Urbanc: “El misionero comunica vida donde hay desolación” siendo “testigo de esperanza”
Durante la noche del domingo 12 de abril, primer día del septenario en honor a la Virgen del Valle, para conmemorar los 135 años de la Coronación Pontificia de su Sagrada Imagen, bajo el lema “Con María y el Beato Esquiú caminamos en busca de la paz”, rindieron su homenaje los miembros de la Pastoral Misionera Diocesana.
La Santa Misa fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanc, y concelebrada por el padre Juan Ramón Cabrera, rector del Santuario de Nuestra Señora del Valle y Catedral Basílica.
Los alumbrantes participaron proclamando la Palabra de Dios y acercando las ofrendas al altar.
En su homilía, Mons. Urbanc dio la bienvenida a los alumbrantes, rogando “que la Madre de los misioneros los prodigue de bendiciones para que no bajen los brazos frente a las adversidades de la vida y de los desafíos de la misión”.
Luego afirmó que “la vocación misionera, iluminada por la Pascua, es un llamado a ser testigos gozosos de la Resurrección, llevando esperanza y vida nueva a las periferias humanas. La Pascua transforma el dolor en alegría y el miedo en valentía, impulsándonos a ser una ‘Iglesia en salida’ que encuentra a Cristo en el servicio a los más vulnerables, pobres y marginados”.
“La misión no es proselitismo, sino compartir la alegría de haber encontrado a Cristo Resucitado, el tesoro que da sentido a la vida”, enfatizó, agregando que “la vocación misionera se basa en la convicción de que la muerte y el dolor no tienen la última palabra. El misionero comunica vida donde hay desolación. Por eso el misionero sale de sí mismo y de sus seguridades y se dirige a las periferias a ser testigo de esperanza”.
“Una verdadera vocación misionera nace de una conversión real a Dios, convirtiendo la vida en un ‘sí’ a su amor, como María. Y, a ejemplo de Cristo, el misionero está llamado a dar la vida, amando incluso a quienes traicionan o persiguen, siguiendo las huellas del Maestro”, apuntó, resalto que “por eso, el tiempo pascual nos invita a ejercitar una mirada de fe sobre nuestra realidad para descubrir allí la presencia viva y operante del Resucitado. Es así, que el tema central de la Pascua es la Fe, es decir, creer en su Presencia invisible, y de ser felices de ‘creer sin ver’”.
Más adelante, señaló que “además de la fe, la otra condición indispensable para esta experiencia de Jesús Resucitado es la pertenencia cordial y real a una comunidad… Nadie cree solo, así como nadie se salva solo. Todo se vive en la comunidad, en la Iglesia”.
Asimismo, dijo que “como todos somos discípulos misioneros, jamás nos cortemos solos, porque inmediatamente comenzaremos a dejar de experimentar la presencia de Jesucristo Resucitado y malograremos la acción del Espíritu Santo. Ya lo dijo Jesús: ‘Separados de mí, nada podrán hacer’ (Jn 15,5). Apostemos siempre por la comunión. La unión hace la fuerza y da fecundidad”.
Finalmente, imploró: “María, Mujer misionera… que toda nuestra diócesis viva en estado de misión y sea renovada por el Espíritu Santo. Que amemos a Dios Padre y al prójimo como a un hermano. Que seamos pobres y sencillos, presencia de Jesús y testigos de su Reino, llevando la Paz a cada hogar. Que anunciemos el Reino de Dios e insuflemos la esperanza a los desanimados, cansados y débiles, llevándoles la fortaleza de la fe. Que formemos comunidades orantes, fraternas y misioneras”.