Los vecinos hartos de sufrir la tortura de los ruidos molestos –la música a alto volumen es un ruido molesto y afecta la salud de las personas-,y los incontables desmanes de los borrachos que han llevado a los pobladores del sector a protagonizar un enérgico reclamo en busca de respeto a su derecho a una vida sin sobresaltos, han configurado un cuadro en el cual la municipalidad capitalina ha quedado como “el jamón del sándwich”.
Y durante las alternativas con marchas y contramarchas que se fueron dando a lo largo del tiempo, hubo momentos en los cuales pareció que los munícipes no sabían qué rumbo tomar presionados-tironeados como estaban por dos “fuerzas opuestas”: los vecinos por un lado y los comerciantes por el otro con algún ocasional y disimulado apoyo por parte de personal municipal y, obviamente, de los borrachitos. Cada uno defendiendo “sus derechos”. Que en el caso de los empresarios son harto discutibles pues nadie tiene derecho a arruinarle la vida al prójimo.
Siempre hubo esta clase de problemas que, por lo general, se caracterizan por una total falta de respeto hacia el vecino que habita en los barrios residenciales como es el caso que motiva estas líneas.
Uno de los problemas más recientes y entre otros tuvo lugar con el famoso “Cosquín Rock”. Las protestas de los vecinos absolutamente justificadas por el estado lamentable en que quedaba la ciudad luego de estos “encuentros” terminaron por decidir al D.E.M. cosquinense a no permitir la realización de nuevos festivales.
Rápido de reflejos, el empresario “rockero” hizo un convenio con el Aero Club Cosquín y la municipalidad de Santa María de Punilla. Cabe aclarar que el Aero Club posee su aeródromo en Santa María de Punilla, distante cinco kilómetros de “La Capital Nacional del Folclore”. Alrededor de cincuenta mil amantes del rock configuraron un exitoso acontecimiento que se desarrolló sin problemas en un predio de uso aeronáutico.
En Archivo conservamos datos relativos a la “mudanza” que tuvieron que hacer los “alojamientos por hora”, (“telos” en la jerga,) en la ciudad de Córdoba a comienzos de la década de los años ’60.
Cuatro establecimientos ubicados en pleno centro y sus valiosos inmuebles fueron obligados a trasladarse fuera de ciertos límites del casco urbano. Por cierto que hubo protestas de los propietarios que llevaban más de medio sigo instalados, algunos con recientes e importantes inversiones en sistemas de audio en las habitaciones.
Contaron con el enérgico apoyo de “las chicas”, especialmente las que “levantaban” en la esquina de Avda. General Paz y Humberto 1º en donde está la Escuela de niñas “Juan Bautista Alberdi”. Pero los funcionarios se mantuvieron firmes y los “telos” desaparecieron del centro de Córdoba capital.
En el caso de los boliches de la Galíndez se habría arribado a un acuerdo en virtud del cual estos negocios serían trasladados a inmediaciones del Predio Ferial y cabe preguntar: ¿En esos lugares no hay vecinos que puedan ser molestados por los mismos problemas que aquejan a los que viven el la avenida Galíndez?
¿O es que en la supuesta nueva ubicación no habrá música a alto volumen ni borrachitos cometiendo desmanes? ¿No habrá motos estacionadas en las veredas? ¿Los que concurren a esos lugares dejarán de orinar y defecar en la vía pública cuando no en el jardín de un vecino? ¿Todos los vehículos estarán provistos de silenciador en el escape? ¿No harán “picadas” por plata? ¿Se respetará el horario de cierre o veremos parroquianos deambulando con el Sol alto en las mañanas y altos niveles de alcohol en sangre?
Como dijo William Shakespeare: “No hay mayor felicidad que acertar en el justo medio”.
Cabe aspirar y desear que en esto de la Galíndez, aunque no sea “en el justo medio”, que por lo menos acierten de una vez por todas.