La misma fue presidida por el Obispo Diocesano, Mons. Luis
Urbanc, y concelebrada por el Obispo de la vecina Diócesis de
La Rioja, Mons. Marcelo
Colombo, y numerosos sacerdotes del clero catamarqueño, tanto de Capital como
del interior de la diócesis.
Un templo desbordado de devotos y peregrinos fue el marco en
que se desarrolló la celebración eucarística, matizada con vivas, aplausos y
alabanzas a
la Madredel Valle.
En el inicio de su homilía, el Mons. Urbanc se refirió a la
apertura del Jubileo extraordinario de
la Misericordia por
parte del Papa Francisco, tema central de las fiestas marianas. También hizo
hincapié en la figura de María, a partir del dogma de
la Inmaculada Concepción.En otro tramo de su predicación, el Obispo mencionó
la Carta Pastoralelaborada con ocasión del Año Diocesano del Compromiso Cívico y Ciudadano, que
marcará la acción pastoral en la diócesis local, a partir de esta tarde, en la
culminación de las festividades de
la
Virgen del Valle. En este sentido, llamó a "impregnar la vida
personal y social con los valores del Evangelio, particularmente desarrollados
en nuestra rica Doctrina Social de
la Iglesia”, dijo, e incentivó a todos a
"profundizar las enseñanzas sociales de
la Iglesia”, destacando la importancia de "la
constitución de los Equipos de Pastoral Social en cada parroquia, coordinados
por
la Pastoral SocialDiocesana”.
TEXTO COMPLETO DE
LA HOMILIA
Queridos Devotos y Peregrinos:
Una vez más el Señor en su Providencia nos da la gracia de
celebrar el misterio de
la
Concepción sin pecado de
la Mujer que Dios se eligió como
la Madre de su Verbo Encarnado
para la salvación de toda la especie humana… ¡Qué podemos decir ante este
inmerecido regalo, sino ‘Magnificat’! ¡Gracias, Señor, por tanta Misericordia,
por tanto Amor, por tanta Ternura y Cercanía! ¡Gracias!
Jubileo de
la Misericordia. Hace un par de horas, el Papa
Francisco acaba de abrir
la
Puerta Santa de
la Basílica de san Pedro dando comienzo al Jubileo
extraordinario de
la
Misericordia, eligiendo este día por su estrecha relación con
el inicio de la nueva creación fruto, no ya de la omnipotencia, sino de
la Misericordia divina
por la humanidad sumida en el pecado y la muerte, dando cumplimiento a lo
prometido en el paraíso cuando nuestros primeros padres, llevados por la
presunción, desobedecieron a su Creador.
María,
la Inmaculada. Siendo
la Virgen María una
mujer de nuestra misma especie, nuestra historia de pecado no pudo herirla ni
mancharla. La piedad cristiana encontró pronto los símbolos para distinguir a
la Inmaculada de cualquier
otra creatura, sobre todo, en su victoria sobre el mal, figurada en la
serpiente que se humilla a sus pies.
La vida nueva, vida de gracia y de perdón, que Jesús vino a
anunciarnos y a traernos, fue en Ella realidad plena desde su concepción y
llenó cada momento de su existencia terrena. La teología se esforzó durante
siglos por expresar la fe del pueblo en coherencia con el conjunto de la
doctrina cristiana. Al fin la halló con una formulación que hoy nos recuerda
varias veces la liturgia y que sintetiza el núcleo de lo que creemos como
verdad de fe: en María actuó una gracia divina singular que la preservó de toda
mancha de pecado. Fue preservada de todo mal, en atención a los méritos de
Cristo.
Este privilegio exclusivo de
la Virgen no la aleja de
nosotros, no la coloca fuera del mundo y de
la Iglesia. Así lo ha
entendido siempre la fe del pueblo creyente, que la invoca como Madre y
Mediadora, como aquella que "guía y sostiene la fe de su pueblo”.
En efecto, la vida terrena de María, entregada a Dios en
todo momento en el dolor, en la angustia y en el sufrimiento, mereció oír la
alabanza que proclama bienaventurados a los que escuchan
la Palabra de Dios y la
practican. Su fe y su entrega la llevaron a abandonarse sin reservas a Dios.
También nosotros quisiéramos imitarla en la aceptación de su destino y de su
suerte, y poder decir con un mínimo de veracidad de nuestra vida: "he aquí la
esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
La presencia materna de
la Virgen nos recuerda siempre que la vida sólo vale
la pena como don, si a la vez es tarea y entrega a alguien y para algo. Ella
supo darse totalmente, posponiéndose a sí misma, y ponerse al servicio de los
designios de Dios para así servir también a la salvación de todos los hombres.
