A mediados de la década de los años’30 el ACA balizó y colocó miles de carteles. Eran de hierro, de forma rectangular, fondo de color blanco y letras y números de color negro. Estos trabajos se hicieron bajo la supervisión del Ingeniero Hernán Amavet, funcionario del área técnica del ACA que supo relatarnos sus andanzas por toda la República.
Con posterioridad y a comienzos de los años ’60 se iniciaron trabajos de señalización en rutas empleando carteles reflectantes de color verde con textos en color blanco y aplicando en el pavimento una suerte de cinta también de material reflectante de color blanco y en ciertos lugares de color amarillo. Son las que se pueden ver en la actualidad pero “debutaron” en la autopista Rosario-Buenos Aires hace casi medio siglo. Estábamos ingresando en la era de la tecnología más moderna en lo tocante a seguridad vial.
Fue en esas época cuando conocimos unos dispositivos que consistían en unas franjas de material asfáltico, de dos centímetros de espesor, quince centímetros de ancho y separadas entre si por un par de metros. Ocupaban media calzada solamente. Pronto serían bautizadas como “despertadores” o “tablas de lavar”. Al transitar sobre ellas el vehículo trepidaba sin dañarse.
Personalmente, teníamos que respetar estos dispositivos a partir que tripulábamos un pequeño “ratón alemán” de aeronáutica estirpe: un Heinkel con motor de 4 tiempos de 200 centímetros cúbicos. Una joya que costaba setenta mil pesos de esa época y que en Córdoba eran vendidos por la agencia de Don Domingo Marimón.
Con esos “despertadores” se advertía a los automovilistas sobre la inminencia de un cruce de caminos, un paso a nivel, un puente angosto, etc.
A poco de ser instalados en numerosos lugares aparecieron los “genios del volante”, los “piolas”, que le explicaban a “la gilada” cómo transitar sobre estos elementos sin que el auto vibrara. Era cuestión de “viajar” al “re-mango”, “a la tabla”, “a fondo”. “al taco”. Por cierto que con esa “técnica conductiva” hubo muchos accidentes, algunos de gravedad y en su mayoría en los pasos a nivel.
Los actuales reductores de velocidad están prohibidos en las rutas nacionales pero lo más grave es que están mal diseñados, mal instalados y mal señalizados. Son disposiciones que adoptan las autoridades comunales sin ningún asesoramiento responsable. Están pensados para recaudar y no para educar. Los damnificados no siempre reclaman para evitar pérdidas de tiempo y discusiones.
Cabe esperar que a la brevedad se haga presente alguna autoridad vial que tome cartas en este asunto antes que haya que lamentar hechos desagraciados.