La proyectada ordenanza está perfectamente justificada puesto que si vamos a esperar que la gente, “de motu proprio”, se abstenga de derrochar el agua es algo relativamente utópico porque es una cuestión de cultura. De buena o mala educación. De ser o no solidario. De que nos importe o no que al vecino no le llegue suficiente agua porque nosotros la derrochamos en nuestros hogares.
Las pruebas abundan y están a la vista: gente regando las calles de tierra y sujetos lavando su auto en la vía pública, por no citar sino los casos más protuberantes.
Éstas y otras maniobras son moneda corriente en las redes de distribución de agua potable y se inspiran en el criterio de gratuidad que funcionó durante décadas cuando agua y cloacas dependía de Obras Sanitarias de la Nación, eran muy pocos los que pagaban por estos servicios y nadie reclamaba por la falta de pago. Era todo gratis, “free”, “for nothing”.
Sucede que a diario advertimos pérdidas de agua en la vía pública. Pequeños y a veces grandes cauces de agua que buscan, con singular empeño, el Río del Valle.
Sin ir más lejos la semana pasado los vecinos avisaron de una pérdida muy grande que se hallaba en la esquina de Esquíu y Sarmiento. Y se vieron obligados a reiterar el aviso porque la empresa no solucionaba el problema. Ignoramos si, en definitiva, lo solucionó.
Si en este momento se practicara un relevamiento de todas las pérdidas de agua que hay en la ciudad el resultado sería más que alarmante porque fluyen, diariamente, cientos de miles de litros de agua potable por pérdidas en las instalaciones.
La frecuente excusa es que se trata de cañerías viejas o de diámetro insuficiente, calificables de obsoletas.
Cabe preguntarse entonces, ¿Qué pasa con las inversiones que –supuestamente-, debería efectuar la empresa renovando las instalaciones y adecuándolas a las nuevas demandas?
A modo de anécdota diremos que hay pérdidas famosas o emblemáticas. Que perduran en el tiempo en forma increíble. Que acumulan antigüedad y su existencia se remonta a más de quince años sin que logren detener ese flujo que se disfraza de arroyito pero que en cuanto llueve un poco se transforma en un río capaz de romper un puente, como sucedió la semana pasada en el acceso al Barrio 50 Viviendas CGT.
En la parte alta de ese barrio se inicia un cauce de agua que recorre varias cuadras formando lagunas, charcos de distinto tamaño y –ocasionalmente-, verdaderos pantanos.
En jornadas de mucho calor el cauce merma por imperio de la evaporación. Otras oscilaciones se relacionan con las variantes que se dan en la presión de la red.
Los vecinos han reclamado infinidad de veces en procura de una solución que no llega. Según los dichos de un entendido en la materia (Un ex empleado de OSCa), se trataría de una conexión mal ejecutada puesto que -al decir de nuestro técnico-, “si la hubieran hecho bien no habría pérdidas y nadie se enteraba”.
Es evidente que no existe la capacidad suficiente para manejar un servicio de estas características y eso también tendría que ver con las inversiones, en este caso en recursos humanos.
Con un número insuficiente de operarios recargados de trabajo, no se puede esperar otra cosa que problemas con el servicio. Y es precisamente allí, en Aguas del Valle Sapem, por donde hay que comenzar a poner orden en un servicio de vital importancia. Vale decir; “La caridad bien entendida debe empezar por casa”, como expresa el refrán.