Según un informe reciente de UPI, el sector enfrenta un escenario complejo marcado por deudas, pérdida de competitividad y profundos cambios en los hábitos de consumo tanto en el país como en el exterior.
Durante 2025, las exportaciones de vino argentino alcanzaron los 51 millones de galones, lo que representa una caída del 6,8% interanual y el volumen más bajo registrado desde 2004. A este retroceso se suma una fuerte contracción del consumo interno, impulsada principalmente por la inflación y la pérdida del poder adquisitivo de los hogares.
El impacto de la crisis ya se refleja en bodegas históricas del país. Firmas emblemáticas como Norton y Bianchi debieron renegociar deudas o recurrir a herramientas legales para evitar la quiebra, luego de acumular obligaciones impagables. Estos casos ponen en evidencia problemas estructurales que afectan a toda la cadena de valor del sector vitivinícola argentino.
A pesar de las expectativas puestas en el mercado externo, las exportaciones tampoco lograron compensar la caída del consumo local. Estados Unidos continúa siendo el principal destino del vino argentino y concentra más de la mitad de las ventas al exterior. Según explicó José Giménez, director ejecutivo de Viña Cobos, cerca del 25% de los aproximadamente 650 millones de dólares que genera el sector en exportaciones se dirige a ese país.
Giménez atribuyó parte de la crisis actual a la inflación internacional registrada en los últimos años, especialmente tras la pandemia de COVID-19. Muchas bodegas se vieron obligadas a aumentar precios para sostener sus costos, pero el mercado no convalidó esos incrementos, lo que deterioró la rentabilidad y derivó en una caída global del consumo de vino.
A esto se suma una competencia cada vez más intensa. En los últimos 15 años, la oferta mundial de vino creció a un ritmo muy superior al de la demanda. En grandes cadenas de supermercados estadounidenses, por ejemplo, pueden encontrarse vinos de unas 2.000 bodegas distintas y más de 5.000 etiquetas. Además, los aranceles aplicados durante el gobierno de Donald Trump, que encarecieron el vino importado cerca de un 10%, redujeron aún más la competitividad del producto argentino en ese mercado.
Otro factor clave es el cambio en los hábitos de consumo a nivel global. Crece el interés por bebidas sin alcohol, de menor graduación alcohólica o percibidas como más saludables. El vino perdió protagonismo, especialmente entre los jóvenes, que consumen menos alcohol. Este fenómeno impacta con mayor fuerza en los vinos de menor precio, mientras que los de mayor valor logran resistir algo mejor la tendencia.
En el mercado interno, la situación no es distinta. Según datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), el consumo doméstico cayó un 12,5% en noviembre de 2025. La economista Elena Alonso, cofundadora de Emerald Capital, explicó que este descenso refleja las presiones macroeconómicas: inflación elevada, ingresos reales estancados y pérdida de poder adquisitivo. En ese contexto, el vino compite con productos esenciales, y las familias priorizan gastos básicos.
Falta de competitividad y desafíos a futuro
El sector llegó a este punto con altos niveles de stock y precios de venta que no lograron acompañar la inflación. Según Alonso, el problema no radica en la capacidad productiva —que se mantiene estable— sino en la dificultad para colocar el producto tanto en el mercado interno como en el externo.
Giménez advirtió además sobre la alta carga impositiva que enfrenta la industria en Argentina, lo que la coloca en desventaja frente a competidores como Chile, Estados Unidos o Nueva Zelanda. Recordó que años de inflación elevada y devaluaciones sucesivas generaron un contexto artificial que, durante un tiempo, favoreció el consumo vinculado al turismo extranjero. Sin embargo, al revertirse esas condiciones, también cayó esa demanda.
Según el directivo, el sector atraviesa ahora una fase de ajuste en la que las empresas menos competitivas deberán adaptarse para sobrevivir. En ese marco, consideró indispensable un mayor apoyo estatal y una estrategia clara para posicionar la marca país en el exterior, ya que muchos consumidores internacionales ni siquiera identifican a Mendoza como la principal región productora de Argentina.
Alonso coincidió en que, frente al aumento de costos y los procesos de reestructuración en marcha, la industria vitivinícola necesita reformas estructurales que le permitan recuperar competitividad y sostenerse a largo plazo en un mercado cada vez más exigente.