Conmueve y alarma advertir la total pérdida de respeto hacia la escuela como institución y a los docentes como personas. Entristece observar que las jóvenes solucionen ocasionales diferencias a cuchilladas.
Parecen salidas de un sainete de comienzos del siglo XX cuando las “mujeres de vida airada” (Restallante eufemismo que estuvo de moda hace ochenta años para referirse a mujeres del bajo fondo y tarifa accesible a los menos pudientes; es decir, putas baratas) que peleaban por el “su hombre” cuchillo en mano y guardaban “el arma blanca” con la liga sobre el muslo.
Otro tanto podríamos decir de los varones con el agregado de que hubo casos en los cuales niños muy pequeños fueron sorprendidos portando un arma de fuego de grueso calibre.
Es muy penoso el espectáculo que ofrece una madre o un padre agrediendo salvajemente a una docente porque -a su juicio-, su hijo no ha sido calificado correctamente o fue “discriminado”.
Dicho sea de paso pero desde el advenimiento del INADI cualquier cosa es considerada como discriminatoria y motivo de denuncias.
Nos parece que se está en presencia de un problema de extrema gravedad, algo relativamente novedoso que tiene como escenario el ámbito educativo de casi todo el territorio nacional puesto que han de ser muy escasas las escuelas en la que no se hayan registrado incidentes de esta naturaleza.
Aclaramos que no somos especialistas en estas cuestiones. Nos limitamos a observar lo que acontece. Como quien está sentado en la tribuna de un estadio de fútbol mirando un partido. Y sacamos conclusiones al margen de lo que digan los técnicos y los especialistas porque según nuestro modesto parecer, nuestra sociedad está inmersa en un drama de enormes proporciones que no es debidamente atendido por el Estado que, como es habitual “mira para otro lado” o brilla por su ausencia.
Puestos a sintetizar, no sería descabellado afirmar que se trata de “una generación de mal educados mal educando a sus descendientes” en una especie de “línea de producción” que viene funcionando desde hace décadas sin que nadie haya tomado medidas.
De ahora en más la o las soluciones que sean encaradas serán posibles pero a un costo elevado. Que irá en aumento a medida que transcurra el tiempo y no se tomen los recaudos necesarios para –por lo menos--, frenar el avance del problema.
De no hacerlo, el futuro de varias generaciones podría verse singularmente comprometido a partir que estaríamos “educando” para la droga, el delito y la violencia generalizada.