La única actividad que se advierte por parte de este grupo consiste en algo así como una letanía: “Una monedita, por favor”, repetida hasta el cansancio y sin mucho éxito.
Lo señalado funciona a contrapelo de algunas medidas adoptadas en los últimos tiempos, tendientes impedir que esta gente se muera de frío en la vía pública. Los alojan bajo techo para pasar la noche y les brindan una comida caliente.
Pero al día siguiente regresan a su “puesto de trabajo” a reiterar –según parece-. lo único que saben hacer: recitar eso de “Una monedita, por favor”.
En busca de una mayor efectividad de su reiterado ruego se muestran acompañadas por niños de corta edad. El número de niños integrando esta escena es importante: a mayor cantidad de chicos mayor recaudación.
Se ha sabido de mujeres rodeadas de niños que eran ajenos, alquilados a otras mujeres para ejercer la mendicidad.
Obviamente, se trata de chicos expuestos a toda clase de peligros que habitan la ciudad sin ningún control y aunque duela mencionarlo, son como los perros callejeros.
Es probable que si se efectuara un estudio a estas personas, saldría a la luz un problema muy grave: la mayoría presentaría indicios de atraso mental, desnutrición y raquitismo.
Ocurre que estas personas no restan dispuestas a asumir un compromiso laboral por modesto que sea. No les interesa cambiar la forma de ganarse la vida. Saben que todo es cuestión de tiempo de permanencia en la calle pidiendo “la monedita” y al cabo de algunas horas “han hecho la diaria”.
La única forma de combatir esta práctica denigrante es no dar “la monedita”. Ponerse firme consigo mismo e ignorar el pedido.
Por otra parte, a esta gente es necesario someterlas a un tratamiento por parte de sicólogos. Alojarlos de noche y darles un plato de comida es tan solo un parche que procura tapar un enorme problema.
Al carecer de hábitos de trabajo apuntan a lo más fácil que forma parte de sus “habilidades” : el recitado en cuestión y la mano extendida sin olvidar que los niños colaboran en este accionar recaudatorio que constituye una verdadera vergüenza y que forma parte de muchas cosas indignantes e injustificadas que nos atropellan todos los días.