Más todavía cuado ya adultas las mujeres son obligadas a vestir el “chador” que no permite que ninguna parte de su cuerpo sea visible a los ojos de los hombres pues eso está considerado como un deshonor para la familia.
Podrán decir que se trata de costumbres ancestrales cuyos orígenes se remontan al comienzo de los tiempos. O que la inobservancia de esas normas privarán de ir al paraíso a todos los que incurran en el pecado de no cumplirlas.
Se podrán argumentar muchas cosas pero para los occidentales esos hábitos -además de horrorizarnos-, nos parecerán prácticas propias de bárbaros incivilizados carentes de sentimientos.
Esa es precisamente la impresión que causamos ante el mundo cuando los canales de TV muestran personas quemadas por artículos de pirotecnia durante los festejos de Navidad y Año Nuevo.
Los habitantes de países civilizados no podrán creer lo que ven sus ojos cuando en la pantalla chica se observen niños de corta edad con su rostro desfigurado por el estallido de un petardo “trucho”.
En la mayoría de los países “en serio” el uso de artículos de pirotecnia está prohibido. En Suiza, Suecia y Noruega por caso, se organizan exhibiciones de fuegos artificiales en lugares públicos pero manejados por expertos en explosivos y fuegos de artificio.
En nuestro país, ya son varios los lugares donde se ha prohibido la venta de pirotecnia tanto autorizada como “trucha”. Entre esos lugares cabe destacar la ciudad de Bahía Blanca y la comuna de Lomas de Zamora en el conurbano bonaerense.
En forma paulatina, las autoridades van tomando conciencia de los peligros que encierra el uso indiscriminado de pirotecnia. El afán de lucro de ciertos sujetos permite la venta de material clandestino pese a los accidentes que ocasionan esos elementos.
Cabe desear que en un futuro cercano los gobernantes catamarqueños se coloquen del lado de los países civilizados y dicten normas que no permitan -en forma definitiva-, el consumo de pirotecnia en todas sus formas.
Festejar, pero civilizadamente, es posible.