En medio de la opacidad de la vida, ante la que tantas veces sentimos la
tentación de rendirnos, María es como un susurro que nos recuerda a los seres
humanos: Dios, el amor, la verdad, la misericordia, la bondad, la belleza, el
perdón existen. Yo los he vivido, por mis entrañas han pasado, y ahora pueden
ser también realidad en ustedes.
María, Madre de
la Esperanza. La solemnidad de
la Inmaculada Concepción,
celebrada en pleno Adviento, nos propone a María como madre de la esperanza.
La esperanza es una cualidad esencial de la vida cristiana,
y en este tiempo se nos invita a que impregne con más fuerza nuestra vida de
creyentes. En un plano personal, desde luego, pero también haciendo nuestros
los gritos de los pueblos que buscan y claman por verse liberados y redimidos
en su miseria y en sus desgracias.
En María, la humanidad se mira a sí misma y se mantiene
abierta ante el misterio del Dios que viene hacia nosotros, y en Ella converge
el caminar de todos los pueblos que buscan la verdad. Por eso
la Virgen Madre se
convierte en la figura por excelencia del Adviento, en signo de la presencia de
Dios entre los hombres... Más que Juan el Bautista, más que todos los profetas,
más que los justos, Ella es resumen de la humanidad que ama y espera, que busca
y acepta a Dios, confiando poder escuchar su Palabra, guardarla en el corazón,
enseñarla con humildad y practicarla con caridad.
Hoy experimentamos que nos dejamos corromper fácilmente. El
mal nos acosa de mil formas y muchas veces sucumbimos. La memoria de María
Inmaculada nos estimula a reconocer que es voluntad de Dios, también para
nosotros, que seamos "santos e inmaculados en su presencia”. También nosotros
–si no ponemos obstáculos- podemos estar envueltos en
la Gracia y en el Amor de
Dios, que nos capacita para luchar contra todo tipo de corrupción. El poder del
Altísimo nos puede, y nos quiere cubrir con su sombra para vencer. Basta que
digamos, como ella: ¡Hágase en mí según tu palabra!
Año del Compromiso Cívico y Ciudadano. En este contexto,
cada año, les comparto una carta pastoral con la que introduzco la prioridad
pastoral de inspirará toda nuestra vida diocesana.
Siguiendo el cronograma establecido, corresponde vivir el
Año del Compromiso Cívico y Ciudadano, en atención a que nuestra Patria celebra
los doscientos años de su Independencia. Lo que nos compromete, como discípulos
– misioneros de Jesucristo, a impregnar la vida personal y social con los valores
del Evangelio, particularmente desarrollados en nuestra rica Doctrina Social de
la Iglesia.
En la carta destaco dos temas. Primero, incentivarlos a
profundizar las enseñanzas sociales de
la Iglesia, para ello les ofrezco un apretado y
quizás irreverente resumen de los valiosos documentos del magisterio eclesial
desde Rerum Novarum hasta el Compendio de Doctrina Social de
la Iglesia. Segundo,
y es el que más desarrollo, porque considero que es de suma importancia, la
constitución de los Equipos de Pastoral Social en cada parroquia, coordinados
por
la Pastoral SocialDiocesana.
Además, les propongo cuatro metas con sus respectivas
actividades, para ir alcanzando en este quinquenio que tenemos por delante,
hasta la celebración de los 400 años del hallazgo de la sagrada imagen de
la Virgen del Valle en las
estribaciones de Choya, con la ilusión que, éste, pueda ser uno de los regalos
que le ofrezcamos a
la
Madre Celestial en nuestro gran Jubileo del 2020.
En las manos de María. Por tanto, querida Madre del Valle,
hoy deposito, como pastor de esta Diócesis, en tu Corazón Inmaculado todos los
deseos y necesidades de cada uno de tus hijos devotos y peregrinos. Las
súplicas y clamores de todos los argentinos por nuestra Patria y sus
autoridades. Los proyectos y tareas pastorales de nuestra Iglesia de Catamarca.
Los esfuerzos y frutos que esperamos recibir en este Jubileo de
la Misericordia, tan
necesario para nuestro mundo transido de dolor, angustias, injusticias,
inequidades, violencia, adicciones, impenitencia y corrupción. La participación
festiva y comprometedora en el 11° Congreso Eucarístico Nacional, en Tucumán,
para que
la Eucaristíasea el alimento habitual de todos los bautizados, que los fortalezca en su
misión evangelizadora. Y el empeño tenaz y creativo de laicos, sacerdotes y
consagrados en la concientización del compromiso para construir civismo y
ciudadanía.
¡¡¡Nuestra Madre Inmaculada del Valle, ruega por nosotros!!!