Los operativos de control –especialmente los que se hacen los fines de semana-, permiten secuestra importantes cantidades de motocicletas cosa que ocurre tanto por problemas en la documentación del rodado como por la ausencia del casco protector o, a veces, por exceso de personas encaramadas en uno de estos vehículos. Y también por ebriedad.
No obstante la realización de operativos de control, sigue habiendo muertos en su mayoría por graves traumatismo de cráneo -evitables por cierto-, si el accidentado hubiese llevado el casco famoso.
Entonces no queda otra: el sistema en uso en la actualidad no funciona. Con multas redimibles con plata la cosa no resulta positiva. Es evidente que hay que estudiar otro tipo de sanciones y sobre el particular nos permitimos reiterar una sugerencia publicada hace unos meses: privar del uso del vehículo a los infractores por lapsos relacionados con la gravedad de la infracción. Sin alternativa en lo tocante a satisfacer la multa y sin mengua de confiscar un vehículo por varios meses si viene al caso para sancionar a reincidentes.
Es materia de trabajo para los legisladores que deberán tener en cuenta que en el último año hubo un aumento del 10 por ciento en el rubro accidentes.
Vale aclarar que si el siniestro era evitable, no fue un “accidentes”.
Suelen decir que “las comparaciones son odiosas” pero viene al caso señalar lo que ocurre en Estados Unidos de Norteamérica con los motociclistas: no están obligados a usar casco Cada cual es dueño de manejarse como le parezca en este aspecto.
Pero hay un detalle que debe funcionar como “freno” para los infractores: la curación de los simples raspones de codos y rodillas ocasionados por un derrape, en un “county hospital” (Hospital municipal) le puede costar –por lo bajo-, 50 dólares dependiendo de la hora y el día. Si es de noche o durante un sin de semana, la “tarifa” sufre un recargo del cien por ciento.
La ejecución de una bota de yeso para reducir una vulgar fractura no expuesta de tibia y peroné oscila entre los 200 y los 500 dólares pero siempre teniendo en cuenta el día y la hora.
Un traumatismo de cráneo –vaya como ejemplo-, puede dejar en la ruina una familia si no cuenta con seguro.
Ocurre que allá el hospital no es gratis, todo el mundo lo sabe y son pocos los que se arriesgan. Allá no sólo duelen los traumatismos o los raspones: también duele el bolsillo.
En cambio acá es distinto: el costo de la atención profesional, más los insumos necesarios los pagamos entre todos y el accidentado no paga nada aunque tenga obras social pues éstas son mantenidas con nuestros aportes.
Es evidente que se trata de un sistema no sólo injusto sino inservible. Y cada muerto que nos acongoje lo estará probando indefectiblemente.
La pregunta sería, pues ¿Cuántas muertes tendrán que ocurrir para que se disponga un cambio de las actuales disposiciones?