El tiro por la culata

La Justicia catamarqueña tenía una misión política que cumplir con posterioridad al 13 de marzo de 2011: por acción u omisión, convertir en insoportable la sensación de inseguridad que se asocia en el imaginario colectivo incentivado por los medios, con el miedo. El miedo, así utilizado, políticamente, sería un inmejorable aliado para provocar el fracaso rápido del kirchnerismo.

POLITICA

Las familias notables de la sociedad catamarqueña, las que perdieron el poder con la caída del FCS, siempre utilizaron el miedo como herramienta política; pero en la actualidad el miedo debía ser el principal aliado para apuntalar una sociedad en vigilancia y dispuesta más que nunca a castigar con su voto.

La Corte radical y “sus” jueces y fiscales hicieron todo lo posible durante el último año, pero todo salió mal. Lástima.

Los reclamos legítimos de justicia de una ciudadanía harta y asqueada, con tanta frustración contenida  fue la que se manifestó crudamente en Santa María.

Era lógico; ante los conflictos que surgen entre particulares, o entre estos y el Estado, las sociedades democráticas ponen sus esperanzas en el Poder Judicial, no en el Poder Ejecutivo, como se calculó mal en el Comité Provincia.

Por eso los reclamos más violentos los ciudadanos fueron a estallar contra una dependencia de la Justicia sospechada, que curiosamente es comandada por tres opositores al kirchnerismo, José Cáceres, Raúl Cipitelli y Amelia Sesto de Leiva.

Es cierto se abrió tras esos incidente un “dialogo” edificante entre la oposición y el oficialismo que parece desembocará en reformas en la administración de justicia que nadie se explica por qué no se implementaron antes. Porque los reclamos de Santa María no son nada nuevos. Hubo demasiado tiempo para procesarlos y canalizarlos, pero hizo falta una revuelta popular para que el máximo tribunal se decidiera.

Pero también el oficialismo kirchnerista tiene que tomar nota de lo que pasó. Si el Poder Judicial no responde a las expectativas de la sociedad es el conjunto del sistema democrático el que pierde credibilidad. El Ejecutivo debe perder el miedo a ejercer el poder que la ciudadanía le confirió.

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