A raíz de las copiosas lluvias, la mitad de la provincia está prácticamente incomunicada

Al parecer, está lloviendo lo que no ha llovido en muchos años y el volumen de agua caída produce inconvenientes de variada naturaleza. Desde la vivienda  que se llena de agua hasta medio metro de altura en las habitaciones hasta el derrumbe en La Cébila o la Quebrada de Belén y –fundamentalmente-, la crecida de los ríos que impiden el paso de vehículos incomunicando severamente gran parte del territorio de la provincia.
miércoles, 23 de febrero de 2011 00:00
miércoles, 23 de febrero de 2011 00:00

Y ocurre que ante estos problemas se nos activa el reflejo que apunta a los tiempos perdidos y a los gastos innecesarios.

Como el estadio de fútbol, un vórtice inconcebible que se tragó él solo, una suma millonaria pero desconocida por el pueblo. Dinero ideal para ser utilizado sensatamente en alguna actividad productiva. Pero fue para que se seque el pasto de alto costo que le colocaron y que de puros ignorantes no supieron cuidar.

Y aquel reflejo ya señalado nos acerca a otra pregunta: ¿Cuántos puentes se podrían haber ejecutado con la mitad de la plata que costó el estadio?

No se trata de puentes como el Golden Gate de San Francisco o los “viejos puentes de París” o los más que famosos  de Venecia, el “Ponte Vecchio” por caso.

Se trata de modestos pero efectivos vados construidos con “cajones” de hormigón vibrado y pretensado, de sección rectangular, que se colocan fácilmente en los cauces y permiten el paso de vehículos aún con algunos centímetros  de agua sobre su superficie. También suelen denominarse “alcantarillas” y pueden ser el 70 u 80 por ciento de la solución del problema que ocasiona la crecida de los ríos y arroyos. Con estos elementos se ejecutan también los “puente-vado” o puentes sumergibles. Por cierto, no se trata de “un invento” nuestro sino que los hemos visto infinidad de veces en distintos lugares del país desde hace más de medio siglo.

No ha de faltar algún “técnico” que cuestione esta clase de construcciones por su presunta precariedad pero, mal que les pese a muchos “inyenieri”, estos pseudo puentes funcionan perfectamente.

Otro reflejo que se nos activa es el del helicóptero. Afortunadamente no se dio -en estos últimos casos de aislamiento-, la necesidad de evacuar un enfermo o un herido grave para lo cual nos hubiéramos visto obligados a pedirle prestado un  helicóptero a nuestros vecinos tucumanos o santiagueños. O a los salteños. Todos ellos tienen helicópteros. Santiago está estrenando un Bell 430 igualito al que vino a Catamarca hace un par de años para hacer demostraciones.

Al paso que vamos será menester que ocurra una gran desgracia para que –de una vez por todas-, compren el helicóptero. Para eso están los decretos de ”necesidad y urgencia” y todo lo que se necesita es una firma del Gobernador porque-según se dijo-, el dinero está reservado y disponible.

Se hace dificultoso admitir que subsistan situaciones como las que nos tocó vivir en el año 1977, aislados en Hualfín durante cinco días, con un joven de apellido Llampa con un  ataque de apendicitis y el Director del mini-hospital, Dr Hugo Aseff, sin poder llevarlo al hospital de Belén o a Santa María por impedirlo los ríos crecidos.

Al joven había que operarlo si o si y el peligro residía en que hiciera una peritonitis. Fueron momentos de mucha tensión hasta que llegó la camioneta del correo  abriendo camino y el joven Llampa fue operado exitosamente en el hospital de Belén. El comentario del Dr. Aseff fue más que lacónico: “Si demorábamos una hora más en operarlo, se nos moría de una `peritonitis”

La situación del Oeste catamarqueño -en este y otros aspectos-, no ha variado en absoluto- “Todo está como era entonces”. Pasan  los gobiernos pero los grandes problemas persisten en el tiempo como algo propio del atraso en que viven nuestros hermanos en esos lugares.

Y con la ingenuidad que nos caracteriza, finalmente preguntamos: ¿Hasta cuándo?

 

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