No sería extraño que el número de perros callejeros haya aumentado en los últimos tiempos por una suerte de “crecimiento natural” sin perjuicio de que parte de ese aumento tenga que ver con la irresponsabilidad de vecinos que arrojan animales a la calle que quedan librados a su suerte.
En este asunto existirían varias facetas a ser consideradas. Una de ellas se relaciona con lo estético: el aspecto lamentable que presenta un ámbito de la ciudad poblado por una enorme cantidad de perros que hacen sus necesidades en cualquier parte y brindan su consabido espectáculo cuando aparece una perra en celo.
Desde el punto de vista sanitario estas jaurías corren el riesgo de contraer diversas enfermedades susceptibles de ser trasmitidas al hombre, como el caso de la sarna y la hidrofobia o “rabia canina”.
Con frecuencia y con motivo de algún incidente protagonizado por estos perros surgen proyectos destinados a procurar soluciones. Una de las más comunes propicia la eliminación lisa y llana de los animales sacrificándolos masivamente cosa que de inmediato provoca la reacción de instituciones que se inscriben en la “Ley Sarmiento”, la protectora de animales en general y que también se ocupa del “mejor amigo del hombre”.
Hay algunas instituciones que reciben animales retirados de la calle –por lo general enfermos-, y subsisten merced a contribuciones voluntarias de la gente que no siempre colabora decididamente con estas obras basadas en los buenos sentimientos y el amor por los animales. Suele ocurrir que sus integrantes se convierten en cobradores de cuotas, cosa que insume más tiempo de lo aconsejable.
Tal vez resultara conveniente organizar instituciones que se ocupen de recibir perros y gatos abandonados. Donde sea factible prestar atención por parte de médicos veterinarios y como contraprestación, disponer algún tipo de subsidio destinado al mantenimiento de esa suerte de “hogares” capaces de alojar en condiciones higiénicas a estos seres vivientes con quienes compartimos el planeta, contemplando la posibilidad de habilitar hogares en distintos puntos de la ciudad, con preferencia en áreas periféricas por obvias razones.
Sería conveniente disponer una campaña de vacunación antirrábica a través de la cual ejecutar un censo y clasificar adecuadamente la población canina. Eso sería útil para organizar el manejo tanto de los animales sin dueño como los que viven en hogares de los vecinos. Todos merecen ser correctamente atendidos y alimentados.
A nivel comuna, ésta sería tarea de los concejales que podrían contar con asesoramiento técnico por parte de los profesionales existentes en Catamarca y –a no dudarlo-, los amantes de los animales también participarían de una movida destinada a poner punto final a un problema que requiera máxima atención por parte de las autoridades en general.
Hay que salir del evidente estancamiento que campea en todo esto y mostrar interés solidario en algo que tiene que ver con la calidad de vida, bastante deteriorada en estos tiempos. De última, analizar la posibilidad de imitar a los Guanches, primitivos pobladores de las Islas Canarias. Con anterioridad hemos señalado que ese nombre no obedece a la presencia de pájaros cantores de color amarillo, sino a la gran cantidad de canes que poblaban las islas. Existe un dato poco conocido y es que los Guanches se alimentaban comiendo perros castrados. Esa condición hacía que la carne fuera tierna y de sabor agradable. Nuestro vuelo imaginativo finaliza ante una antigua expresión según la cual… ”Sobre gustos no hay nada escrito…”