“Transformar la realidad con los valores del Evangelio”
El sábado 15 de abril, la Iglesia celebró jubilosa la Vigilia Pascual en la noche más santa del año.
Los
catamarqueños vivieron el acontecimiento de la Resurrección del Señor a los
pies de la Madre del Valle, durante la Santa Misa presidida por el Obispo
Diocesano, Mons. Luis Urbanc, en Catedral Basílica y principal Santuario
Mariano de la Diócesis.
La solemne
ceremonia comenzó con la bendición del fuego nuevo para encender el Cirio, que
representa la luz de Cristo. El Obispo marcó una cruz sobre el Cirio, y en sus
ángulos la cifra del año actual 2017, para significar que Jesucristo es el
Señor del tiempo y de la historia. Este rito se inició en el atrio para luego
ingresar en el templo a oscuras, en forma procesional, mientras los fieles
encendían sus velas con la luz del Cirio.
Luego del
canto del pregón pascual, comenzó la Liturgia de la Palabra, que incluyó varias
lecturas del Antiguo Testamento y del Nuevo, a cargo de representantes de
distintos sectores de la comunidad.
Concluidas
las lecturas del Antiguo Testamento se cantó el Gloria de la Resurrección de
Nuestro Señor Jesucristo, acompañado por el encendido de luces y el toque de
campanas.
Tras la
proclamación del Evangelio, durante su homilía, Mons. Urbanc dijo que la
Resurrección Cristo "a los discípulos de hoy, nos debe despertar del sopor y
lanzarnos a transformar la realidad con los valores del Evangelio”.
"En un mundo
transido de violencia y terror, injusticias y muertes por doquier es
precisamente la Resurrección del Señor la que debe alentar e impulsar llena de
esperanza la vida de los cristianos, quienes deben seguir siendo en la sociedad
como el alma para el cuerpo, porque tienen la misión de anunciar que el amor de
Dios en Cristo, muerto y resucitado, ha vencido la mentira, el odio, la
envidia, el egoísmo, la calumnia, la muerte y, sobre todo, el pecado”,
manifestó.
A la Madre
del Valle le rogó: "Enséñanos a amar el presente y a creer en el futuro, que no
sólo está en las manos de Dios, sino también en nuestros compromisos y
responsabilidades de hoy, a través los cuales ya vislumbramos detrás de la
pesada losa la tumba vacía, más allá del velo denso de las tinieblas, el alba
de la resurrección. Madre, haz que también velemos en el silencio de la noche,
creyendo y esperando en la Palabra del Señor. Así encontraremos, en la plenitud
de la luz y de la vida, a Cristo, primicia de los resucitados, que reina con el
Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. ¡Aleluya!”.
El Obispo
bendijo el agua, con la cual roció a la asamblea en recuerdo del Bautismo.
En la
oración de los fieles se elevaron las plegarias por la Iglesia, el Papa
Francisco, nuestro Obispo Luis, los sacerdotes, por la Patria y sus
gobernantes, por los fieles laicos en general y por los fieles difuntos.
Durante la
Liturgia Eucarística se consagró el pan y el vino, que se convirtieron luego en
el Cuerpo y la Sangre del Resucitado, que luego se dio como alimento de vida
eterna.
La
celebración concluyó con la solemne bendición final y el canto de alabanza a la
Madre de Jesucristo, Luz del mundo y Vencedor de la muerte.
TEXTO
COMPLETO DE LA HOMILIA
Queridos
hermanos:
"¡Qué noche
tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los
muertos”, acabamos de escuchar en el Pregón Pascual.
Después de
la noche trágica del Viernes Santo, cuando el "poder de las tinieblas” (cf. Lc
22,53) parecía superar a Aquél que es "la luz del mundo” (Jn 8,12), como hoy
que se ciernen sobre el mundo amenazas de nuevas guerras; después del gran
silencio del Sábado Santo, que nada tiene que ver con al silencio cómplice o
indiferente de los buenos de hoy que no se juegan, en el cual Cristo, cumplida
su misión en la tierra, encontró reposo en el seno del Padre y llevó su mensaje
de vida a los abismos de la muerte; ha llegado finalmente la noche que precede
el "tercer día”, en el que, según las Escrituras, el Señor habría de resucitar,
como Él mismo había preanunciado a sus discípulos. Y que a los discípulos de
hoy nos debe despertar del sopor y lanzarnos a transformar la realidad con los
valores del Evangelio.
¡Qué noche
tan dichosa que une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!
Esta es la
noche por excelencia de la fe y de la esperanza. Mientras todo está sumido en
la oscuridad, Dios, que es Luz, está en vela. Con Él velan todos los que
confían y esperan en Él. ¡Oh María!, ésta es por excelencia tu noche. Mientras
se apagan las últimas luces del sábado y el fruto de tu vientre reposa en la
tierra, tu corazón también vela. Tu fe y tu esperanza miran hacia adelante.
