- Fue mi amigo y conozco bien la historia, buen gauchito el hombre, algo soberbio, enamoradizo, tal vez, aunque así son los jóvenes hoy en día, vio, deslizaría el paisano.
-“¡Cosa é la peonada!”, solía murmurar, Juancito, creyendo que se le burlaban. - Trataba de no llevarles el apunte. Los paisanos eran cargosos y no transcurría día en que no lo tuvieran de punto. Si hasta una vez me le tuve que poner en el medio para que no lo ensarte al Honorio que, con demasiada ginebra encima, se pasó de la raya con eso de la mujer del patroncito. Hasta lo llamó “arrastrado” delante de todos y eso le dolió. ¡Hasta a mí me dolió, imagínese a un gauchito orgulloso como él! Recuerdo que por esos días comenzó a hablarse fuerte de La Ucumara; la paisanada entre mate y mate hablaba bajito, muy bajito porque no es conveniente hablar así porque sí nomás del bicho ése, excepto, claro…
-¡”Tené cuidao” muchacho¡ ¡No macanees con eso, ché, que La Uca…!, solía señalarle don Demetrio, el veterano capataz de la estancia, ni bien surgía el tema de la bestia que andaba apareciendo en la galería, mientras el mate circulaba de mano en mano alrededor del fogón. Cuando entonces, el amigo, entornaba el portón del tinglado donde dormíamos y taconeaba a propósito las espuelas para clavarnos la mirada en tono desafiante:
- ¡Sepan señores, que aquí a hay un Arias Linares que no se asusta por habladurías de chusmas como ustedes! ¡Qué aparezcan El Ucumar y La Ucumara juntos, si quieren, que los voy a esperar…!
- La carcajada de la peonada no se hacía esperar. Ciertamente, que verle las ocurrencias al mocito daba risa. Se encolerizaba de la nada. Descubrirle los ojos desencajados era gracioso, pero más gracioso era encontrarse con los cachetes que se le hinchaban y encendían como rescoldo. La paisanada era burlista, nadie lo dudaba, ni siquiera el patrón. Don Miguel, aquella vez, le habló con paciencia y muy en serio. Vaya uno a saber por qué cuernos el viejo lo tomó del hombro y se lo llevó conversando bajito para el fondo del patio. Allí, donde se recortaban las higueras de noche el viento silbaba como alma que lleva el diablo, hasta allí se fueron caminando. ¡Nadie se les arrimaba!; más de uno aseguraba haber visto al petisito orejón sombrerudo, colgado de las ramas como un mono, con los ojos enormes y amenazantes. Y, ¿qué quiere? Los paisanos somos gauchos, vio, pero ante las cosas que no comprendemos somos respetuosos y tomamos distancia, nomás, esclareció el criollo, sin levantar la mirada del piso de tierra que garabateaba con una ramita. Luego agregaría: - Como le estaba diciendo, mi amigo: ése viernes nadie trabajaría en la estancia. El día del patrono del pueblo, San Jorge, se respetaba a rajatabla, sea uno católico o no, y obligaba a bajar los brazos para rezar un poco en la capillita del cerro. Había que aplacar los “pecaos”, como insistía el curita.
