¿Veranear en Catamarca…?; sí, por supuesto!!!
Más allá de las recientes estadísticas, las interesadas promociones o todas las formas de propaganda, este verano pudimos comprobar que Catamarca es un sitio muy amable, además de extraordinariamente bello, para visitar y disfrutar en la temporada estival.
Nuestra experiencia fue en el departamento Tinogasta, llegando primero a su cabecera, ubicada a 275 Km. de Catamarca Capital, pasando luego a Fiambalá, unos 50 Km. más adelante, rumbo al Oeste, y llegando hasta Las Grutas (4.000 msnm), al pie de la cordillera de Los Andes, después de recorrer otros 198 Km., a apenas 21 Km. antes del límite con el vecino país de Chile, por el Paso de San Francisco.
El viaje se realiza –desde la ciudad de Catamarca-, primero por la Ruta 38 hasta pasar Chumbicha, en que se accede a la Ruta 60, en la Quebrada de la Cébila, de impecable y muy cuidado estado en todo su trayecto, hasta el mismísimo paso fronterizo, por el permanente y encomiable, como seguramente muy costoso, trabajo de Vialidad Nacional.
En cuanto a nuestra vivencia turística, comenzando desde el último y más alejado punto de la excursión, mantenemos vivo el impactante paisaje cordillerano, con el entorno de las imponentes cumbres de los volcanes Inca Huasi y San Francisco cubiertas de nieve, dos testimonios de los “Seismiles” casi al “alcance la mano”. Y bajando la vista, extensas y multicolores llanuras, adornadas por vegas y lagunas, pobladas de la más variada fauna, compuesta –entre otras especies- de mansas vicuñas y guanacos, atentos flamencos rosados y escurridizos zorros en procura de sustento.
Este tramo del recorrido, incluyendo dos ascensos al C° Falso Morocho y al volcán Bertrand, para medir nuestra adaptación a la altura, en lo que puede sintetizarse como la “Ruta de los Seismiles”, nos demandó cuatro intensas y asombrosas jornadas, compartiendo nuestras vivencias con montañistas de Córdoba, Buenos Aires (entre estos el ex intendente porteño Aníbal Ibarra) y, obviamente, de Catamarca.
Desandando el camino, por la misma Ruta 60, pasamos a almorzar a la Hostería Internacional de Cortaderas, un establecimiento sorprendente, por sus amplios y confortables espacios, con capacidad para 80 pasajeros, en medio de esas preciosas inmensidades, situado a 95 Km. de Fiambalá, a 3.000 msnm. Turistas porteños, cordobeses y bonaerenses de distintas localidades, con los que coincidimos, no dejaban de elogiar la grandiosidad del paisaje que “Uds. tienen en Catamarca…”, como nos decían en las charlas que intercambiamos.
Después, el trayecto por Cazadero Grande, Pasto Largo, Chaschuil, Quebrada de Las Angosturas y Guanchín nos pusieron ante los más impresionantes paisajes, con inusitados despliegues de formas y colores, en partes interrumpidos por los serenos pasos de majadas de cabras o de ovejas, pastoreando plácidamente.
Este tramo de regreso nos permitió adentrarnos al novedoso (para nosotros) Cañón del Indio, un paseo de trekking hacia un espacio montañero del período cuaternario, compuesto de rocas sedimentarias, que, por efecto del viento y la lluvia, permiten observar caprichosas geoformas, como, al menos en tres sectores, que dibujan los característicos perfiles de originarios indígenas.
Poco después, estuvimos de regreso en Fiambalá, donde nos costó trabajo conseguir alojamiento, hasta que gentiles guardias de tránsito nos recomendaron el Hostal San Pedro –que “siempre tiene lugar”, nos dijeron), y donde compartimos dos días con turistas de Brasil, Perú, diversos países de Europa y hasta con el montañista mexicano ciego, Rafael Jaime, que en esos días estaba “coronando” la cumbre del volcán Pissis.
En la cita siguiente se imponía la clásica “vuelta al perro” por la plaza principal, que Fiambalá destinó para honrar al “Beato Esquiú”, la que poco a poco se fue cubriendo de vecinos y numerosos turistas, porque el “Viernes Cultural” invitaba a la extendida fiesta que cerraría “El Mago Titos”, una incansable formación musical de Palo Blanco, que goza de la fervorosa adhesión lugareña a su variado repertorio, que va desde los tradicionales chamamés a los más novedosos “reggaetones”.
Con el paseo colmado y artesanos satisfechos ante la importante concurrencia, los bares no era la excepción al multitudinario fenómeno, exhibiendo filas de a tres o cuatro turnos de espera para acceder a una ansiada mesa, incluso desplazadas en las calles del entorno placero.
En este momento gastronómica nos anoticiamos que “hasta faltan mozos”, porque muchos “changos” jóvenes están trabajando en las mineras de las Tres Quebradas (explotaciones de litio), en turnos de 15 x 15 días, entre trabajo y descanso, circunstancia que también afecta a los clubes de la liga local, que –en los mismos períodos- no pueden repetir sus formaciones. Un detalle alentador, porque hace al empleo privado, de notable crecimiento en la zona.
El día siguiente lo tuvimos plenamente ocupado con distintas visitas. El “Museo de los Seis Miles”, un espacioso y muy explicativo recorrido, sobre la historia y el impacto del prodigio montañero de la cordillera, emblema –tanto como las famosas termas, a las que no pudimos acceder por la enorme demanda- entre otras tantas atracciones fiambaleses.
Igual interés, motivan las dunas, un verdadero festival para los chicos (y los grandes, para que negarlo…), como las visitas a tradicionales parroquias; tales los casos de la Iglesia de San Pedro, el “santo caminador” al que los promesantes ofrendan zapatitos de la horma 22, o la capilla en honor a “Nuestra Señora de Andacollo”, una de las insignias de la Ruta del Adobe, que puede seguirse por toda Tinogasta, de punta a punta.
Un nuevo mojón lo tuvimos en las termas de “La Aguadita”, a solo 7 Kms. de la cabecera tinogasteña, donde sí pudimos disfrutar de sus aguas, en sus muy cuidados piletones, aunque nos quedamos con las ganas de unas empanaditas, que bien podrían venderse en el lugar, con apenas instalar un hornito a leña. Esto, nos obligó a seguir por un almuerzo en el centro de Tinogasta, donde existen muy buenos restaurantes.
Y de allí, el tramo final de la vuelta a Catamarca, más convencidos que nunca que durante el verano también se puede hacer turismo en Catamarca, como en este 2022 lo hizo tanta gente. Y eso que, desde hace dos años (por la pandemia del Covid), está cerrado el Paso de San Francisco, que mantiene bloqueada la llegada de los vecinos chilenos o los más osados brasileños, que gustan de las extendidas travesías entre un océano y otro.
Al menos así, en apenas una semana, del 22 al 28 de enero último, lo pudimos vivenciar y disfrutar, para ahora contárselos y dejarles el consejo de que “visiten Catatamarca, por más verano que sea…, por supuesto…”.
Víctor “Paco” Uriarte