LITERARIAS

Don Ladislao Llauco Carrizo, “El Arriero”

Basado en la entrevista a Iván Alfredo Llauco Reinoso (*Iván Alfredo Llauco Reynoso, nacido el 25-08-68. Región de Atacama- Copiapó. Autodidacta en Historia Regional- Cronista- Reside en Copiapó- República de Chile)
sábado, 1 de junio de 2024 13:44
sábado, 1 de junio de 2024 13:44

La ruta del Copiapino. (1ra parte)

          El artículo es un tributo a los valientes arrieros y surgió gracias a la inquietud de un espíritu vivaz, de alguien que sumido en la mas pura reflexión desde las estribaciones de La Ramadilla, Piedra Colgada, en el mar del silencio, el canto de los grillos y los cerros perpetuos donde reside, del otro lado de la cordillera, hubo de preguntarse acerca de los orígenes de su apellido: “Llauco” o “Yauco”, según la acepción originaria o castellanizada.

          Sin dudas que la respuesta que habría de hallar lo transportó desde su Chile natal hasta un Saujil de Tinogasta, austero, silencioso, de agua cristalina, durazneros y viñas fragantes, de fines del 1800 donde viniera al mundo un personaje clave: don Ladislao Llauco Carrizo, a quien denominaremos “El Arriero”.

       Acerca del nombrado el propio Iván, descendiente directo, ilustrará con inocultable orgullo de una sangre chileno-argentino bravía, recreando la historia en cada palabra, en cada párrafo y página, con un entusiasmo realmente admirable; historia genuina y casi olvidada, de familias de oficios rurales de otrora que, con coraje y temeridad inquebrantables las impulsara a enfrentar la adversidad en una cordillera de Los Andes, arisca y sombría, con secretos milenarios, quebradas inciertas y peligros a cada paso, para quien no la conoce.

          Dice Iván Llauco Reinoso, que su abuelo, “el arriero de Los Andes”, don Ladislao LLAUCO CARRIZO se habría trasladado a lomo de mula desde el pueblo de Saujil, Dpto. Tinogasta, en la provincia de Catamarca, Argentina, hasta la hacienda conocida como “Los linderos de La Ramadilla”, República de Chile, hoy conocida como “Piedra Colgada”.       

          Ciertamente, la cordillera de los Andes nunca fue para cualquier aventurero desprevenido aunque sería periódicamente recorrida por los muleros que, provenientes de apartados e ignotos rincones fronterizos del noroeste argentino, no dudarían en lanzarse a genuinas hazañas en procura de oportunidades laborales y tierras por conocer donde afincarse. 

          Las inconmensurables distancias no atemorizaban a aquellos hombres, de ceños fruncidos y mirada filosas a la hora de aventurarse a la tierra de los duendes de la nieve, para cruzar la temible cordillera de Los Andes. A la hora de descansar nunca les faltaba una tapera improvisada o yuyos como “monte blanco”, “arca”, “incayuyo”, “lampaya”, Etc. para mitigar los dolores del trajín y la puna, sin olvidar jamás la encomienda a La Pachamama y al Tata Inti. No se podía obviar las nevadas y los fríos más crueles imaginables, ni bien precipitase el otoño hasta bien entrada la primavera, con vientos huracanados y cálidos como El Zonda o, en pleno invierno, el letal “viento blanco”, cuyo paso solía dejar sin aviso el tendal de restos de hombres y animales, para sustento de alimañas y aves carroñeras que nunca dejaban de seguir a la espera de que algún ser vivo desfalleciera.

       Aún repiquetea en cierto olvidado fogón de arriero, entre vino patero, tortillas a la parrilla y hojas de coca, las abruptas sendas transitadas por hombres taciturnos y silenciosos, con la aridez e inmensidad de un paisaje andino insondable; díscolo, inasible y brutal, para quienes no desentrañaran los secretos de una naturaleza, bravía e indómita y, sin embargo; majestuosa y seductora, donde pareciese que Dios se regocijara en un paisaje de hermosura sin igual, seguramente para gigantes, como el que aún descansa sobre un cerro de Tinogasta, perenne testigo de la obra divina que deslumbra a propios y extraños, ni bien el sol irrumpe en la lontananza, al solaz de viñas, olivares y acequias de aguas cristalinas.