-¡Vayan a misa así alivian el alma, manga de “condenaos”! apuntaba el Padre Urpilato Baliña, un gringo alto y de ojos bien azules, que cuando te miraba parecía que te distinguía hasta la columna vertebral. Siempre andaba en sotana y boina negra, con mate y pan casero. Al final parece que el curita no andaba muy equivocado, vio. Porque “condenaos”, lo que se dice” condenaos” al infierno, por cierto, en la estancia abundaban como en ningún “lao”. Pecados había para hacer dulce, ¡es cierto, de todos los gustos y calibres, doncito!: desde asesinatos por una pollera y envidias por la mujer del otro, ¡Ufff!, ¡ni le cuento! Las carnereadas abundaban como lluvias y no se salvaban ni los estancieros ricachones ni los prepotentes capataces que asustaban con la mirada de carancho ¡Ni decirle de los policías, prepotentes y malvados!: esos sí que cargaban los peores cuernos por abusadores de la justicia, metían preso a cualquiera si se les antojaba, el juez se hacía el distraído, como siempre. ¿Qué quiere?, era la venganza del pobre, generalmente de los gauchitos pitucos que se les animaban a las buenas mozas comprometidas. ¡Ahh! Casi lo olvido: tampoco faltaban las brujerías ni las ataduras con San La Muerte. A éste les achacaban las enfermedades más feas que hacían reventar por dentro y escupir rollos de pelos hasta quedar secos como sapos al sol. Así le ocurrió al Anselmo, ¡pobre!, que se le atreviera a la mujer de Esculapio Funes, el intendente, un desgraciado de primera hora. Aseguran que, (aquí somos pocos y nos conocemos todos, vio) el tipo no le dijo nada ni le hizo ningún lío a la mujer; después de todo lo tenía zumbando y hacía con él lo que quería. Lo hizo engualichar con la vieja Anastasia Curcuy, que dicen es la mejor “pá” los maleficios, señor. Sufrió como un desgraciado hasta quedar tullido, pobrecito. Cuando murió todo el mundo se enteró porque ese mediodía el cielo se oscureció y de la nada cayó un rayo sobre la casa de Esculapio que perdió el habla para siempre. Al final, la mujer fue la única que ganó: se quedó con todos los bienes del intendente a quien al poco tiempo debió enterrar también. Muy fiero, eso, don, dijo, antes de chasquear la lengua. Perdió la mirada hacia los corrales, donde alguno ensillaba un zaino, y continuó:
- Por eso, para blanquear un poco las macanas que ocurrían cada fin de semana, aquel viernes, recuerdo, todo el mundo iría a la fiesta patronal. A excepción de uno que otro viejo renegado al que ni un perro movía la cola de alegría, nadie permanecería en la estancia sino hasta el día siguiente. ¡Era un mar de tristeza, mi amigo, (hasta el silencio hacía doler los oídos) quedarse solo en los galpones, ni bien se ocultaba el sol! Los perros aullaban de la peor manera y ponían los pelos de punta hasta al paisano más corajudo que terminaba alejándose al galope hasta la capilla. A esas horas, a la sombra del algarrobal cercano a la capilla la peonada chupaba y reía hasta que la plata se esfumaba. El fiado de La Donata nunca le era negado a un peón asalariado y mucho menos de La Soledad; así que si uno quería amanecía prendido de la damajuana hasta bien entrado el día.
Alguien dijo que fue el patrón el que se lo pidió como una gauchada; raro, vio, el patrón no pedía nada a nadie: ordenaba y listo. Al parecer fue así nomás. Porque insistió con que Juan era el único que podía darle caza al león que rondaba los corrales de las ovejas desde hacía unas semanas. Comentó que el león no sólo mataba, sino que dejaba en la brisa matinal la advertencia funesta, esponjosa y fresca, que ponía los pelos de puntas a las comadronas que cocinaban de mala gana y se persignaban constantemente. Las viejas eran de esa clase, vio: de las que comen hostias y escupen diablos a cada rato. Ni bien nos sorprendían en la cocina, (de eso no me olvido) nos decían, con las cabezas ataviadas en pañuelos floreados: “El diablo anda suelto, busca almas descarriadas como ustedes, mequetrefes”. Y parece ser que, por eso, (según ellas, claro, que no movían un dedo si se apartaban del mate dulce y el pan casero) se les andaba pasando el guiso que, de carrero no tenía nada y sabía más a masacote quemado.
