Se fue un cantor de su pueblo, Guillermo Zavaleta
Persona sencilla, de trato campechano, por estas horas va surcando las sendas celestiales Guillermo “el Chivo” Zavaleta, un auténtico cantor de su pueblo, quien hoy ha decidido afrontar la última partida.
Un viaje que lo llevará al reencuentro con tantos amigos que lo quieren y hoy lo lloran, pero, fundamentalmente, lo recuerdan como un folclorista enamorado de su tierra: Catamarca, al margen del especial y particular afecto que cultivó por Las Juntas. Invocando al sol lejano, que su hermano Armando, cantor como él, imaginó saliendo para deleitarse con el paisaje de sauces acariciando el suave ondular de los ríos lugareños.
O para exaltarlo en su ajustada observación de lo cotidiano, que él mismo escribió en su chacarera “Personajes de mi pago”, y ahora –tal vez, caprichosamente- encontrándose con el “Cuchi” Freido, al que seguramente encontrará “lustrando…, allá en las puertas del cielo”.
Fue cantor, creador musical y generador de las más puras tradiciones pueblerinas. Como, cuando transitando la segunda mitad de los ’70, con otros “grandes” de su estirpe, se puso en la tarea de imaginar y levantar escenarios y festivales que exaltaran las producciones, las bondades y los encantos de los pueblos de Catamarca.
Y así, cuando él integraba una de las formaciones más exitosas de las que participó: el Trío Zamba, con Omar Barrionuevo y el “Gordo” Mitaritona, se “fundaron” los festivales del Pimiento en La Merced, del Zapallo en Balcosna, del Quesillo en Humaya (a la que se llegaba por sendas, y a pie o a caballo) o de La Mandarina en Chumbicha. Y, para no ser menos, de su personal inspiración surgió el Festival del Membrillo, en su querida Las Juntas, que como primer proscenio ofreció el natural cobijo del Corral de La Salvia.
Su trato afable y bonachón contrastaban con su vozarrón potente, de la que también disfrutaron sus compañeros viales, como toda su familia; su pléyade de sobrinos, que lo idolatran, como la incontable numerosidad de amigos que cultivó entre personalidades conocidas y las gentes más humildes. Su máxima arrogancia pudo haber sido su simpatía con el Racing de Avellaneda.
Y se fue para que no lo olvidemos nunca, añorando su sentida entonación como “el sol que alumbra la luna…, en noches serenas y hermosas de allá...”. Esa luna gigante y fulgurante de este 26 de marzo, brillando como nunca, que eligió para decirnos adiós.
Víctor “Paco” Uriarte.