No es necesario caminar mucho para detectar un elevado número de niños (y a veces no tan niños) deambulando por las calles o agrupados en una esquina o. como suele ocurrir, reunidos en algún improvisado “caedeero” que con el andar de los días, se convierte en “aguantadero” apto para ocultar cosas robadas, revistas más o menos pornográficas, pegamento y otras drogas.
En estos lugares se genera la sensación de “refugio” por parte de los chicos y sus ocasionales “dirigentes”. Allí se hallan fuera del alcance de la policía y la ignorancia (o falta de interés) de sus padres no llegarán a saber cómo y dónde se ocultan a toda hora del día o la noche.
A nivel comunal y provincial se ha dispuesto programas destinados a los chicos mediante los cuales pueden acceder al conocimiento y manejo de las netbook’s con que fueron oportunamente beneficiados o asistir a piletas de natación. Excelentes iniciativas que demuestran preocupación por los chicos en los ámbitos oficiales pero, lamentablemente, no alcanza. Si se congregan mil o dos mil chicos a a través de astas actividades, con seguridad quedan afuera cuatro o cinco mil cuya única alternativa será –lamentablemente-, la calle, allí donde se profundizan todos los peligros que pueden acechar a un niño.
Y reiteramos un concepto ya señalado en notas anteriores: la protección integral de los niños y jóvenes debe ser una “Política de Estado”. Se trata –ni más ni menos-, de los futuros empleados, profesionales, dirigentes, comerciantes o empresarios de cuya formación somos totalmente responsables si de verdad somos una “comunidad organizada”, solidaria y respetuosa de los “derechos del niño”.
En caso contrario, el oficio más buscado podría llegar a ser el de “carcelero”, destinados a trabajar en decenas de cárceles habilitadas para contener a los que no supimos cuidar, educar y proteger.