        No existen dudas de que en aquellos eriales andinos una imperceptible vertiente podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. En la imponencia cordillerana extraviarse era, sigue y seguirá siendo un peligro latente para el desprevenido, aún para días como éstos en que la tecnología dispone del paso humano con GPS y telefonía satelital, sin obviar el acecho  de la temible “puna”, que desorienta hasta al más previsor de los baqueanos, y puede sumirlo en la profundidad de los abismos helados, sin siquiera darse cuenta, para ser uno más de los sempiternos testigos del paso del tiempo eterno.

   Don Ladislao Llauco Carrizo, “el arriero”, un argentino- chileno, fue sin dudas uno de aquellos admirables pioneros, un valiente, fiel estirpe de guerrero con su sombrero “retobao” y porte decidido, de mula bien equipada y ánimo bien dispuesto, con las riendas firmes hacia los peligros cotidianos, cuya baquía trascendería los Andes trasandinos, desafiando tempestades y glaciares, hasta afincarse en Piedra Colgada, donde desensillaría finalmente, su mula, al compás de una vidala que nunca faltaba en sus labios curtidos. Aún se siente soñar entre los valles y quebradas de La Región de Atacama su cajita chayera:

 “Hay vidala, hay vidala, se escucha a lo lejos tu cajita chayera sonar,

  entre valles y quebradas debajo de mi algarrobal” (copla de Iván Alfredo Llauco Reinoso)

  El tránsito a lomo de mula se daba desde el Paso de San Francisco (Ctca) o Pircas Negras (La Rioja) con destino a las salitreras del norte de Chile en procura de prestar servicios en la minería o en las haciendas de la región de Atacama, denominadas estancias o establecimientos agrícola-ganaderos en Argentina.

   En la hacienda de los linderos de La Ramadilla actualmente Piedra Colgada, diversos argentinos, arribarían a la región en procura de trabajo y nuevos horizontes.

        “Según se comentaba en mi familia, dice Iván, por entonces, un señor que provenía de la provincia de San Juan, llamado Domingo Faustino Sarmiento y que luego sería presidente de la República Argentina, en su exilio, recorrería la zona chilena en el año l832, hasta su regreso definitivo a su país a fines del siglo XIX. A eso lo recuerdo bien, porque mi abuelo siempre se acordaba de aquel señor de quien decía que hablaba muy fuerte, montaba a mula sin ningún problema, como criado en el campo o algo así, además de que afirmaba haber sido minero en la mina de plata de El Chañarcillo”

    “Cierto sería también que desde La Rioja, entre mediados del siglo XIX fueron comunes los extensos y lentos arreos de vacunos y mulares por El Paso de San Francisco (Catamarca) y Pircas Negras (La Rioja) para llegar finalmente a los distantes Valles Transversales de la región de Atacama y otros lugares conocidos como La Aguada, La Puerta, Quebrada de Puquios, La Chimba, hacienda Bodega, hacienda Chamonate, y hacienda Toledo, hasta concluir en los linderos de Ramadilla. De allí, muchos de los viajeros serían trasladados a las salitreras del norte de Atacama, cuando no a la arriería Hacendal donde los mismos arrieros serían contratados para trasladar cuantiosas remesas de ganado a otros puntos del país. El oficio era sin dudas admirable, ya que pese a lo dificultoso de cada viaje los arrieros debían afrontar en diversas épocas del año el sorteo de las sendas durante más de las cincuenta leguas que separaban las localidades copiapinas de las catamarqueñas y riojanas.”

   “El tránsito fue permanente, especialmente durante los años 1869, 1895, 1915 (viaje de Ladislao Llauco Carrizo) hasta 1960-70, un siglo desde provincias como La Rioja y Catamarca hacia los valles de Copiapó y Huasco, cuyos vestigios aún perduran en refugios de piedra y adobe para arrieros en Pastos Largos, Cazadero Grande, Las Angosturas, Etc. Ellos mismos los construían en su paso, con previsiones de leña, yuyos, habitaciones de libre acceso con fogones y agua dulce (río Guanchín en el lado argentino).

