Una nave soviética de 1972 podría caer este fin de semana en la Tierra

Este fin de semana, un pedazo olvidado de la Guerra Fría podría reaparecer de manera espectacular: una nave espacial soviética de más de media tonelada, lanzada hace más de 50 años, podría precipitarse a la Tierra.

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El objeto, llamado Kosmos 482, fue diseñado para aterrizar en Venus, pero jamás llegó. Ahora, se estima que reingresará a la atmósfera terrestre durante la madrugada del sábado, en un descenso tan misterioso como peligroso.

Aunque la idea de una nave soviética cayendo del cielo suene sacada de una película, los expertos aseguran que el riesgo para la población es prácticamente nulo. “Las probabilidades de que impacte en una zona habitada son infinitesimalmente pequeñas”, explicó Marcin Pilinski, científico de la Universidad de Colorado.

La nave, construida en titanio y con una forma esférica de un metro de diámetro, pesa más de 495 kilos. Fue lanzada por la Unión Soviética en 1972 como parte del ambicioso programa espacial Venera, cuyo objetivo era explorar Venus, el planeta más caliente del sistema solar. Pero una falla en el cohete propulsor dejó a la Kosmos 482 atrapada en la órbita terrestre, donde lleva más de medio siglo a la deriva.

Ahora, después de décadas girando silenciosamente sobre nuestras cabezas, la gravedad finalmente hará su trabajo. A pesar de su robusta carcasa, la mayoría de los especialistas coinciden en que el artefacto sufrirá graves daños durante el reingreso. Aun así, si algo sobrevive al brutal descenso, pasará a ser propiedad del gobierno ruso, según establece un tratado internacional de la ONU.

El fenómeno despierta tanto fascinación como inquietud: ¿qué pasaría si una pieza de tecnología soviética cayera en medio de un campo argentino o en alguna playa remota del sur? Aunque improbable, no es imposible. De hecho, muchos aficionados y rastreadores de objetos espaciales ya están atentos, siguiendo minuto a minuto la trayectoria final de la nave.

Si bien el cielo no se está cayendo, este episodio es un recordatorio de que el pasado —incluso el pasado que flota en el espacio— siempre puede volver. Literalmente.

 

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