Cierta vez, en el reino de los cielos, donde los gladiolos y las petunias poseían los colores más agraciados y brillantes imaginables; y los claveles, las rosas y orquídeas podían ser blancas, rojas, azules, y hasta extraordinariamente perfumadas, vivía un ancianito de barba muy larga y blanca, a quien todos llamaban don Dios…
Se sabe que, en aquel lugar, reinaba la alegría y la más consumada pureza, con pájaros de mil trinos y mariposas que volaban y sonreían, noche y día. Aunque todos sabemos que en la tierra, las mariposas no vuelan ni sonríen, (menos de noche) en el cielo nada era imposible y las mariposas hasta podían danzar con los colibríes y cardenales, para descansar en el arco iris de las hadas celestiales.
Tampoco existían la tristeza y el llanto, ni siquiera las penas o amarguras cotidianas, que dos por tres llegaban desde la tierra.
¡Qué excelso era hallarse en aquel paraje de ensueño, con casitas blancas y techos rojos, y ríos de aguas cristalinas, dispuestos a lo largo de praderas muy verdes, con naranjos, durazneros y ciruelos, ataviando de azahares las orillas!
Los querubines, cubiertos de grácil pañuelito a la cintura, agitaban sus brillantes alitas para jugar a cualquier hora, con chupetines y dulces, mostrando sus dientecitos de leche. Siempre estaban alrededor de don Dios, que dos por tres se quedaba dormido, ¡pobrecito!, extenuado de oír las quejas de sus protegidos.
Ciertamente, los hombres y las mujeres a toda hora se quejaban. ¡Pedían de todo y cada vez más seguido! Tan bueno era don Dios que, pese a la fatiga que lo encorvaba, concedía hasta los deseos más insólitos, confiado, quizá, en que alguna vez, (la esperanza nunca perdía) aquellos gratificarían los favores con bondad y solidaridad para con sus semejantes.
¡Pobre don Dios, ya casi no dormía y padecía de terribles dolores de cabeza y espalda, ya que vivía arqueado hacia abajo, con las orejas paradas, atento a cualquier encomienda humana! ¡Imaginen ustedes…!
Los niños de la tierra, por su parte, no sabían qué hacer y gimoteaban sin consuelo, impotentes de colocarles un freno a los desatinos de los mayores. El pobre ancianito lloraba a escondidas de los querubines, y en el pensamiento cavilaba si acaso no consentía a bestias, en lugar de humanos. Pero cierta vez, dos querubines llamados Andrés y Tiziano hubieron de perderse entre las nubes y llegar a la tierra. Cuentan que se mezclaron entre la gente que de entrada los empujó de aquí para allá. Menos mal que un pichón de hombre los encontró y refugió en su habitación.
Ciertamente, el lugar era diferente al que vivían: la gente gritaba; escapes libres en las motos, aceleradas de autos frente a los hospitales, sirenas y tiros, muchachos y chicas echados en las esquinas, borrachos o drogados, con la mirada perdida... Como dije, un mundo enloquecido que, de noche, de noche era peor, con fantasmas oscuros, sigilosos y de miradas hirientes, arrastrándose como serpientes por las oscuras veredas...
Los querubines se preguntaron, (habían oído a don Dios hablar a los ángeles, por cierto) si acaso donde estaban, la tierra, no era el mismísimo infierno. Sin embargo, el niño que los recogiera habíase mostrado tan sensible y piadoso como cualquier ángel del paraíso. Fue entonces cuando dicen que llegó un viento norte terrible, (muy parecido al zonda de nuestro norte argentino) que habría de propagar en la tierra el pavoroso Covid 19. Nadie entendía nada, por cierto. Ni grandes. Ni chicos. Ni siquiera los ancianos que mucho terminan sabiendo de esas cosas. De manera incomprensible, los contagios se daban, incontrolablemente.
Los querubines, a todo esto, le dijeron al niño que aquello podía ser un castigo divino. Tal vez, porque los adultos ya no oían a don Dios. Encima, casi nadie rezaba ni ayudaba, ni cuidaban la tierra ni el agua de la que bebían o regaban los sembradíos. Dijeron que a todo eso lo habían oído de labios del abuelito barbudo, conversando, entre mate y mate, con los siete arcángeles, encabezados por Miguel.