Juan, antes del alba montó la mulita y desde el galpón lograba escuchar el canto de las charatas que irrumpía en la mañana helada. Tranquilito, tras varios cimarrones, cargó la manta, un retazo de charque y dos chuspas. Sería la última vez que lo viera al “chango”..., esclareció finalmente el paisano, mientras armaba un cigarrito entre los encallecidos dedos. La verdad, que lo ocurrido a Juan Linares se sabría después, mucho después, de boca de una bruja que dijo haberlo visto vagando en la madrugada…
“La mañana está fresca y aguijonea sobre la espalda de Juan Linares que va dejando tras sí un rastro de inexplicable excitación. El patrón se lo pidió y no le pudo decir que no, qué iba a pensar de él, encima…
La yunga, a medida que avanzaba cuesta arriba se volvía, esponjosa y opresiva, acuciado por la incipiente neblina que de a poco comenzaba a cubrir el sendero que ahí nomás se perdía. Los tordos sobrevolaban encima y uno que otro loro garreó de repente en lo alto del quebracho.
-¡Qué raro, parecen querer decirme algo estos bichos!, cavilaría confundido, el joven. Al hombrecito le gustaba remarcar su doble apellido, herencia de Lisandra (Encarnación Petronila Encomendada) Arias Linares, descendiente de antiguos salteños güemesianos, ultimados a sablazos en refriegas patrióticas.
Sintiendo bajo las piernas el calor de la mula recordó a don Miguel que no por nada, habría de convertirse en el soberbio amo de la estancia La Soledad, entre Metán y Grl. Guemes. El hacendado, ciertamente, la manejaba con puño de hierro y nadie lo cuestionaba. Siempre se comentaba de cómo había logrado hacerse de incalculables leguas de campo y atesorar semejante fortuna. Su mujer, la más linda y donosa de la zona, llegó a guiñarle atrevidamente el ojo la tarde anterior, a espaldas del viejo que era jodido con los atrevidos Así le había ocurrido a Atencio, que hasta le tiró un puntazo por no sé qué cuentas y recibió un mar de rebencazos hasta pedir clemencia, escupiendo sangre a borbotones. A otros peones, directamente, se los tragaba la tierra. Nadie preguntaba por los hijos de nadie, esos que nunca faltan en ningún campo y si dejan la osamenta en cualquier paraje, nadie los extraña, como si jamás hubiesen existido. Al final, muertos de odio por la suerte del patrón la peonada terminaba diciendo:“¡Billetera mata galán, canejo!”, conformándose con desnudarla con la mirada, ni bien la veían aparecer, aspirando la fragancia a rosas del jardín bajo los rayos del sol sobre su piel aterciopelada, sonriendo a todos, como una preciosa y famosa estrella del cine que ninguno conocía.
-“¡No sea sonso mi amigo, déjese de pensar en pavadas y en mujeres que no le corresponden!”, mascullaría para sus adentros, Juan Arias Linares, sin dejar de taconear los ijares de la mulita y percibir la frialdad punzante del cuchillo resguardado en la cintura. Atrás quedaba la última tranquera y con ello la seguridad de la estancia con la perrada.
Con asombro pudo verlas: desde los molles y cedros volvían a descolgarse las enredaderas, helechos y epífitos con la frondosidad majestuosa que prodiga la yunga. Las orquídeas abundaban y coloreaban los alrededores y la neblina no dejaba de cernirse como lampalagua al acecho. De repente, el canto de los pájaros comenzó a decrecer hasta reinar el más desconcertante de los silencios. La mula corcoveó y bufó. Contrariado, el jinete, soltó las riendas y los herrajes tintinearon en la hondura viscosa del follaje. La mula se resistía a avanzar. El chillido, como de chancho acorralado, surgió de la nada…
Eeeehhhhiiiiiiijjjjj, eeejjjjjjjj
Tal vez de la formidable tipa o del algarrobo retorcido y acicalado de musgos y enredaderas, cuando no de los sotos que descendían en cataratas, escupiendo formidables arañas pollitos, brotaría lo que removió las sensaciones más primarias del jinete. ¡Pobre gauchito! Apenas si lograría mantenerse encima de la mula que no dejaba de cabecear, escupiendo coces y bufando. Y otra vez el chillido, Juan empuñó el cuchillo, pensando en su antiguo linaje, que derrochaba decisión y coraje. El chillido, los ruidos, todo era ensordecedor y confuso que hasta el monte giraba en derredor. Una sombra, un espanto, quizá, se desplazaría raudamente metros adelante hasta confundirse con la niebla y perderse en el quejoso ramaje. Y recordó, ¡claro que la recordó!: la voz del patrón tronaría en sus tímpanos como una maldición. No pudo contenerse y gritó desesperado: “¡El Ucumar!”