Enséñanos a amar el presente y a creer en el futuro, que no sólo está en las
manos de Dios, sino también en nuestros compromisos y responsabilidades de hoy,
a través los cuales ya vislumbramos detrás de la pesada losa la tumba vacía,
más allá del velo denso de las tinieblas, el alba de la resurrección. Madre,
haz que también velemos en el silencio de la noche, creyendo y esperando en la
Palabra del Señor. Así encontraremos, en la plenitud de la luz y de la vida, a
Cristo, primicia de los resucitados, que reina con el Padre y el Espíritu
Santo, por los siglos de los siglos. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!
¡Qué noche
tan dichosa! En esta noche toda la comunidad cristiana está invitada a velar
con sus lámparas encendidas porque Cristo triunfa de la muerte y del pecado
mediante su resurrección. El sentido profundo de los textos bíblicos que se han
proclamado lo expresa la monición al inicio de la liturgia de la Palabra:
"Recordemos las maravillas que Dios ha realizado para salvar al primer Israel,
y cómo en el avance continuo de la historia de la salvación, al llegar los
últimos tiempos, envió al mundo a su Hijo, para que con su muerte y su resurrección,
salvara a todos los hombres”.
La
Resurrección de Cristo es el principio y fundamento de la fe cristiana, pues
"si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe" (1 Cor 15,16s). La
Resurrección de Cristo es el culmen de la Historia de la Salvación: Jesús ha
vencido al pecado y a la muerte y es el principio de nuestra justificación y de
nuestra futura resurrección. Por eso, esta noche celebramos la fiesta de las
fiestas, aquella que da sentido a todo nuestro peregrinar.
La piedad
cristiana se ha detenido siempre mucho en los misterios de la pasión y muerte,
y con razón, pues de ellos depende nuestra salvación. Sin embargo, no siempre
ha dado la importancia que merece al misterio de la resurrección, es decir, no
siempre ha considerado el misterio pascual de Cristo de forma integral. Por eso
es muy importante que consideremos el misterio de la resurrección del Señor
como victoria sobre la muerte y el pecado. En un mundo transido de violencia y
terror, injusticias y muertes por doquier es precisamente la Resurrección del
Señor la que debe alentar e impulsar llena de esperanza la vida de los
cristianos, quienes deben seguir siendo en la sociedad como el alma para el
cuerpo, porque tienen la misión de anunciar que el amor de Dios en Cristo,
muerto y resucitado, ha vencido la mentira, el odio, la envidia, el egoísmo, la
calumnia, la muerte y, sobre todo, el pecado. Lo que sucede en esta Vigilia
Pascual, en este domingo de resurrección nos compromete a todos en la
construcción de un nuevo mundo, en la construcción de la civilización del amor.
Otro aspecto
importante de la Vigilia Pascual es su liturgia bautismal que nos invita a
revalorizar el propio bautismo. Por medio de él hemos sido incorporados al
Cuerpo de Cristo, liberados del pecado y hechos hijos de Dios. "Los que por el bautismo nos
incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos
sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de
entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una
vida nueva" (Rm 6,3-4). Estas palabras nos llevan al centro mismo de la
verdad cristiana. La muerte de Cristo, la muerte redentora, es el comienzo del
paso a la vida, manifestado en la resurrección. "Si hemos muerto con
Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez
resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio
sobre él" (Rm 6,8-9).
¡Cuántas
cosas grandes ha obrado Dios en favor nuestro! Sucede, no obstante, que a
menudo vivimos distraídos de las realidades fundamentales que sostienen
nuestras vidas. Nos dejamos arrebatar por el miedo, el cansancio y la
mundanidad, ya que no nos damos cuenta
de las riquezas que llevamos en el alma: "Despierta tú que duermes y el Señor
te alumbrará”. Que cada uno valore hoy la dignidad de su ser cristiano, que
cada uno sienta en toda su belleza la alegría de ser hijo de Dios, de ser
coheredero con Cristo, de ser partícipe de la misión de Cristo, de ser miembro
del Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia. Si así lo hacemos, nuestra vida dará
un vuelco y seremos "cristianos auténticos”, alejaremos de nuestra vida la
tentación de vivir de forma pagana como si Dios no existiese y como si Cristo
no hubiese muerto y resucitado por nosotros, habiéndonos salvado del pecado y
la muerte eterna.
Por eso, los
invito a escuchar otra vez el gozoso anuncio del Pregón Pascual: "Necesario fue
el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa
que mereció tal Redentor! ¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó de entre los muertos… ahuyenta los pecados, lava las
culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa
el odio, trae la concordia y doblega a los poderosos”.
¡Alegrémonos,
hermanos, Cristo, nuestra esperanza, ha resucitado! ¡Aleluya! ¡Aleluya!