Pero, ¿quién iba a oír en la tierra a un niño y tan luego a dos querubines, más pequeños que un gato, hablando de Dios, Arcángeles y anatemas?
Se dice que, finalmente, El Omnipotente decidió regresar a los angelitos. El niño también se sumó al grupo de querubines para jugar, noche y día, sin ningún tipo de recelo, aunque El Covid no se le despegaría un solo instante.
Los días pasaron y fue grande la sorpresa del niño al notar cómo se vivía en el paraíso: nadie peleaba, no había gritos, ni empujones, ni corruptos, ni necios, ni avaros siquiera. El aire, exquisitamente perfumado todo lo cubría, ¡y el agua, tan cristalina y pura se escurría por entre los dedos, quitando la sed al instante! Asistir a la escuela daba gusto: se sumaba, restaba y mucho se multiplicaba, especialmente las buenas acciones, aunque poco se dividía, ¡eso sí! Se aprendía en armonía y los recreos se daban en un pasto tan tierno, que complacía jugar a las escondidas o hacer un gol a lo Maradona o Messi en los arcos celestiales, sonriendo y brincando en la mayor algarabía, con un rico chupetín entre los dientes.
¡Qué felicidad tenía aquel niño! ¡Cómo deseaba que en su pueblo fuese así todos los días! Tal vez por eso, cierta mañana en que tomaba té con don Dios, habría de preguntarle por qué en la tierra no sucedía lo mismo; que ahora la gente moría por la peste; que sus padres se preocupaban más por cambiar el auto que por disfrutar en familia un buen asado, que a él, ¡y sí!, (pensé que se había dado cuenta) a él ya ni le rezaban; que hasta don Sinfonio Quiroga no tocaba el acordeón como antes en las patronales de San Pedro, y doña Lorenza, ¡pobrecita, la abuela!, había dejado a un lado el cerro, sus llamitas, el uso y la lana para tejer, porque un nieto abandonó la secundaria y vagaba, noche y día, fumando no sé qué porquería.
Tal vez fuesen los ojitos cristalinos y mansos, o la franqueza e inocencia de las palabras de aquel niño, lo que habría de conmover tanto al ancianito. Porque terminó señalando, frunciendo las profusas y níveas cejas, apoyada una mano, pálida y rugosa, sobre la cabecita rizada del pequeño:
- ¡Daré a los hombres y las mujeres una nueva oportunidad! ¿Eso quieres, verdad, niño?
El niño le dijo que sí. Y le dio las gracias porque pensó en sus papis, en los hermanitos, sus amigos de la escuela, don Sinfonio y doña Lorenza también.
En el cielo aseguran que fue entonces cuando don Dios llamó al arcángel Abbadón, muy alto y fornido, armado hasta los dientes, con pechera y todo eso. A él le dio la orden de que frenase todas las pestes en la tierra, por un tiempo, por lo menos, hasta observar si acaso los humanos dejaban de agredirse tanto, conteniendo los nefastos desenfrenos...
-De arruinarse la vida sin sentido, dicen que dijo el abuelito barbado, -de apagar la alegría con camionadas de tristeza y egoísmos, de cerrar los oídos a la música de la vida, a la felicidad, a los sueños, al amor, tan valiosos para cualquiera.
Desde entonces, hay querubines, por cierto, como niños en nuestras vidas que no pierden la ilusión, vestidos de esperanza.
¡No dejemos que muera el niño que todos llevamos por dentro, amando más a la vida y valorando cada hermoso momento de existencia, con la dicha de la risa y un mañana por venir!
Con el cariño de siempre, para toda Catamarca y mi bello país, sin obviar al entrañable Fiambalá y su bellísima gente, tesonera, admirable y solidaria, del Departameno Tinogasta, Pcia. de Ctca. ¡Gracias, DIARIO “CATAMARCA ACTUAL” y equipo directivo, por el incondicional apoyo a la cultura, a través de la difusión on line de obras literarias que recorren el mundo, desde las profundidades cordilleranas argentinas! El autor