía, estaba amarrado en medio de esa gran masa encefálica que me rodeaba aprisionándome. La misma mujer que me invito a entrar, se tiró, se acostó a mi lado, y con el mismo susurro, me dijo: “es tu miedo el que no te deja avanzar, pone el coraje que todo hombre tiene y vas a salir sin hacer ningún esfuerzo, dale que te esperamos para que consigas todo lo que quieras”.
Pero por más que hacía para evitar el miedo, no podía, era más fuerte que yo y de pronto lo único que quería era salir de ese lugar.
Me pareció que giraba velozmente, quería detenerme pero no podía, giraba, giraba a toda velocidad, o al menos eso me parecía. Vi rostros conocidos que se burlaban de mi persona, seguramente porque tenía miedo, otros que me despedían levantando la mano. De pronto dejé de girar y me puse de pie, empecé a caminar hacia la salida, pero pasaba por medio de personas que a cada paso me pegaban.
El dolor era insoportable en cada golpe, pero lo que más dolía era que cada golpe era seguido de un insulto, siendo el más escuchado “cobarde”.
Cuando logre salir, la oscuridad de la noche me recibió. De inmediato miré hacia el cielo y pedí perdón al Señor, por la actitud que había tenido.
Lo llamativo era que no me dolía nada, no tenía marca alguna de los golpes recibidos. Me vestí lo más rápido que pude, empecé a caminar en dirección del pueblo de Humaya donde estaba mi casa. En el camino advertí que dentro había sido tratado de cobarde, y con mucha razón deberían llamarme del mismo modo aquí afuera, pues mi cobardía me hizo intentar ingresar a este lugar buscando la facilidad para vivir.
Sin darme cuenta que el trabajo, el sacrificio, cumplir con mi familia es la ley de la vida y lo que manda el Señor.
Pasaron varios días desde aquel intento de entrar a la salamanca, cuando una siesta durmiendo debajo de la ramada, la voz que conocía, la que me invito a entrar a la salamanca y la que me pedía superar el miedo. Esta vez me dijo: “muchas veces, los hombres que intentan una vez entrar a este lugar incomparable, tienen miedo, pero al intentarlo una segunda vez, superan el miedo y pasan a formar parte de los elegidos para ser rico y poderoso. Yo te invito, inténtalo de nuevo, no te quedes con las ganas, estás para ser distinto. Ven conmigo esta noche”.
Desperté sobresaltado, me asusté más cuando al incorporarme sentí algo en el bolsillo, metí la mano y fajo de billetes nuevos estaban ocupando todo el bolsillo. Una cantidad de dinero, como nunca había visto.
Asustado lo deje en la mesa. Esa noche a la hora que debía partir hacia el lugar que ya lo había visitado, sentía que algo me empujaba a ir, pero a la vez sentía que otra fuerza me impedía ir. No fui, y decidí no ir nunca, no entregar el dinero y disfrutarlo lo más que pueda. Mire la mesa donde había dejado el dinero, pero este ya no estaba. En el lugar donde había dejado el dinero, había una gran piedra y cuando la toqué creí escuchar una pequeña, burlona y apenas audible carcajada.
Por Hugo Alaniz