Una economía rica con gente pobre

Aunque la minería impulsó el crecimiento económico de Catamarca en los últimos años, los altos niveles de pobreza, la falta de desarrollo productivo y las deudas sociales y ambientales exponen una contradicción cada vez más evidente entre la riqueza que se extrae y la realidad que vive gran parte de la población.

POLITICA

Recientemente se instaló en los medios provinciales el trabajo de la consultora Equilibra, que, con base a datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos y estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, indicaba que el Producto Bruto Geográfico (PBG) de Catamarca creció un 2,7% entre 2022 y 2025, crecimiento impulsado principalmente por la expansión de la actividad minera y, en especial, por el desarrollo del litio.
Es innegable que la minería, como actividad económica, tiene el potencial suficiente para ser motor de crecimiento de cualquier sociedad, aquí y en todo el mundo. Sin embargo, en Catamarca, un balance objetico de la actividad en las últimas décadas obliga a una sola conclusión: la minería puede ser una excelente actividad económica para las empresas, pero no ha sido herramienta de desarrollo para nuestra provincia. Los yacimientos se vacían, las cotizaciones del litio y el oro suben, pero los índices de pobreza en todo el territorio provincial siguen anclados en cifras que superan la media nacional.
El problema no es la extracción del mineral en sí, sino la incapacidad de la política catamarqueña de transformar esa renta en una estructura productiva genuina. Catamarca se ha convertido en el escenario de una paradoja dolorosa: exportamos riqueza de primer mundo mientras nuestras estadísticas sociales nos ubican en el mapa de la postergación. El tan mentado "derrame" no llega a los barrios. Las regalías mineras, en lugar de financiar el desarrollo local o infraestructura estratégica que sobreviva al cierre de las minas, terminan diluidas en el gasto de un Estado que es eficiente en administrar la dependencia. Hace unos años, cuando todo parecía encaminarse por la buena senda, las regalías financiaban parques solares para el beneficio de poblaciones de la puna catamarqueña; ahora, otra vez por la mala senda, las regalías mineras financian caminos que le sirven, principalmente, a las empresas mineras. 
Resulta paradójico que una provincia que alberga yacimientos de litio y cobre importantes presente niveles de pobreza que duelen. El concepto del "derrame" económico se ha revelado como una verdadera ficción. La minería opera como una economía de enclave: entra, extrae y se va, dejando tras de sí una infraestructura diseñada solo para sacar el mineral y no para integrar y desarrollar a las comunidades locales. 
El empleo generado sigue siendo escaso, dejando a la mayoría de los catamarqueños fuera del circuito de los salarios altos, y que, como contrapartida, deja un costo de vida local diferencial, que sube al ritmo de la billetera minera.
A este fracaso distributivo se suma una herida ambiental. El uso intensivo de agua en zonas de estrés hídrico y el riesgo constante sobre las cuencas glaciares no son "costos colaterales", son amenazas directas a la supervivencia de la agricultura y el modo de vida tradicional.
Tampoco hay un trabajo sostenido para desarrollar a proveedores locales para que tengan el peso suficiente para mover la aguja del empleo privado, y la formación técnica sigue siendo una promesa a medio cumplir. La minería en Catamarca funciona como una isla de prosperidad rodeada de un mar de necesidades básicas insatisfechas; una economía eficiente, pero de paso, que utiliza nuestro suelo y nuestra agua, pero que deja las ganancias en balances contables muy lejos de la provincia.
Para que la minería sea bien vista socialmente, porque derrama, debe medirse en hospitales equipados, con médicos y enfermeros bien pagos, en escuelas de calidad con docentes bien pagos y designados en concursos, no porque las comunidades educativas cortan rutas en reclamo para su designación; también debe medirse en una diversificación económica que permita a la gente vivir de algo más que de cavar la tierra. Hasta que el crecimiento de las exportaciones no se traduzca en una baja real y sostenida de la pobreza, la minería en Catamarca seguirá siendo un éxito corporativo y una frustración social. No necesitamos solo que saquen el mineral; necesitamos que dejen desarrollo, y hoy por hoy, los números del INDEC demuestran que eso no está sucediendo.

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