   “A eso muy bien lo asevera y explica una vecina de Saujil, doña Juana Arminda Quiroga Vda. de Pereyra, sonrisa mediante, considerada “la historia viviente del lugar. A quien le pregunte ilustrará con fechas, nombres, sucesos y lugares de manera admirable. (Ver foto junto a su hermana Elina Quiroga e Iván Llauco Reynoso en Saujil-Tgta)”

   Los apellidos que aún persisten en diversas poblaciones argentinas de La Rioja y Catamarca (también del lado chileno) y que muy esporádicamente podemos descubrir en alguna solitaria calle son Llauco Reinoso, Pereyra, Sosa, Iturrieta, Carrizo, Paz, Chanampa, Morales, Castillo Gaitán, Quiroga, Godoy, Cruz, Cordero, Cerezo, Fría, Ochoa, Ponce, Zambrano, por mencionar algunas, algo que, indudablemente, nos hermana con lazos de sangre, subsistiendo en la región las costumbres, tradiciones y acervo cultural en general a través del arte, la música con coplas, vidalas y cajas, sin dejar de lado el arte del arriero, con monturas, lazos y utensilios varios.

      Iván Llauco Reinoso asegura que su abuelo Ladislao habría nacido en el pueblo de Saujil de Tinogasta (Argentina) en el año 1895. Sus padres habrían sido Francisca Carrizo y Félix Llauco y desde muy chico habría de forjarse en el arreo de ganado vacuno y mular, (común por entonces en el departamento Tinogasta debido a la actividad comercial que consistía en “el trueque”) siendo el oficio por antonomasia que mantendría hasta el fin de sus días, muy lejos ya de su Saujil natal, cuyo lugar siempre recordaría al compás de una vidala, o a orillas de cualquier fogón, con la mirada vidriosa, hundida hacia la imponencia de Los Andes, mientras los nietos no perdían ni una sola palabra que brotaba de sus labios, en la más completa emoción.

    Fue en el año l915, agrega Iván, en que el abuelo habría cruzado los valles transversales de la región de Atacama (Chile) para llegar a la hacienda de Piedra Colgada. Lo hizo junto a sus hermanos menores: Antonio Llauco Carrizo, Félix Llauco Carrizo e Ignacio Llauco Carrizo y los hermanos Lezcano que provenían del pueblito de Belén, tras un largo y penoso viaje en el que trasladaron un numeroso arreo vacuno y mular. Los arreos siempre serían continuos, el trueque era el engranaje comercial de toda la región y fue la semilla de mucho movimiento humano, algo que además del sustento familiar les permitiría viajar durante meses, no solo por Chile y Argentina, sino también por Bolivia y hasta Perú, en cuyas minas se requerían ganado vacuno y mular. Mi abuelo Ladislao fue un verdadero pionero junto a otros arrieros como don Santiago Olmedo, don Tino Perea y otros de apellido Chayle de Fiambalá, por mencionar algunos. Don Ladislao Llauco Carrizo falleció en l959.

Familia:

Ladislao Llauco Carrizo (1895-1959)

Esposa: Feliza del Carmen Valdez Arredondo.

Hijos:

Hugo Llauco Valdez

Modesta Llauco Valdez

Félix Llauco Valdez

Francisca Llauco Valdez

Carlos Llauco Valdez

Elisa Llauco Valdez

Jorge Llauco Valdez

Nidia Llauco Valdez.

Nieto: Iván Alfredo Llauco Reinoso.

    “Se sabe que Los Llauco Carrizo desde fines de 1800 fueron forjadores de pueblos como Saujil y Fiambalá y hasta se dice que abrieron una senda hasta lo que hoy se conoce como Termas de Fiambalá junto a otras familias cuyos apellidos aún perduran en descendientes en la zona argentina. Cabe mencionar que las aguas de las termas son conocidas a nivel mundial por sus propiedades curativas”.

OBSERVACIONES:

***El cementerio de los arrieros (hoy en desuso) es el lugar donde descansan los restos de la mayoría de los antiguos arrieros de Fiambalá y Saujil de Tinogasta. Aún puede observarse en ciertas lápidas oxidadas las fechas que datan de fines de 1800 y principios de l900. Los apellidos de los sepultados son recurrentes como los que mencionara Iván Llauco Reinoso.

EL CEMENTERIO DE LOS ARRIEROS:

   Está aproximadamente a un kilómetro de Fiambalá sobre la ruta Nac 60 hacia el Paso Internacional San Francisco. Data del año l875.

   En el lugar descansan los restos de familias antiguas de Fiambalá, especialmente de los antiguos arrieros que por aquellos años trasladaban vacunos desde Fiambalá, Saujil, Medanitos, La Rioja, Etc, hacia el vecino país y otros puntos de la República Argentina.

  (Por Prof-escritor Guillermo Antonio Fernández (Fiambalá-Ctca-Rep. Argentina)