Los cordobeses se habían puesto en ventaja a través de su goleador Sebastián Salas (40’ y 41’PT), y los del “far west” habían logrado emparejar el marcador por medio de Víctor Morales (35’ST) y (40’ST).
Faltando 4 minutos, y cuando además se debían adicionar otros 6 minutos por el tiempo que duró un anterior intento de invasión a la cancha por parte de los cordobeses, la parcialidad de Peñarol rompió el alambrado olímpico detrás de uno de los arcos, e incomprensiblemente se metió al campo de juego, con la intención de quedarse con algunas de las prendas de su jugadores, mientras provocaban con cánticos y señas obscenas a los hinchas locales.
En fracción de segundos comenzaron a caer piedras sobre la tribuna tinogasteña, que reaccionó para que el incidente de convierta en una verdadera batahola. Las corridas desde las tribunas eran columnas humanas, corriendo desesperadamente, buscando refugiarse fuera del estadio de Progreso, escenario del partido.
Mientras algunos simpatizantes lograron salir del predio y otros encontraron algún resguardo dentro de la misma cancha, la policía intervino tratando de disipar a los revoltosos. Sin embargo, dada la gravedad del enfrentamiento con elementos contundentes entre ambas hinchadas, los uniformados pasaron a disparar con balas de goma y a lanzar gases lacrimógenos para dispersar a los grupos en pugna.
En 15 minutos, lo que era una fiesta deportiva se transformó en una batalla campal, que ya fuera de la cancha se extendió a los predios vecinos, como el de Vialidad Nacional, y por la Av. San Martín a los alrededores del Cementerio Municipal.
Mientras, en una escena tragicómica, los jugadores cordobeses, muchos de ellos prácticamente desnudos porque sus propios hinchas les habían quitado la ropa, esperaban la decisión del árbitro, el tucumano Hernán Maximiliano Salado Paz, quien junto a sus asistentes seguían las dantescas escenas desde el medio de la cancha.
Finalmente, el partido fue suspendido, y tanto los futbolistas visitantes como los jueces fueron escoltados hasta quedar alejados del foco de tensión
A todo esto, había familias cordobesas, niños y mujeres, que habían llegado para acompañar a su equipo, y, sin tomar parte de los incidentes, debieron ser sacados por un hueco en el alambrado perimetral para evitar nuevos enfrentamientos
Dirigentes y jugadores de ambos clubes lamentaron lo ocurrido. Los cordobeses repetían hasta el cansancio el sacrificio que les había significado costearse el viaje hasta Tinogasta, para disputar este partido.
“Nosotros somos todos trabajadores, nadie nos paga para poder realizar esto que amamos, sino que lo tenemos que hacer con nuestro propio esfuerzo. Nunca quisimos que esto ocurra”, expresó un jugador de Peñarol al retirarse llorando, después de saber que el partido que podía asegurarles el salto al Argentino B ya estaba suspendido.
Pasadas las 21 horas y ya de noche, el sector de la barra visitante que propició la invasión de la cancha, es encontraba en un predio cercano a la cancha, custodiado por la policía a la espera del ómnibus que debía trasladarlo de regreso a Córdoba. Desde allí y hasta la salida de la ciudad iba a ser escoltada por una guardia policial.
En lo deportivo, ahora será el Tribunal de Disciplina Interior del Consejo Federal el que defina la historia, y que, a la luz de los hechos registrados, debiera ser con sanción para el club cordobés, pero ya se sabe cómo actúa aquel cuerpo disciplinario cada vez que se trata de resolver cuestiones que involucran a equipos catamarqueños. Al respecto, vale recordar apenas, el “Caso Tesorieri”, que fue echado del actual TDI 2013, “por conducta inmoral y reprochable” después de haber quedado en inferioridad de condiciones, precisamente en el primer partido de esta fase ante Peñarol, en Córdoba.