Y otra vez el patrón: “¡El Ucumar existe, si se le aparece, no se le ría ni lo nombre…!”. Fue una orden, lisa y tajante lo que habría de estallar cual feroz latigazo en sus tímpanos. En el fondo cualquiera hubiese dudado y hasta rechazado el pedido del patrón, ¿pero él, justo él, un Arias Linares…?
Se preguntó dónde estaba, la oscuridad todo lo cubría. Parecía una cueva taponada, tufos a encierro, a grasa hervida y osamenta brotaban de cada hendedura del indescriptible escondrijo. Ni bien comenzaba a habituar los ojos a la cerrazón y revelar las paredes vacías habría de descorrerse repentinamente la piedra que tapaba la entrada a la cueva. Algo, gruñó, era enorme y grotesco y cubrió la luz. Al volverse la piedra a su lugar volvieron las tenebrosidades a la caverna y segundos después, una mano lo arrebataría sin darle tiempo a nada. Los brazos y las piernas, gruesos, peludos y musculosos, no dejarían de aprisionarlo contra el suelo, rocoso y helado.
Pudo sentir los pechos enormes que le quitaron hasta la respiración, como la blandura y los gruñidos que lo envolvían con frenesí junto al aliento, y la baba pestilente bañándole el rostro. De nada le serviría resistirse. Porque su grito, como un lamento en la lejanía agonizaría entre las oquedades desamparadas de la yunga.
Allí, en algún punto de las serranías, nadie oiría ni siquiera el susurro de una chicharra adormilada; ni el canto del grillo ermitaño en la noche oscura; ni siquiera el suspiro atrevido que despertaba en él la patroncita que se contoneaba en el jardín y le mostraba los pechos como fruta jugosa y fresca en la alborada, sabiendo que todos la miraban con ojos de buitres. Cosas de las que solía gozar en la estancia, vio, Juan Arias Linares, ciertamente, con la peonada, entre bromas y mate amargo, a escondidas del patrón.
-¡Cómo le dije!: don Miguel, fue quien le comentó que en la zona rondaba “La Uca”. Siempre lo supo el muy ladino, no por nada cada año se perdía un peón. Jamás habría llegado un león a la estancia. El patrón (de bobo no tenía nada, se lo aseguro), también lo supo al sorprender a Valeria sonriéndole a Linares, guiñándole un ojo, aquella tarde, mientras le daba la espalda. El orgullo del muchacho hizo el resto…
-¡No lo nombres!
Juan Arias Linares, nunca lo hubiese creído.
Glosario: Ucumar: del quechua: oso. Dícese del personaje mitológico proveniente de Bolivia, sur de Perú y norte de Argentina, a quien se le atribuye una forma humanoide, mezcla de humano y oso. Existe la creencia de que son peludos, de frente chata y a veces tienen barba larga. Cuando es mujer se le dice “Uca” (Ucumara) y tiene por costumbre llevarse a los hombres que elige en sueños para mancebo. Lo propio hace El Uco, macho, que suele dejar embarazadas a las mujeres o las lleva para que amamanten a sus crías. Si se lo nombra aparece, no se lo debe tomar en broma, dicen, algo que tienen muy en cuenta los campesinos de Formosa, Salta, Jujuy, Tucumán y Catamarca, entre otros, en cuyos territorios, de acuerdo a la creencia popular aparece cuando menos se lo espera.
León: puma.
Chango: en el noroeste argentino es una voz quechua que significa muchacho.
Lampalagua: boa constrictora que habita en zonas húmedas del norte argentino, generalmente en colores negro y amarillo y llega a medir entre tres y cuatro metros de longitud.