€ŒVIVIENDAS INDUSTRIALIZADAS€

¿El futuro en materia de viviendas?

Observando imágenes relacionadas con el terremoto de Chile y otros desastres ocurridos en distintos lugares del mundo, se advierte que en lo tocante a viviendas -la mayoría de antigua data y otras relativamente modernas-, todas colapsan y se derrumban convirtiéndose en montañas de escombros entre los cuales luchan con desesperación los rescatistas en procura de salvar vidas.
martes, 1 de febrero de 2011 00:00
martes, 1 de febrero de 2011 00:00

También pueden verse estructuras de hormigón armado –vigas y columnas-, aparentemente pertenecientes a construcciones antisísmicas, totalmente destruidas y deformadas con evidentes muestras de no haber funcionado de acuerdo a su diseño, ejecución y finalidad.

Cabe aquí abrir un paréntesis y referirnos a numerosas denuncias que se han registrado-por parte de adjudicatarios de viviendas del IPV-, de serios problemas que presentan las casas a los dos o tres meses de ser ocupadas. Hundimiento de pisos, agrietamiento de paredes, filtraciones en los techos, pérdidas en las cañerías de agua son las fallas más frecuentes sin contar las que se relacionan con ejecución deficiente de fosas, cámaras sépticas y sanitarios en general.

Sin lugar a ninguna duda, se trata de maniobras destinadas a “abaratar costos” que se llevarían ante la ausencia total de controles por parte del IPV. Y esta clase de situaciones nos lleva a dudar sobre la seguridad que pueden brindar los elementos antisísmicos que –supuestamente-, se hallarían incorporados en todas las construcciones que se realizan  en Catamarca por  hallarse ésta en una zona sísmica.

Retornando a los desastres señalados al comienzo de la presente digamos que resulta llamativo-en cambio-, que numerosos viviendas  supuestamente “industrializadas”, permanezcan enteras, sin aplastamientos o colapsos. Oscilan, tambalean, pierden la horizontalidad  pero los ocasionales destrozos son casi irrelevantes.

Lo puntualizado  nos lleva a recordar la existencia -en nuestra ciudad  capital-, de un conjunto de viviendas de madera ubicadas en la avenida Vicario Segura cuya construcción data de hace casi sesenta años y lucen sin deterioros en nuestros días.

Por cierto estas viviendas habrán sido sometidas a algún tipo de mantenimiento por parte de sus moradores y nuestro clima seco aportó lo suyo en lo tocante a la conservación de la madera.

Según datos recogidos en medios especializados, las viviendas industrializadas en las que se emplean maderas de diversa calidad son más caras que las ejecutadas con material cocido, estructuras antisísmicas y losa de hormigón con tejas como cubierta. Pero las primeras se construyen en menos de treinta días y tal vez ésa sea la mayor ventaja a la hora de edificar que presentan estas viviendas: la posibilidad de entrar en posesión del inmueble con mayor antelación que si se tratara de una edificación convencional.

Uno de los problemas que afronta el gobierno es la existencia de “asentamientos poblacionales”, un eufemismo con el que se pretende  ocultar o disimular la presencia –nunca deseada-, de personas carentes de recursos que ocupan predios en los alrededores de la ciudad y levantan verdaderas “taperas” construidas con cartones, algún letrero en desuso, trozos de lona y el “famoso” nylon que suministra el Estado a través de sus organismos asistenciales.

En estos “asentamientos” no hay cloacas, agua potable ni corriente eléctrica y sus pobladores subsisten en condiciones no sólo  infrahumanas sino –también-, indignas, expuestos a todas las contingencias climáticas imaginables.

En esos pseudo “barrios” viven personas que trabajan en diversas tareas, generalmente las denominadas “changas” y en ocasión de efectuar “piquetes” reclamando soluciones para sus problemas rechazan la posibilidad de una vivienda otorgada en forma gratuita y ofrecen pagar por ella.

A la luz de lo señalado tal vez sea oportuno analizar las posibilidades existentes con relación a las viviendas “prefabricadas” cuyos precios son inferiores a los veinticinco mil pesos para una casa de dos dormitorios dotada de todos los elementos que la elevan a la categoría de “vivienda digna”. El plazo de entrega –según datos recogidos en Internet-, oscila en los 25 a 30 días.

Por cierto, los daros consignados en el presente artículo se refieren  a una unidad habitacional y es dable suponer que, encarando la construcción de un número importante de viviendas, los valores podrían ser menores.

Lo importante y de urgente e imprescindible necesidad, es arbitrar soluciones para varios miles de personas que sufren la falta de una vivienda digna que funcione como hogar de una familia en la que se desarrollen los niños bajo un techo seguro.

Tal vez fuera oportuno determinar el monto que adquiere el gasto en concepto de nylon y chapas de limitada duración que deben ser repuestas cada vez que sopla un viento de cierta intensidad, generando una suerte de “calesita” en la que menudean los cortes de ruta y las más variadas protestas ante la falta de respuesta -por  parte del Estado-, a las exigencias de sectores de la ciudadanía que –aparentemente-, son ignorados en sus demandas.

El otorgamiento de una vivienda es una inversión que tiene efecto multiplicador habida cuenta del aspecto que ofrece una “villa” poblada de ranchos y taperas afectando gravemente el paisaje urbano, el  medio ambiente y plurales aspectos de una ciudad.

Nos apresuramos a aclarar –para los partidarios de las viviendas construidas por el sistema tradicional-, que no propiciamos un  reemplazo de éstas por las industrializadas o las prefabricadas. Sugerimos analizar alternativas, evaluar costos, tiempos de ejecución y demás aspectos urbanísticos y estéticos teniendo en cuenta que por menos de dos mil pesos el metro cuadrado se puede acceder a una vivienda susceptible de considerarse como de “alta gama” cuyo plazo de entrega no excede los sesenta días y que una prefabricada apta para cobijar a una familia cuesta menos de veinticinco mil pesos y se levanta en veinte días.

A la luz de la gravísima crisis habitacional que afecta a todo el país y de la cual Catamarca no es una excepción, se aprecia como razonable encarar un estudio meticuloso de posibles variantes aptas para solucionar el señalado problema. Siempre –claro está-, que se dejen de lado los intereses personales, las conveniencias empresariales, las  ocasionales presiones sindicales y todo lo que impida un accionar positivo en beneficio –nada más y nada menos –, que de la gente.

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