Se celebra hoy, nada menos que el nacimiento del Hijo de Dios, el Mesías prometido, el Salvador de la humanidad. Navidad…fecha importante si las hay en el calendario el mundo, tan importante, que este acontecimiento ha significado el inicio del nuevo tiempo, la Era Cristiana que desde entonces comenzamos a transitar hasta nuestros días.
Cuentan los relatos de la fè, que aquella mágica noche, en algún lugar de Judea, una estrella nueva navegaba en el cielo increíblemente cristalino y claro, como si una mano misteriosa empujara las sombras del mal, hacia otros lugares recónditos del universo, para que en la bóveda celeste sólo haya espacio para la luz del cielo. En ese momento estaba naciendo aquel ser capaz de sembrar el amor y producir la reconciliación entre todos los hombres del mundo, cristalizando la Nueva Alianza entre Dios y los habitantes de este valle de lágrimas.
La Navidad no es solamente una noche de festejos mundanos, sino que encierra en su conceptualidad, un cúmulo de estímulos para que la humanidad sepa hermanarse bajo la sombra protectora de un solo Padre universal. No significa el despilfarro material y spiritual, ni la orgía de sentidos que obnubila la razón y el sentimiento, sino más bien una noche de la que debemos beber el elixir sacrosanto que seguramente nos hará cada vez más buenos y nobles, en esta difícil empresa que es el vivir.
Que la llegada del Niño Santo signifique para nosotros el renacer de la plenitud espiritual, del reencuentro de la familia y de la unión de todos los seres humanos que habitamos el mundo. Que la paz se pose en cada mesa y después del brindis, saldremos a expresar nuestra felicidad, quizás hasta el amanecer, y cuando los rayos del nuevo sol nos iluminen, estaremos conscientes de que hemos sentido verdaderamente a la Navidad, porque vimos en nuestro hermano, a alguien a quien amamos.
Para todos nuestros lectores…¡Paz y bien en esta nueva Navidad!