Sobre “coyas” xenófobos, “yutos” fascistas y otras preciosuras

Los lamentables sucesos del Parque Indoamericano han rasgado la tenue piel que cubre el racismo argentino, han brotado impetuosos los borbotones turbios de la xenofobia nacional.
lunes, 20 de diciembre de 2010 00:00
lunes, 20 de diciembre de 2010 00:00

Nos jactamos de ser un país “no racista”. Es uno de los tantos mitos que repetimos sin pensar. Porque el concepto de “negro de mierda” no es sólo patrimonio de las clases altas y medias de la Capital Federal, lo que si no es justo, al menos tiene cierta lógica. Luego de 33 años de vivir en Fiambalá, hermosa porción de la Argentina “profunda, telúrica y ancestral”, a mí me sigue sorprendiendo la reacción de algunos lugareños que son “clase media para abajo”. Muchos, con evidentes rasgos aborígenes, suelen insultarse y menoscabarse, llamándose “coya”, “yuto”, “indio”. Ni hablar de su opinión sobre los pobladores de más al norte, y del desprecio que sienten por los “bolitas”. A pesar de que durante 500 años les han vendido espejitos de colores, parece que nunca los han usado para mirarse la cara… o peor aún ¿qué verán al mirarse?... No me sorprende que los europeos sean xenófobos y fachos, la canciller alemana Merckel, el tano Berlusconi, el francés Chiriac, etc. porque la mayoría de los países europeos han sido salvajemente colonialistas y explotadores. Llevan en su sangre la idea de “la raza superior”. Pero que esa misma mentalidad la tengan algunos lugareños Fiambalenses es solo explicable por el grado de colonialismo mental a que hemos estado (y seguimos estando) sometidos los latinoamericanos. Uno hasta puede no sorprenderse de que un Macri, blanquito, rubio, de ojos claros, hijo de inmigrante, ¡pero inmigrante europeo!, sea un facho xenófobo, eso entra en el ámbito de lo esperable. Pero yo aquí, en la tierra donde cabalgó Felipe Varela, escucho cosas delirantes: peones aindiados insultándose por “yutos” y “coyas”; una conocida comerciante local, cuyo apellido figura en la obra “Toponimia catamarqueña” de Lafone Quevedo y que es el de una tribu tinogasteña muy importante, replicándome ofuscada: “Yo no tengo nada que ver con esos indios”. Una nativa de aquí, blanca y de ojos claros, una “gringa” de mente obtusa y “bruta como un arau” (Larralde dixit), a la que le es imposible hablar sin despreciar permanentemente a “estos yutos, estos coyas”. Conozco un alto funcionario local que se complace en abrazar y besar a “La raza sufrida” (no creo que haya leído más allá del título del librito), y que les soba la espalda porque necesita de sus votos, pero apenas algo le disgusta despotrica contra “estos coyas brutos”. He escuchado a un guitarrero local entonando “Indio toba” y “Todas la manos, todas, hermano americano”, y ahora opinando que hay que echar a todos los extranjeros (latinoamericanos) que vienen a robarnos nuestro trabajo… ¿escuchará lo que canta, entenderá lo que dice la letra?  Diagnóstico: ¡cerebro acaquizado al mango! Tres décadas atrás, cuando vine, creía en eso de “la memoria colectiva de los pueblos, la persistencia de la tradición oral”. Por aquel entonces le pregunté a la cocinera del hospital si tenía algún parentesco con Facundo Quiroga, por su apellido: “No tengo nada que ver con esos bárbaros”, fue su áspera y desconcertante respuesta… Las neuronas me entraban en cortocircuito, me saltaba el automático: ¿Dónde estoy viviendo?... ¿Estaría tal vez en París o en Nueva York, en vez del oeste catamarqueño?... Tenía en mi consultorio una imagen de Felipe Varela, y le preguntaba a algunos pacientes si sabían quién era…Sólo un centenar de años atrás Felipe era el gran caudillo de estas zonas, el último abanderado de la “Unión Americana”… aquí nadie, nunca jamás, reconoció su imagen, ¡era tristísimo!, solo a algunos les sonaba el nombre por la zamba reaccionaria. Era el triunfo total del genocidio mitrista, no sólo el exterminio físico de los criollos rebeldes del interior sino también el exterminio total de la memoria colectiva. La falsa oposición sarmientina “Civilización y barbarie” caló hondo en el ser argentino y soldó las cadenas de nuestro coloniaje mental. Mitre y Sarmiento fueron los Videla y Massera del siglo XIX, los responsables del genocidio de los criollos del interior, mucho mayor que el más visualizado exterminio de los pueblos originarios, pero que en la escuela no se enseña como tal, se lo menciona pudorosamente bajo el título invisibilizante de “guerras civiles”. Los genocidas del siglo XIX son respetables próceres para los niños argentinos, así se ha moldeado nuestra mentalidad colonizada. Sarmiento despreciaba y odiaba a los indios y a los criollos, y admiraba servilmente a los anglosajones. Mitre alababa el mito de “la función civilizadora del capital extranjero”. Esa es la mentalidad cipaya que nos han inculcado ¿cómo no ser fachos, xenófobos y vendepatrias?... Hablaba en estos días con un tostado lugareño de los últimos sucesos, y para él Macri tiene razón, ¡qué tienen que hacer aquí esos bolivianos, paraguayos, chilenos, peruanos…¡que se vuelvan a su país, son delincuentes, ladrones, vienen a robarnos, y encima les tenemos que dar plata, los subsidiamos! (según mi interlocutor). Le comento que, en todo caso, los mayores subsidios no van a los bolsillos de humildes hermanos latinoamericanos, sino a otros muy adinerados y mucho más extranjeros: canadienses, yanquis, etc. Los mayores subsidios del Estado Argentino son para las megacorporaciones mineras, la “inseguridad ciudadana” empalidece frente a la “inseguridad de nuestros bienes comunes y de nuestro medioambiente”, gracias a la “seguridad jurídica” que nuestras leyes garantizan al gran capital transnacional. El gran robo del siglo no es el del Banco de Acasuso, sino el que sufrimos día tras día cometido por la megaminería, les pagamos para que se lleven gratis nuestros recursos no renovables y como “efecto colateral” nos contaminan el medio ambiente y nos agotan el agua. Y eso con un gobierno  nacional y popular, ¡cómo sería si fuera entreguista!... Me doy cuenta de que al hombre no le cae la ficha. No sabe de qué le estoy hablando, no entiende por qué habré “cambiado de tema”. La xenofobia es como la meada, cae siempre para abajo, sobre los que están socialmente peor que nosotros. Siempre “la culpa” es de los más vulnerables, lo mismo pasaba en la época de Jesús, cuando terminó crucificado por subversivo contra el Imperio Romano. Le hablo de mi admiración por Evo Morales, uno de los mejores presidentes de toda la historia latinoamericana, pero mi broncíneo interlocutor opina que el Evo no es más que un indio analfabeto, no entiende como “un dotor” puede pensar así!... Y es tan sólida, inmodificable y pétrea su convicción que me termina convenciendo: ¡Má sí! ¡Tiene razón! ¡Estos yutos, estos coyas, son brutos incurables! ¡El mejor ejemplo lo tengo delante mío! ¡No hay peor yuto que el coya renegado!...

 

    Dr. Mario H. Di Rienzo 

           DNI 7.986.483      

 Fiambalá  – Dpto. Tinogasta 

   Catamarca - 19/12/2010

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